Cuando por fin llegué a casa después de ir a fumar con Brax, me encontré con mi madre preparando la cena.
-Hola cariño- le dijo cuándo me asomé a la cocina con ganas de comerme algo porque el estómago me estaba matando de hambre.
Yo solo gruñí por lo bajo antes de dirigirme hacia la heladera y sacar de ella unas sobras de la comida del día anterior, comida la cual no comí.
-¿No quieres esperar a la cena?- me preguntó sin siquiera parar de cocinar.
-No tengo ganas de gastar mi tiempo con personas que me mienten- le contesté antes de girarme para poder salir de aquella habitación en la que sentía como poco a poco el aire se iba de mis pulmones.
Verla era saber que incluso la persona que siempre había amado con todo mi ser, me había mentido. ¿Qué podía hacer? ¿Perdonarla? Nunca.
-¡Eithan!- exclamó algo dolida- Sabes que no te lo he dicho…
-¡YA DEJAME EN PAZ! ¡NO QUIERO SEGUIR ESCUCHANDO TUS EXCUSAS!- le grité antes de salir corriendo hacia mi habitación donde me encerré, dándome cuenta que recién allí que no tenía cubiertos para poder comer- ¡Maldición!- exclamé por lo bajo y me tiré en la cama, dejando la comida sobre el escritorio.
Comer en mi casa ya casi se había convertido en un infierno. No quería verle la cara a mi madre, como tampoco a mi padre… bueno, en realidad padrastro si lo pienso mejor. A mi hermana tampoco me importaba verla. No quería ver a nadie de mi familia sinceramente y mientras menos interactuara con ella mejor para mí.
-Eithan- dijo mi madre mientras daba pequeño golpes en la puerta- Te dejo los cubiertos aquí en la puerta porque creo que no has traído para poder comer. Si quieres puedes calentar la comida abajo, saldremos a comer fuera con tu padre y tu hermana se irá a la casa de una de sus amigas a dormir para poder terminar un proyecto del colegio- aun la oía detrás de la puerta, así que no me moví hasta ver desaparecer su sombra por la rendija de la puerta.
Cuando supe que ya se había ido y bajado las escaleras, abrí mi puerta, la cual como siempre había cerrado con llave y tomé los cubiertos que mi madre me había dejado. Comí y luego me encaminé al baño para poder estar listo para cuando Brax me pasara a buscar.
Me puse, una vez que salí del baño, unos pantalones negros algo ajustados y una camisa verde militar con bolsillos aplicados en la parte del pecho. Busqué unas Nike negras que me había comprado hacía poco y aún no había estrenado y luego bajé, quedándome en el living ya que era una de las habitaciones que daba la calle y podría ver si Brax llegaba mientras miraba la televisión, hasta que el timbre de mi casa sonó, pero el coche de Brax no estaba allí.
Me dirigí a ver quién era y al abrir la puerta me llevé una gran sorpresa al verlo allí parado frente a mí con una leve sonrisa en su rostro.
-¿Qué quieres? ¿Cómo sabes dónde vivo?- le pregunté con una ceja alzada.
-Todo el mundo sabe dónde vive el gran Eithan Lenoire- me dijo con ironía.
Yo levanté una ceja y lo miré con cara de que se largara enseguida si no quería ver mi puño en su rostro de nene buenito.
-¿Vas a algún lado?- me preguntó sin siquiera mosquearse por como lo miraba con ganas de asesinarlo.
-¿Y por qué tendría que decírtelo?- le pregunté cruzándome de brazos.
-Solo preguntó- me contestó encogiéndose de hombros- Sabes… nunca creí que sería tan difícil tratar contigo.
-Y yo nunca creí que un nuevo no podría darse cuenta el lugar que ocupa. Estas debajo de la cadena amigo y da gracias que no te golpeo ahora porque no tengo ganas de aguantar tus lloriqueos de niño como cuando hoy intentaste no llorar frente a todos cuando la bandeja de comida cayó sobre ti.
-Por tu culpa.
-¿Y? Tú te metiste con mis amigos- le contesté encogiéndome de hombros y mirándolo para que se largara, aunque parecía que el renacuajo no entendía mis miradas de odio.
-¿Amigos?- preguntó riéndose irónicamente luego- ¿Crees en verdad que esos son tus amigos? Ni siquiera tú los consideras tu amigo dentro de ti.
-Son las personas con las que paso el tiempo, con las que me divierto- le contesté encogiéndome de hombros- Eso es todo lo que necesito.
-¿Y si te sucede algo? ¿Y si estás tristes? ¿Ellos estarán para ti?- me preguntó ladeando la cabeza hacia un lado y con una sonrisa en el rostro que no me agradó para nada.
