Juan de Dios vuelve a asentir y empieza a arrodillarse. Noto que da una rápida mirada a mis largas y femeninas piernas, pero luego mantiene la cabeza gacha. Sus dedos toman la correa de la sandalia del lado derecho y con cuidado la abrocha. Sus dedos casi no tiemblan, en verdad parece que se comporta como un hombre. Por casualidad rosa mi pie, pero ha sido sólo un accidente. Luego, repite el proceso con el pie contrario. Se toma un poco más de tiempo y cierra el broche. Luego siento el roce de un dedo sobre ese pie, parece accidental también. Con cuidado, se levanta. En ningún momento intenta observar mi cuerpo de mala forma, menos alcanzar a vislumbrar bajo mi falda. Juan de Dios va por su vaso de jugo y toma un sorbo antes de mirarme a los ojos. Las sandalias han sido atadas a la perfec

