—Señora Gabriela —una voz insegura y masculina interrumpió mis conflictivos pensamientos. Era Juan de Dios. Me había olvidado del adolescente. Me lo había encontrado esperándome fuera de casa. Mi joven vecino estaba ordenando el cuarto de pinturas. Era un trabajo que yo le había pedido. —¿Qué pasa? —pregunté, sacándome los lentes de sol y tomando mi copa para dar sorbos a mi Martini helado. Los ojos del adolescente repasaron mi cuerpo un instante. El bikini era sexy, el color blanco combinaba con mi piel que comenzaba a tomar ese color dorado que realzaba mis curvas. La mirada de Juan de Dios se detuvo en mi escote, en la piel de mis senos que quedaba al descubierto. De inmediato, avergonzado, desvió la vista. Su timidez parecía infinita. —¿Qué pasa? —volví a preguntar. —Terminé de or