-¿Y eso a ti qué te importa?- le pregunté y justo en el momento en que me iba a contestar el coche rojo de mi amigo frenó frente a mi casa.
Aparté a Abimael de mi camino luego de cerrar la puerta de mi casa y me subí al coche dándole la espalda e incluso sin siquiera voltearme a ver su reacción.
-¿Qué hacías afuera?- me preguntó Brax una vez que subí al coche.
Me encogí de hombros.
-Vino el nuevo a mi casa.
-¿Ese era Abimael?- preguntó algo sorprendido.
-Sí.
-¿Y para qué fue a tu casa?
-La verdad no sé, no tuve ganas de escucharlo- le contesté y la conversación quedó allí hasta que llegamos al mismo local al que habíamos salido la noche anterior.
-Yo me voy a pedir algo para tomar- me informó Brax una vez que ya nos encontramos dentro y se fue sin siquiera esperar una contestación de mi parte.
Yo ignoré por completo ello, ya que siempre hacía lo mismo o incluso yo mismo lo hacía si veía algo que me interesaba.
Me encaminé hacia la barra y me pedí un vodka puro ya que quería entrar en onda lo más rápido posible y así fue.
Luego del cuarto vaso que me tomé, me levanté de la banqueta de la que me había sentado para poder tomar en la barra y me encaminé hacia la pista. Estaba todo repleto así que era casi imposible no tocarse con los que me rodeaban ni que ellos no me tocaran a mí.
Una chica de esbelta figura, cabello platinado y metida en un vestido n***o tan ajustado y chico que parecía que terminaría desnuda en cualquier momento, se acercó a mi lado y rodeó con sus brazos mi cuello. Sin ningún miramiento comenzó a besarme salvajemente, a lo que yo no me negué como siempre.
Nos movimos al compás de la música a todo volumen que pasaban, nuestros cuerpos pegados a más no poder.
La chica comenzó a repartir besos por mis mejillas para luego situarse en mi cuello, cuando de pronto sentí que alguien me tomaba del cuello de la camisa y me arrastraba fuera del local en el callejón que tenía.
-Apúrense que no tengo todo el día- escuché decir a la joven con una sonrisa en los labios mientras que un golpe terminaba en mi estómago, provocando que doblara mi cuerpo y me llevara mis manos al lugar del golpe mientras caí al suelo con un dolor inmenso y ganas de devolver todo lo que había tomado.
Sentí que alguien se agachó a mi lado y comenzó a tantear en cada uno de los bolsillos del pantalón, sacándome así la billetera, y el celular.
-¿Cuánto tiene?- escuché preguntar por parte de la chica y levanté la vista, viendo así que cuatro hombres la rodeaban.
Uno de esos me miró y me pegó una patada en el rostro, provocando que la nariz me doliera de una manera imposible.
-¿Creíste que podías tomar a todos por idiotas?- preguntó uno de los hombres mirándome con cara de pocos amigos.
Me sonaba conocido de algún lado, pero no sabía de donde, había estafado a tantos, le había quitado dinero a tantos, que ya ni siquiera recordaba sus caras.
-Con todo lo que nos quitó esto no es nada- comentó la chica muy enojada y se acercó hasta a mí quedando parada delante de mí- ¿Dónde tienes más?- me preguntó, pero yo estaba muy lejos en contestarle algo, y como se percató de que no le contestaría, con uno de sus tacos aguja, pisó una de mis manos la cual estaba apoyada en el suelo.
Un sonido desgarrador salió de mis labios al sentir como un líquido caliente comenzaba a recorrer mi mano hasta llegar al suelo. La bruja me hizo sangrar. Pero no iba a pedir que parara. No me rebajaría a pedir clemencia por mí.
-¿Podrían dejarlo?- preguntó una voz detrás de ellos, la cual se me hizo muy familiar, y con los ojos aguadas porque me dolía mucho la mano, pero aun así no me había caído ninguna lagrima, vi que enfrente de esos cuatro mastodontes y la chica, se encontraba la última persona que creí que se encontraría allí. Abimael.
-¡Lárgate renacuajo que esto no es asunto tuyo!- le dijo uno de los hombres y le hizo señas para que se esfumara.
-Lo siento, pero no puedo hacerlo. Además ¿no creen que es algo injusto uno contra cuatro?- preguntó ladeando la cabeza hacia un lado y con una leve sonrisa en su rostro.
-¿Qué no has escuchado? Este pibe nos debe más dinero que lo que cuesta su propia vida, así que podemos hacerle lo que queramos- le contestó otro.
-¿Por qué les debe dinero creen que pueden acabar con su vida?- preguntó levantando una de sus cejas- La vida de una persona no tiene precio y ninguno de ustedes tiene el derecho de hacerle lo que le están haciendo.
