XII

2235 Words
Ivy Escucho los tacones de mis zapatos hacer eco por las escaleras de madera, todos me miran como si fuese una especie de alienígena mutante y gracias a la palidez de mi rostro y el sudor que comenzaba a resbalar por mi frente, estoy segura de que no tardaría en parecerme a un alienígena. —¿Quieres calmarte Ivy? Pide Sara desde el teléfono. —¿Cómo quieres que me calme cuándo Nowe quizás ya vio el correo y está planeando que mi  muerte parezca un accidente? —Grito. —Esto no puede estar sucediendo, Sara ¿sabes hackear correos electrónicos? —No creo que sea posible —dice mi amiga arruinando las pocas esperanzas que tenía. —PeachP Advertising es una compañía y los correos de sus ejecutivos están diseñados para evitar que sean hackeados. —No, no puede ser —chillo. —¿Ahora qué hago? —Rezar para evitar que lo vea. Tenía dos opciones, una de ellas era resignarme y esperar a mi sentencia una vez que esa bendita junta terminara o jugar mi última carta para hacer todo lo posible y evitar ser despedida. —¡Eso es! —Exclamo como si hubiese sido tocada por la misma diosa de de la inteligencia. —Robaré su computadora. —Harás ¿qué? —Eso es —digo de nuevo ignorando su pregunta. —Ivy, tienes la contraseña se tu jefe —me recuerda como si fuera obvio. —Puedes entrar a su cuenta y borrar el correo sin necesidad de robar su computadora. —No es tan sencillo, si entro a su cuenta sin autorización desde la computadora de la oficina, le notificarán que he accedido sin permiso —era lo malo de las nuevas políticas de los correos electrónicos, ya no podías hackear cómodamente. —Entonces debes darte prisa. Cuelgo la llamada. Me dirijo a la sala de juntas que se encuentra en el último piso, presiono los botones del ascensor, pero para colmo de males, este no abre. Maldigo entre dientes cuando el ascensor muestra las flechas que indican que va hacia arriba ¿cómo es que el destino conspira en tu contra cuando más prisa llevas? Bien dicen que el karma es una mierda. —Abran malditas puertas. —La junta de Nowe iniciaría en menos de diez minutos. Sino lograba llegar a tiempo y él abría su computadora para revisar sus correos, estaría completamente perdida. Ya podía ver su mirada intimidante con deseos de aplastarme como a un insecto cuando leyera los insultos que van dirigidos hacia su persona. En mi defensa, solo Sara debía saberlos y tan solo fue una equivocación, pero estoy segura de que Nowe no lo vería así. Escucho el familiar tintineo del elevador y finalmente entro. Mi dedo presiona el piso número del penúltimo piso y cuando las puertas están a punto de cerrarse, alguien grita desde afuera. —¡Alto! Decido hacerme la sorda y dejar que las puertas se cierren, ya que mi vida laboral y profesional dependía de dejar entrar a ese desconocido o no; sin embargo, su voz sonaba apresurada. Podría atreverme a asegurar de que él llevaba prisa al igual que yo. Cierro los ojos y cuando las puertas están a punto de cerrarse, las detengo con mi mano. Una figura entra al ascensor; sin embargo, no lo miro dado a que mi atención tan solo está enfocada en que los números indiquen que he llegado al último piso. —Muchas gracias —dice una vez dentro. —Creí que no lo lograría. Miro a mi acompañante, al principio no reconocí su voz; sin embargo, ahora que lo tengo frente a mí, me doy cuanta de que este hombre que comparte el ascensor es el mismo con el que me había desahogado aquella noche en el bar. —¿Maurizio? —¿Ivy? Ambos nos miramos con sorpresa como si esto fuese una especie de broma o un espejismo creado por nuestras mentes; sin embargo, al ver la sorpresa que refleja su rostro puedo decir que es real. Ninguno de los dos esperaba encontrarse con el otro, no después de que literalmente había salido corriendo del bar para recoger el traje de Nowe de la lavandería. —Vaya que el mundo es pequeño. —Digo sin salir de mi asombro. —Más bien, el mundo de la publicidad es pequeño —cuando él sonríe noto como dos pequeños hoyuelos se forman en sus mejillas. —Creí que sería más difícil encontrarte