—No. No puede ser —respondí, resuelto—. Estoy a punto de tener un giro de ciento ochenta grados en mi vida. Me voy a tener que ir de acá y todavía no tengo idea de en dónde mierda voy a dormir. Así que no. Me voy a quedar acá hasta que te dignes a decirme qué mierda está pasando. Fernanda suspiró, exasperada. No insistió en que me fuera, por lo que supuse que aceptaba lo que le había planteado. Se irguió. Sacó una de sus piernas de la cama y la apoyó en el piso. En ese breve momento en donde sus piernas quedaron separadas, su sexo quedó más expuesto que nunca. Luego salió de la cama del todo. Quedó de pie frente a mí, a apenas unos centímetros de donde me había sentado. Podría haberse levantado del otro lado de la cama, pero lo había hecho de manera que yo quedara nuevamente a merced de m

