Ivy
—Razones para no ser despedida —leo en voz alta. —Número uno: soy una persona optimista y puedo ofrecerle una excelente actitud y una adorable sonrisa en el área de trabajo.
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Pienso.
—Número dos, tengo deseos de crecer en esta empresa. Número tres —veo el siguiente punto. —Hago un excelente café. —Señalo, aunque ese fue obra de Sara y sin mencionar que tenía el sazón de un vaso desechable del bote de basura de la cafetería, pero no hay necesidad de que Nowe se entere ¿o sí?
Miro el punto número cuatro y veo que se me han acabado las razones por las que no debo de ser despedida. No tengo otra opción. Tendré que usar mi arma secreta.
—Número cuatro, tengo esa afición a no morirme de hambre, así que, ¡por favor no me despida! —caigo de rodillas mientras lloro como magdalena, ojalá sea suficiente para conmover el corazón de piedra de Nowe. —¿Y bien? ¿Qué te parece?
—¿A eso llamas arma secreta? —Se mofa Sara mientras me mira como si hubiese perdido la cabeza.
—¿Qué? —Me encojo de hombros y me pongo de pie en medio de la habitación que está hecha un completo desorden. —Nadie puede resistirse a mi cara de cachorro abandonado.
—Yo diría que parece más bien cara de tlacuache aplastado. —Dice con cierto aire de mofa.
—Di lo que quieras, pero a Berny le ha parecido genial. —Justifico mientras hago un puchero.
—¡Sí claro! Apuesto que tu tortuga sabe mucho sobre estrategias para convencer a alguien.
—No sabes apreciar mis dotes artísticas.
Sara mueve la cabeza mientras se ríe, claro está que necesitaré más que unas cuantas lágrimas de cocodrilo para convencer a ese dictador de que me deje conservar mi empleo. No puedo creer que sea mi primer día y ya me haya puesto de patitas en la calle. Lo peor no fueron sus insultos del día sino que para terminar de arruinarme el día, el muy cretino me hizo recoger su traje de la lavandería a última hora y gracia esa pequeñísima tarea, perdí mi oportunidad con un tipo que estaba más bueno que el pan.
—Odio mi vida —me dejo caer sobre la cama y miro el techo pintado de color blanco. Ese color parece resaltar más gracias a las paredes color rosa chillón de la habitación. Siento la cama hundirse a mi lado y veo a Sara acostada junto a mí, ella no dice nada tan solo me dedica una sonrisa brindándome su apoyo, después de todo parece que ella es la única que me entiende. —Terminaré viviendo debajo de un puente.
—No creo que por un error gramatical vaya a despedirte —a pesar de que Sara intenta ayudarme, estoy segura de que Nowe no lo verá de esa forma. —Aunque, en su defensa eres muy despistada Ivy.
Golpeo a Sara con el codo mientras una sonrisa se forma en mis labios. Desde que tengo memoria mi atención nunca fue la mejor, todavía recuerdo a mamá sentada afuera de la oficina del director después de clases. A la edad de seis años solo pensaba en comerme los mocos, no tenía tiempo para concentrarme en los problemas que no tenía hasta que conocí a la vieja bruja de la profesora de matemáticas. Mi lema era, sino no es divertido entonces no sirve. Creo que el karma de la señorita Jenkins me estaba cobrando factura por todos los dolores de cabeza que le causé.
—Es algo que no puedo remediar.—Bufo.
El problema no es ser distraída, sino que hay ocasiones que algunos olvidan que somos humanos y que muchas veces cometemos errores; sin embargo, se empeñan a buscar en otros la perfección de la que ellos carecen; sin embargo, en la búsqueda de esa perfección, no se dan cuenta de lo mucho que pueden dañar los sentimientos de alguien.
La vida me ha llevado a tomar duras decisiones y a enfrentarme a ellas en las peores circunstancias, si Nowe Moltoni quiere destruirme necesitará de algo más que unos cuantos insultos para hacerme caer.
[...]
Miro el reloj que adorna las formales paredes e la oficina.
Cuando una de las manecillas se coloca sobre el número el número ocho inmediatamente las puertas se abren dejando entrar la imponente figura de Nowe. Él viste aquel traje color gris que me hizo recoger anoche y ¿acaso dijo gracias? ¡Por supuesto que no lo hizo! Nowe no presta atención a lo que sucede a su alrededor, su mirada está dirigida al celular que lleva en la mano y cuando pasa junto a mí, no se molesta en dirigirme ni siquiera una mirada. Lo miro detenidamente comprobando que los rumores de los corredores son ciertos, su aspecto es impecable tal y como era de esperarse de un alto ejecutivo de PeachP Advertinsing, su rostro era atractivo y sus espesas cejas hacían más intimidante la oscuridad de sus ojos.
—Buenos días señor Moltoni. —Saludo con la única intención de llamar su atención; sin embargo, ese no fue mi mejor intento dado a que su atención seguía en su teléfono como si yo no estuviera ahí.
El muy patán me está aplicando la ley del hielo; sin embargo, no estos dispuesta a rendirme tan pronto. Me acerco a la mesa que se encuentra en la esquina de la oficina y tomo una taza del café amargo y sin sabor que él suele tomar, no extraña que le guste el café sin azúcar después de todo él es igual.
Amargado.
—Aquí tiene su café. —Dejo la taza humeante sobre su escritorio.
Él mira la taza con desdén y después posa su vista en el extraño reloj de su muñeca, mira la hora y después toma un par de documentos y comienza a revisarlos.
—A estas alturas creí que ya habría renunciado señorita West.
—Sobre lo que pasó ayer...