ya que huiste, literalmente, de mí la otra noche. ¿Acaso el hechizo del hada madrina terminaba a la medianoche? Río ante su comentario. —Creo que realmente era el maleficio de un ogro enfurecido. —Maurizio ríe ante mi comentario. —Sea lo que sea, me alegra encontrarte Ivy —nuevamente lanza una de sus amables y encantadoras sonrisas ¿cómo alguien puede ser tan amable? —Desde que supe que trabajabas en PeachP Advertising, jamás me alegró tanto venir a una reunión de negocios, tenía la esperanza de volver a verte. Por alguna razón, siento mis mejillas sonrojarse. ¿Por qué debía ser tan lindo? —Realmente lamento lo de la otra noche —digo avergonzada. —Realmente quería darte mi número. —Bueno, ahora estás aquí —dice con ánimo, el cual es sumamente contagioso, ya que por un momento había olvidado todas mis preocupaciones. —Puedes compensarme si me aceptas una invitación a almorzar. Lo miro sorprendida. Maurizio es alto, su cabello oscuro resalta el hermoso color verde de sus ojos. Un hombre totalmente apuesto como aquellos príncipes que salen en los cuentos de hadas, un hombre que estaba interesado en mí, una chica común que no tenía nada de diferente al resto. ¡Este debe ser mi día de suerte! estás aquí para coquetear sino para deshacerte del correo en el que insultas a tu jefe>> Regaña mi conciencia. —Lo siento Maurizio, realmente no puedo. —Él había estado esperando mi respuesta y al escucharla, pude ver un rastro de desilusión en su rostro. —Lo siento —él mira con incomodidad hacia otro lado, como si intentara deshacerse de la bochornosa situación en la que se había metido. —Creí que no estabas viendo a nadie y por eso... —¿Qué? ¡No! —Me apresuro a interrumpirlo antes de que se haga una idea errónea de la situación. —No estoy viendo a nadie y juro que jamás había visto a tipo tan guapo como tú y realmente me gustaría aceptar tu invitación, pero realmente no puedo ya que estoy metida en un grave problema.  ¿Había dicho a Maurizio que era guapo en voz alta? Tal vez, pero ahora lo que más importaba era llegar antes de que la junta comenzara y poder salvar mi podre empleo. Maurizio me mira con serenidad ¿cómo puede haber alguien que pueda controlarse emocionalmente de esa manera? Mi corazón está a punto de ser escupido por mi boca mientras él parece haber salido de un comercial de clases de yoga.  —Escucha Ivy —él me toma de los hombros haciendo que nuestras miradas choquen entre sí. —No sé en que problema estás metida realmente, pero debes relajarte. Todo saldrá bien.  —Aprecio tu optimismo, pero debo borrar un correo electrónico en donde llamo asno a mi jefe antes de que su junta de las diez inicie. —Es entonces cuando Maurizio me suelta y murmura una palabra en italiano que no puedo distinguir, pero pudo apostar que se trata de un insulto.  —Realmente me sorprendes Ivy —una de sus manos acaricia su barbilla como si intentara pensar en un plan. —¿Dónde es la reunión? —En la sala de juntas del penúltimo piso.  —Bien, yo te ayudaré.  —¿Hablas en serio? —Pregunto sorprendida. —¿Qué no tenías una reunión de negocios? ¿Por qué ayudarme a mí? El timbre del ascensor suena una vez más indicando que habíamos llagado a nuestro piso, así que, sin responder a mi pregunta, Maurizio se apresura a salir primero seguido de mí. —Realmente hago esto porque así estarás en deuda conmigo y así no podrás rechazarme esa invitación a almorzar. —Dice mientras me da un toque juguetón en la nariz. —Vamos.  La sala de juntas se encontraba al final del pasillo y para nuestra suerte, nadie se encontraba afuera a excepción de la secretaria; no sabía si eran buenas o malas noticias, pero era mi última oportunidad de evitar que mi cabeza rodara antes de terminar la semana. Ambos nos escondemos detrás de uno de los muros que conducen al pasillo de la entrada, Maurizio era el primero en observar la escena, ya que había sugerido que él debía ser la distracción para evitar que Nowe o alguien más pudiera reconocerme; sin embargo, gracias a su ancha espalda no era capaz de ver nada.  —¿Ves algo? —Susurro.  —No.  Salgo detrás de la espalda de Maurizio para observar detenidamente, es entonces cuando veo una computadora color n***o sobre el escritorio de la secretaria.  —¡Esa es la computadora! —Exclamo; sin embargo, en ese instante veo como Nowe sale de la sala de juntas seguido de tres personas, él se acerca y le da instrucciones a la chica, inmediatamente, Maurizio y yo nos escondemos detrás de la pared.  —Sabes, siempre admiré Pierce Brosnan como James Bond —comenta. —Debo agradecerte por hacer mi sueño realidad Ivy, aunque sea solo para robar un computadora.  Estoy a punto de comentar algo; sin embargo, en ese momento, Nowe mira hacia nuestra dirección, obligándonos a escondernos detrás de los muros. —Alguien debe distraerlo. —Sugiero. —Buena suerte con eso —dice Marurizio con sarcasmo. —Ese tipo no parece escaparle nada ¿cómo se supone que lo distreremos? —Muerdo el interior de mi mejilla pensando en algún plan; miro de reojo a mi compañero quien sigue vigilando. —Lo siento Maurizio. —Él me mira sin comprender mis palabras, pero no le doy tiempo de reaccionar ya que lo empujo fuera de la seguridad del muro. Es entonces cuando Nowe se percata de su presencia. —Caballeros —saluda mientras acomoda su corbata intentando disimular. Miro a Maurizio ofrecerle una mano a Nowe, al igual que al resto. Su amable y carismático carácter lograron ofrecer una gran distracción, así que, mientras dejo que Maurizio distraiga a Nowe a los demás miembros de la reunión, si aprovecho esa oportunidad podré escabullirme detrás del escritorio y tomar su computadora y borrar el correo electrónico o ese era mi plan cuando veo a la secretaria tomar la computadora para entrar a la sala de juntas. No puedo permitirlo. —Hola —saludo con un tono de voz excesivamente animado. —Soy Ivy West, la secretaria personal del señor Moltoni  y vine a recoger los documentos que él me pidió. —Miento. La chica parpadea y me mira con extrañeza. —¿Papeles? No estoy enterada de ello. Sé que me iré al infierno por hacer esto. —¿No? —Hago una mueca intentando parecer convincente. —Es extraño ya que él me dijo que debías recabar la firma de todos los directivos y después entregármela. Pero sino la tienes lista puedo esperar, pero no creo que él hag lo mismo, ya sabes como es él. La chica palidece al escuchar mis palabras. Parece que había caído. —Iré en seguida —dice. —Pero debo conectar esta computadora para la reunión de ahora. —No te preocupes —digo mientras tomo la computadora. —Yo lo haré por ti. —¿En serio? Muchas gracias Ivy. La veo alejarse a toda prisa dejándome a solas con la computadora, no había tiempo que perder y en un abrir y cerrar de ojos, ya había ingresado al correo, quizás esta sea una señal divina que me ha dado la oportunidad de vivir una vida larga y feliz.  —¿Qué hace aquí señorita West? —Cierro los ojos al escuchar su voz, sabía que mi gran hazaña iba demasiado bien como para ser verdad.  —¡Señor Moltoni!  —¿Dónde está la secretaria? —Me quedo sin habla intentando generar una respuesta rápida, pero en este preciso momento mi cabeza quedó totalmente bloqueada.  —Yo... —Yo le pedí que trajera unos archivos para nuestra reunión Nowe —interviene Maurizio, él pone una mano sobre el hombro de mi jefe como si fuesen viejos amigos. No pasaron ni quince minutos y ¿ya se hicieron grandes amigos?  —Sí —digo siguiendo la mentira. —Vine a ver si se le ofrecía algo y ella me ha pedido que me encargara de la computadora.  —Sino hay más remedio —puedo ver que la idea de que yo esté presente en la reunión, no le ha agradado del todo a Nowe; sin embargo, él es bien correspondido dado a que yo tampoco tolero su presencia. —Encárgate de alistar todo —me dice para después mirar a Maurizio. —Vamos Stefano.  —¿Stefano? —La pregunta sale de mi boca involuntariamente.  —Así es —afirma Nowe. —Él es Stefano Russo, el dueño de las aerolíneas Richelli.  Jamás existió Maurizio, todo este tiempo estuve hablando con el mismísimo Stefano Russo.  
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