Juan de Dios prueba un sorbo y asiente, dándome la razón. Yo me sirvo agua con hielo. Es inicio del verano y el cambio de temperatura es cada vez más notorio. Me refresco y agradezco el buen clima. Hace calor y quisiera desabotonar mi camisa, pero no lo hago. Estamos en silencio. Noto que el muchacho finge admirar la cocina, girando su cabeza para examinar los muebles o los electrodomésticos. Pese a aquella artimaña del muchacho, lo que en realidad hace Juan de Dios es inspeccionar mis piernas y mi trasero. Que gracioso son los muchachos como él. Tan inseguros. Miro la hora. ¿Dónde vendrá mi marido?, me pregunto. Le doy la espalda a Juan de Dios y le empiezo a escribir un mensaje a mi esposo: estoy ya en casa. Mientras lo hago noto la insistente mirada del muchacho sobre mi cuerpo. No me