Nowe deja los documentos de lado y cruza ambas manos sobre el escritorio.
—Usted cometió un error —puntualiza. —Si fuera una empresa común podría haber pasado por alto esa insignificancia, pero debe tener en claro para quien trabaja señorita West. Somos una empresa de calidad y nosotros representamos hasta el más mínimo puesto, su distracción podría costarnos caro la próxima vez y podríamos perder más de lo que usted ha trabajado en su vida ¿queda claro?
—Sí señor.
—Entonces ¿qué hace aquí? —Cuestiona. —La incompetencia es algo que no tolero ¿cómo es que sigue aquí?
—No suelo rendirme —digo con seguridad. —Acepto las consecuencias de mis actos, pero si renunciara sin ni si quiera intentarlo ¿acaso podría llamarme publicista? —Nowe lleva una mano a su mentón analizando mi respuesta.
—No eres publicista —señala. —Para ser publicista se requiere pasión, talento y disciplina —sus ojos me estudian de arriba a abajo —Esta claro que esa última no la tienes.
Aprieto los puños intentando calmarme. Si bien, Nowe es el sueño de muchas mujeres ¿quién no desearía despertar una mañana y tener a ese hombre junto a ti? Admito que una de mis fantasías, es acariciarlo.
Pero con un cable pelado bajo la lluvia.
—Espero que cumplas con tus tareas y está vez quiero todo bien hecho cuando regrese. —Nowe, toma su computadora y se pone de pie. Él se detiene frente a mí y coloca su dedo índice justo frente a mis ojos. —Un solo error y te juro que haré que tu sueño de publicista termine antes de haber comenzado.
—Entendido.
—En tu correo encontrarás una lista de todo lo que quiero que hagas —indica. —Date prisa.
[...]
Suelto un bufido mientras juego con el bolígrafo y hago garabatos en una de las hojas de reciclaje. Habían pasado al menos media hora desde que Nowe se marchó a su dichosa reunión mientras me dejaba a cargo de diversas tareas que podrían considerarse un insulto. Ordenar la oficina y agendar citas con el odontólogo de Nowe no era precisamente el trabajo que había imaginado cuando vine a PeachP Advertinsing, mientras miro a los chicos del departamento creativo ir de aquí para allá llevando a cabo proyectos y campañas interesantes, yo permanezco sentada detrás de este escritorio esperando una nueva orden de Nowe.
Mis ojos se detienen en las margaritas marchitas que descansan en el florero del escritorio.
Me sentía como esas flores, tan solo un adorno que había sido olvidado. El reloj marcaba las 9:30, había pasado un largo rato desde que estoy aquí sentada sin hacer nada, quizás no me vendría mal un poco de café y si Nowe estará en su reunión, jamás sabrás que me fui. Tomo el florero y me deshago de las flores marchitas con la única idea de reemplazarlas y darle vida a esa sombría oficina. Me negaba aceptar que ese fuera mi destino en esta oficina ya que yo misma me había propuesto a demostrarle a Nowe de lo que estaba hecha.
No me rendiría tan fácil.
Detengo mis pasos cuando mi celular vibra en el interior del bolsillo de mi chaqueta, cierro los ojos dispuesta a tolerar nuevamente los gritos de Nowe; sin embargo, me permito relajarme cuando me percato de que se trata de Sara.
—¡Hola nena! —Saluda con ánimo. —¿Es mal momento?
—Para nada —respondo con el mismo entusiasmo. —El jefe cretino está fuera del radar.
—Que alivio —ríe. —Prepárate Ivy...
—¿Qué sucede?
—¿Recuerdas a Erika? Mi amiga de mi curso de natación.
—Sí.
—Ella se casará el próximo fin de semana y yo soy la encargada de la organizar su despedida de soltera —inevitablemente la energía comienza a reavivar mi cuerpo.
Conozco a Sara desde hacía varios años y sus fiestas siempre eran las mejores. No había mejor forma de olvidarme de esta oficina que una fiesta descontrolada con música, alcohol y quien sabe, quizás un buen tipo com quien pasar el rato. Ya había pasado un largo período desde que estoy soltera y necesito reavivarme aunque sea por un momento.
—¡Estoy dentro! —No espero a que Sara termine de explicarme, la fiesta podría ser en un taller de desechos de autos y ahí estaría.
—Lo sabía —dice mi amiga con el mismo entusiasmo. —Te enviaré la dirección a tu correo y asegúrate de responderme esta vez.
—¿De qué estás hablando? Siempre contesto tus correos...
Me quedo sin palabras.
El día de ayer Nowe me pidió enviarle un correo a Stefano Russo para agendar una nueva reunión, cuando redacté el correo tenía dos cuentas abiertas, la de mi jefe y la mía. Uno de esos correos tenía la propuesta para la campaña de publicidad de la aerolínea y la otra un explícito mensaje en donde llamaba a Nowe Moltoni un maldito asno dictador.
—¡Sara! Por favor dime que tienes un mensaje mío donde insulto al insufrible de mi jefe —digo al borde de un colapso nervioso.
—No.
Mierda>>
—Esta vez va a matarme —llevo una mano a mi cabeza con desesperación. —Él me lo advirtió, un error más y me echará a la calle. Esta vez no tendrá piedad de mí.
—¿De qué estás hablando Ivy? —cuestiona mi amiga desde el otro lado de la línea sin comprender nada.
Sin tiempo que perder enciendo mi computadora y reviso mis e-mails. Doy click en el apartado de borradores y para mi maldita suerte, el correo no estaba, el correo había sido enviado nada más y nada menos que a Stefano Russo.
Ahí te voy San Pedro porque Nowe va a matarme.