— Siento llegar tarde –dije nada más llegar a casa de mis padres, saludando a mi progenitor quien salía en ese momento por la puerta de la casa. — No pasa nada, hijo –respondió él golpeando mi hombro con su encallecida mano, fruto de las muchas horas de trabajo que llevaba encima –si yo tuviera tu edad y una mujer como la tuya, también llegaría tarde a los sitios. Rió, una risa tosca y seca fruto del tabaco que recientemente había dejado pero cuyos estragos permanecerían hasta el fin de sus días y yo solo pude esbozar una sonrisa de compromiso. “Si tú supieras” pensé. Aquella noche apenas había podido dormir. Después de lo ocurrido, me había costado conciliar el sueño y, cuando lo había conseguido, extrañas visiones me habían asaltado impidiendo que este fuera reparador. Con las primera

