7. Porque eres mía, Luna, y me perteneces...
Me sacan la capucha de la cabeza y veo que estoy en un cuarto de hotel barato. El olor es rancio y apesta.
Son al menos cinco los tipos los que trabajan para Cordero, y aun siguen encapuchados, todos menos él.
En mi cabeza, aquellas imágenes aterradoras se repiten sin cesar. Me atormentan. Casi no me lo creo, no puede ser verdad, pero sé que sí lo es. La sangre en mi vestido me dice que no es una pesadilla, es la maldita realidad.
Mi papá...
Marc...
Todos muertos...
Todos están muertos...
Menos yo.
Mis pesadillas se han vuelto realidad...
No lo soporto.
Me embarga el dolor y el llanto. Lloro por no estar muerta, por seguir con vida, y por sentir tantísimo dolor. Es insoportable.
La puerta se abre rechinando.
—Ayúdame... por favor —le suplico, pero el tipo hace que no escucha. Se me acerca y me inyecta algo en el brazo.
Me quedo adormecida, aún así, para mi mayor tormento, mi mente sigue divagando... y reavivan uno a uno todos los acontecimientos de la trágica boda... la boda de mi papá.
Abro los ojos.
Tengo a Cordero de frente. Me arranca de una el collar que Marc me obsequió con su nombre, y no puedo hacer nada por evitarlo.
—Te volviste una zorra elegante... —me toca el pelo y lo huele—. La verdad es que me gustabas salvaje...
Uno de sus hombres lo llaman afuera, y me deja sola.
Bien, eso es bueno...
Cordero me ha despojado de toda mi ropa, estoy desnuda, y tengo miedo, mucho miedo, no sé lo que me espera...
Sólo sé que va a lastimarme mucho antes de mandarme al otro mundo...
Tengo las manos y los pies, atados a una maldita silla de madera rústica. Trato de soltarme, y es jodidamente imposible, me arden las muñecas de tanto jalar y jalar. No puedo hacerlo...
Maldita sea.
Ahora mismo Cordero está afuera, en la otra habitación, lo sé porque reconozco su voz.Habla con otros tipos. Carcajadas, y brindis.
Escucho un disparo. Luego otro, ¡ay, por dios! que sea la policía que viene por mí, me impaciento y trato de soltarme pero no puedo... Mis pies y manos me duelen mucho.
Luego de unos minutos que me parecen eternos, la puerta se abre lentamente...
Una sombra desde afuera se detiene y me mira, desde la puerta.
Es Cordero.
—Me deshice de toda esa basura... —se jacta con orgullo—. Ahora estamos solos, Luna... Luna...
El maldito hijo de puta se ha vuelto loco y ha eliminado uno a uno a todos sus hombres.
Tengo que soltarme...
Cordero me mira desde arriba, pensando en todo lo que va a hacerme, y yo, solamente tiemblo como una insignificante ratoncito de laboratorio.
—¿Qué mierda haces...? —lo encaro, con la voz rasposa.
—Al fin abres la boca.
—Dije que ¿qué mierda haces?
—¿Creías que te habías deshecho de mí cómo si fuera un pañuelo descartable? No lo niego, me decepcioné de ti. Imaginé que me recibirás con un beso y una buena cogida. Luego recordé que hiciste que me encierren en una maldita cárcel... ¿Tienes la mínima idea de lo que pasa adentro? ¿Verdad que no?
No lo resisto, él está hablándome de sus sentimientos, luego de haber matado a todos mis seres queridos... ¡está demente!.
—¡Qué mierda hiciste! —le grito con toda la furia que tengo. Me ha quitado a todos lo que amaba, lo odio, lo odio...
Su celular suena.
—Cállate —me advierte, y obvio que no pienso callarme, chillo con todo el aire que tengo.
—¡AYUDAAA!
—¡AYUDAAA!
—¡AYUDAAA!
Cordero me mira con ganas de matarme.
—Dame un segundo —le dice a su interlocutor y luego toma el protector de una de las almohadas y me lo introduce a la boca, a modo de mordaza—. Te dije que te callaras —me lo empuja tan al fondo de la garganta que no me deja ni respirar—. Así está mejor —me dice, y regresa a la llamada. Cordero se aparta un poco de donde estoy pero puedo escuchar con claridad todo lo que dice:
—Sí, sí, lo hicimos impecable... Nada de huellas, nada... ¿Cómo a qué hora vienes? No te olvides de mi dinero... Deja que vea el reloj...
Cordero mira a su reloj de mano.
—Sí, eso me da un quince minutos para comer... tengo apetito... La comida que sirven aquí es insípida.
Cuelga y luego vuelve a mí.
—Dentro de poco vendrán por tí...
—¿Quienes? —pregunto.
Cordero se ríe...
Me toca las entrepiernas.
—Eso no importa. Lo irónico de todo esto, es que me pagaron mucha lana y me facilitaron absolutamente todo para llegar a ti... Luna...
Me saca la mordaza y me besa, y muerde los labios hasta dejarme sin aliento.
—Pero te estás portando muy mal, pequeña zorra... —musita.
Debo calmarlo...
Debo ganarme su confianza...
Este es el momento.
—Tienes razón... he sido una nena mala... pero puedo compensarte...
Cordero me mira los labios, le gusta lo que escucha.
¿Quién es el idiota que te pagó, Corderito? —le pregunto tratando de sonar normal, al menos para él.
—Dije que no importa... —responde a secas.
No voy a desistir, voy a convencerlo, aunque tenga que hacerle creer que todavía lo amo.
—Oye... Corderito... —le digo con sensualidad, como lo hacía antes con él—. Me duelen las muñecas... ¿Me las podrías soltar?
Cordero me escucha en silencio, talvez sospecha que trato de seducirlo para que me suelte, y se está pensando.
—¿Por qué haría eso? —me pregunta sin quitar los ojos de mis labios adoloridos.
—Porque aún te amo... —casi vomito esas palabras más que falsas.
—¿Lo dices de verdad o solo porque tienes miedo a morir? —saca una navaja y se pone a jugar con ella. Sé que solo trata de intimidarme...—. Me gusta cuando tiemblas... —sus ojos están fijos en los míos—. Ahora mismo te ves indefensa... pareces una pequeña zorra... que trata de engatuzarme —se ve realmente decepcionado de mí. Sus ojos me dicen que en verdad quería creerme, pero... ¿por qué piensa que sentiría algo bueno por él? Aunque no se equivoca, lo niego con vehemencia.
—Claro que te amo, Corderito...
—Eres una mentirosa. ¡Te conozco como la palma de mi mano! —y me da una fuerte y dolorosa cachetada, me hace sangrar la nariz.
Lloro del dolor.
—Shhhh, ya fue... —me dice limpiándome la sangre de la nariz, y luego se encarga de que lo mire a los ojos—. Sé muy bien que no sientes más que repulsión por mí, y lo acepto, puedo vivir con eso... Solo no quieras verme la cara de idiota —me toca las tetas mientras va diciendo eso—. No me obligues a cortarte la lengua... y como ya sabrás... no pienso entregarte, ¿tienes la menor idea de por qué hago esto? —ahora su voz es amenazante.
Niego con la cabeza.
—Porque eres mía y me perteneces... te amaba... te amo... zorra —me besa y muerde los labios una vez más. Siento que voy muriendo de a poco. Talvez este es mi infierno personal, talvez me lo merezco.