Los macarrones con queso de la señora Betty, eran degustables, los macarrones de Simón Dieppa eran… para morirse. —Deberías ser chef y casarte conmigo—bromee limpiando la cucharada llena de macarrones con la boca— porque a mis se me quema hasta el agua hervida. Soltó una carcajada y tomó una servilleta para limpiarse los restos de macarrones de sus labios. — ¿Tan mal cocinas?—me pregunto burlón— —Yo no lo llamaría cocinar, más bien lo llamaría intentar cocinar—alegue con comillas al aire. Su sonrisa no desaparecía de sus labios, Viendo su plato vacío corrí y lo tome para llevarlo al fregadero y lavarlo, me frunció el ceño y yo le mostré la lengua. Después de terminar de lavarlos, me dirigió una mirada preocupante —Quiero mostrarte algo—confesó —claro—respondí - Está en mi cuarto