-¡Escúchame renacuajo!- exclamó muy molesto el que había hablado primero y se acercó a él, tapándome la vista de qué sucedía entre el mastodonte y Abimael- Lárgate de aquí antes de que me arrepienta de no hacerte lo mismo que tu amigo- lo había tomado de la remera que llevaba puesta porque había levantado uno de sus brazos- ¿Lo harás?
-Lo siento, pero voy a tener que declinar la oferta- le contestó, supuse que con una sonrisa de superioridad en su rostro, como la que todo el tiempo había tenido.
El hombre se enfadó más aun por cómo su cuerpo se tensó al igual que su espalda. Levantó la mano libre para poder propinarle un golpe, pero Abimael se zafó de su agarre hábilmente y le dio un golpe entre el cuello y el hombro, lo que provocó que el hombre cayera como una bolsa de papa en el suelo.
Los otros tres y la mujer se quedaron mirando sin haberse podido creer lo que mi compañero de clase le había hecho al grandote, ya que era el más grande de todos.
-¿Alguien más?- preguntó con esa sonrisa característica en sus labios que ya tenía ganas de arrancar. ¿Por qué estaba todo el tiempo sonriendo?
Los hombres junto con la mujer comenzaron a acercarse a la puerta que conectaba nuevamente con el boliche, y una vez que estuvieron todos dentro excepto la chica, esta se volteó y me fulminó con la mirada.
-Esto no quedará así- me dijo antes de cerrar la puerta detrás de sí.
Yo me senté en el suelo como pude y apoyé mi espalda contra la pared más cercana. Sentía mi estómago adolorido, y mi nariz dolía. Si no me habían quebrado algo le andaba cerca.
Me llevé una de mis manos debajo de mi nariz y la miré. Estaba sangrando.
-Será mejor que levantes un poco el rostro para que deje de sangrar- me dijo Abimael mientras se acercaba a mí y sacaba de uno de los bolsillos de su pantalón unos pañuelos de papel, los cuales comenzó a enrollar y puso dos en cada una de mis fosas nasales, los cuales al ponerlo dolieron mucho.
-¿Por qué lo hiciste?- le pregunté mientras me inspeccionaba de arriba abajo el rostro para ver qué tan mal estaba lo de mi nariz y algún que otro corte que debía de tener.
Me miró a los ojos y una sensación de paz y una electricidad muy extraña comenzó a recorrer mi cuerpo. Desvíe la vista ¿avergonzado? ¡No! No, no había sido avergonzado.
-Porque me preocupo por ti- me contestó mientras se volvía a parar- ¿Puedes pararte?
Yo miré hacia arriba hacia su rostro y vi que había extendido su mano para que pudiera tomarla y levantarme.
Con mi mano sana, tomé la suya y con esfuerzo y gracias a su ayuda logré levantarme.
-Ven. Necesitas desinfectar las heridas y ver tambien lo de la nariz- me dijo mientras pasaba uno de mis brazos por detrás de su cuello y me ayudaba a caminar.
La verdad era que no sabía dónde iba y que solo me dejé llevar por él por cómo me sentía a su lado. Mientras nuestros cuerpos se rozaban de un costado, la misma sensación comenzó a invadir todo mi cuerpo con mayor fuerza. No sabía cómo, ni porqué sentía aquello, pero tampoco me importaba averiguarlo en aquel momento.
Cuando logré prestar atención para saber dónde estábamos, vi a Abimael abriendo la puerta de una casa, la cual debía ser de él.
-Siéntate en el sofá- me ordenó y yo a paso de tortuga llegué a él viendo como Abimael desaparecía por el pasillo.
Me había comenzado a doler todo el cuerpo además del estómago y de la nariz, la cual parecía que había vuelto a sangrar porque los tapones de papel que Abimael me había puesto parecían ya húmedos de la sangre que seguía corriendo.
Levanté la cabeza, tirándola hacía atrás con los ojos cerrados, para intentar que dejara de sangrar, cuando sentí algo muy frío apoyándose en mi nariz. Abrí los ojos de golpe y vi al chico con una sonrisa en los labios mientras sostenía un repasador envolviendo unos hielos.
-Para que no se te hinche- me dijo haciéndome señas para que lo sostuviera y así lo hice sin decir nada.
Él rodeó el sofá y se sentó a mi lado, levantando así mi camisa.
-¡Oh!- exclamó al ver mi abdomen.
-¿Qué sucede?- le pregunté algo preocupado y quise mirar hacia abajo, pero él me lo impidió.
-Tienes abdominales- me dijo riéndose y yo levanté una ceja mirándolo de reojo.
¿Era en serio? ¿Me lo estaba diciendo en serio?
-Veo que ni siquiera eso te hace reír- comentó y se encogió de hombros- Será mejor que te cure un poco la herida que te hicieron- dijo estirándose hacia la mesa ratona y tomando un botiquín.
-¿Por qué lo haces?- le pregunté finalmente mientras sentía como pasaba un algodón con alcohol sobre la herida que no había notado que me habían hecho.
Ardía, no podía decir que no, pero luego de todo el trabajo que se había tomado en ayudarme y tambien viendo cómo intentaba no hacerme daño, yo no podía gritarle o decirle que se fuera al infierno.
-¿Por qué hago qué?- me preguntó sin quitar la vista de la herida mientras seguía pasando el algodón.
-¿Por qué me ayudas?
-Porque quiero.
-Hay muchas otras personas que necesitan más ayuda que yo.
-Eso es lo que hace que quiera ayudarte- me dijo levantando la vista, conectando así nuestras miradas- Por tu poca fe. ¿Por qué dices que no mereces ser ayudado?
-Porque no lo merezco- le contesté desviando la vista hacia otro lado que no fueran sus ojos, los cuales parecían ser capaces de leer hasta mi alma.
-Todos lo merecen y más aun los que se niegan a aceptar que necesitan ser ayudados.
-Yo no necesito ser ayudado. No necesito a nadie.
-Todos necesitan a alguien Eithan. No puedes estar para siempre solo rodeado de personas que no te consideran si quiera su amigo. ¿Por qué lo haces? ¿Por qué te empeñas en destruir tu vida?
-Porque nadie me necesita. Nadie me quiere.
-Eso sabes que es mentira. Tu madre te quiere, tu padre te quiere, tu hermana te quiere. El amor de una familia siempre está para todos, aunque a veces lo demuestren de formas que no logramos entender- terminó encogiéndose de hombros- Pero ese no es tu caso.
-Mi madre no me quiere, si me quisiera me hubiese dicho la verdad.
-Sabes que lo hizo porque no quería lastimarte.
-Ni siquiera sabes qué hizo.
-Claro que lo sé- me dijo y yo volví mi mirada hacia él, mirándolo algo asombrado.
-¿Cómo que lo sabes?
-Sé que tu madre no te contó que en realidad la persona que haz creído que siempre ha sido tu padre, en realidad no lo es. Pero… ¿crees en verdad que tu padre no es tu padre? La paternidad no se da por crear un hijo Eithan, se da porque se está ahí para su hijo, como tu padre siempre lo ha hecho. Tu padre biológico solo te creo… e incluso creo que pudo haberte amado si tu madre le hubiese dado la oportunidad.
¿Qué me estaba diciendo? ¿Cómo era posible que lo supiera?
-¿Cómo… como es que sabes eso?- pregunté más que sorprendido alejándome poco a poco de él.
-En el tejado de la escuela te pregunté si creías en los ángeles.
-¿Y? ¿A qué quieres llegar? ¿Acaso eres un acosado?- le pregunté con algo de temor.
Él se rio y luego me miró… ¿tiernamente?
-Yo soy un ángel Eithan. Yo vine a… salvarte.
¿Acaso eso era un mal sueño? ¿Acaso me había desmayado y ya estaba fantaseando a lo grande?
Me levanté del asiento sin siquiera aun poder creérmelo y corrí. Corrí como nunca antes.
¿Un ángel? ¿UN ÁNGEL? ¿Qué le había pasado en la cabeza para se creyera esas idioteces? Los ángeles no existen como tampoco nada de lo que el hombre inventó. Nada.
Sin darme cuenta llegué a mi casa a la hora de haber estado caminando sin rumbo fijo.
Los ojos se me abrieron de par en par. Unos gritos me hicieron frenar en la puerta de mi casa. Unos disparos.
Dos hombres encapuchados salieron por la puerta algo apurados, encontrándose así conmigo. Uno apuntó y disparó. Un dolor profundo en mi pecho me obligó a mirar hacia el lugar que dolía, viendo claramente cómo la sangre comenzaba a salir del lugar donde el hombre había disparado. Sentía como poco a poco las fuerzas abandonaban mi cuerpo y caía rendido en la entrada de mi casa.
¿Qué había pasado? Y antes de cerrar por completo los ojos vi una figura acercándose lentamente hacia mí, pero tenía algo en particular que me hizo sonreír levemente. Una luz blanca lo rodeaba y de su espalda salían tres pares de alas.
¿Acaso el cielo existía?
Pero aun así, si moría allí, lo cual era muy probable, pocas posibilidades tendría de entrar en el cielo, donde seguro lo haría toda mi familia. Yo había arruinado todo. Yo los había alejado. Yo… tenía toda la culpa y nunca podría disculparme con mi madre… con mi padre… ni con mi hermana.