Ivy
Recuerdo que cuando era una estudiante de preparatoria, siempre demostré mis habilidades creativas y mis deseos por independizarme fuera de mi pueblo natal me hacían soñar en grande. La idea de viajar a las grandes ciudades y demostrar mi talento me hacían desvelarme hasta altas horas de la madrugada, con una beca académica y un trabajo de medio tiempo en una panadería logré comprar una computadora y comenzar a diseñar; sin embargo, no todos compartían mis pequeños logros, una de esas personas era mi madre.
Ella veía mi interés hacia el diseño como un pasatiempo que tan solo quitaba tiempo y dinero. Solía decirme que prefería desperdiciar mi tiempo detrás de un computadora en lugar de hacer algo más productivo como mis hermanos mayores, Madeline era dueña de un pequeño negocio exitoso mientras que Paul era un reconocido abogado en Pittsburgh ¿cómo podía competir con ellos cuando tan solo tenía una computadora y un insignificante puesto como la vocera de la escuela? Para mi madre era como si yo no fuera una de sus hijas, siempre estaban Paul y Madeline, pero nunca Ivy.
Sin embargo, su carente reconocimiento no me hizo decaer.
Con todo el dinero que puede ahorrar decidí ir a la universidad pública y cuando tomé la decisión de hacer mi pasantía en Chicago, las palabras de mi madre fueron: si te vas a Chicago, no te molestes en volver. No quiero que mis conocidos vean que tengo una hija fracasada. A pesar de que aquella frase sigue clavada en mi pecho, siempre decidí seguir dando lo mejor de mí con la cara en alto. La esperanza y mi confianza era lo que mantiene en pie, pero tal parece que aquella esperanza terminó por desmoronarse cuando Nowe me dijo que era una incompetente.
Y lo peor de todo es que creo que tiene razón.
Llevo ambas manos hacia mi cara y me cubro para evitar seguir recordando el terrible día; tal vez si cierro los ojos, podré viajar a aquellas épocas donde fui feliz en donde aquella adolescente mantenía una sonrisa ante la soledad y el dolor, pero por más que intento recordar, en mi mente solo se reproduce el rostro furioso de Nowe.
—¿Puedo acompañarte? —Alzo la vista para mirar al dueño de aquella voz. Se trata de un joven, no creo que pase más de treinta años, pero aquella abundante barba lo hacen parecer mayor.
—Estoy bien. —Respondo con educación, lo que menos necesito ahora es compañía.
—Sabes, mis amigos y yo estábamos hablando de ti y apostamos a que yo adivinaría tu profesión. —Dice con cierto tono coqueto.
Ruedo los ojos, tal parece que este patético Romeo no ha entendido la indirecta.
—Genial. —Finjo una sonrisa y regreso mi atención a mi martini.
—¿No vas a preguntar cuál he elegido? -Insiste.
—Dime una cosa...—Hago una pausa esperando que él diga su nombre.
—Carl.
—Carl —repito. —No quiero ser grosera, pero realmente no tengo el menor interés. —Él parece aceptar su derrota y finalmente se marcha, pero cuando creo que por fin he conseguido un momento a solas para terminar de sumirme en mi miseria, un nuevo candidato a casanova aparece.
—Ridículo ¿no te parece? —Él viste una camisa blanca remangada hasta los codos y puedo oler el exceso de colonia. —Intentar iniciar una conversación de una manara tan tonta. —No me molesto en responder, su arrogancia y exceso de confianza son intolerables. —Prefiero ser más directo. —Esta vez me giro a mirarlo.
—¿Disculpa?
—Iré directo al grano, desde que te vi me gustaste y quiero que vengas conmigo —no me sorprende su invitación dado a su actitud, lo que me sorprende es que de verdad no tenga ningún toque de delicadeza. —Te prometo que lo disfrutarás, tan solo tienes que decirme ¿qué es lo que te gusta que te hagan?
—Transferencias bancarias. —Respondo sutilmente y me pongo de pie para alejarme de ese patán.
Definitivamente necesito un trago.
Tomo mi lugar justo en la barra y miro al barman.
—Dame la bebida más fuerte que tengas —pido. Definitivamente necesito tomar algo que me haga perder la cabeza para olvidar al imbécil de mi jefe.
Los fantasmas del pasado aparecían en mi memoria recordándome que mi vida era un completo fracaso. Tomo el vaso que se está frente a mí y bebo un largo sorbo dejando que el calor del alcohol queme mi garganta ¿dónde estaba la vida que te prometían en las películas? A mis veinticuatro años esperaba pasearme por las calles transitadas de la ciudad con fabulosos atuendos y con un Starbucks en la mano. Vaya que Hollywood si que juega con nuestros sueños.
—Oye...—llama una voz a mis espaldas mientras coloca una mano sobre mi hombro.
Él es alto y tenía el cabello oscuro perfectamente peinado hacia atrás como si hubiese usado exageradas cantidades de gel encima. Lo que dejaba al descubierto la simetría de sus facciones. Sus ojos eran de un verde profundo como los olivos y vestía lo que parecía ser un costoso traje. Un tipo de apariencia intimidante, al igual que Nowe, solo que él tenía una expresión neutral en su rostro. Un hombre atractivo, pero su apariencia de modelo no lo salvaría de que lo mandara a freír espárragos.
—Te juro que intentas seducirme te tiraré mi trago encima. —Digo de manera amenazante.
Él abre sus ojos de par en par y mira el trago que sostengo para después mirarme a mí.
—Espero que no lo hagas, es un whisky demasiado caro. —Por un momento, sus palabras logran desconcertarme y miro el líquido color ambarino de mi vaso.
—Esto no es mío. —Digo en voz alta.
—De hecho era mío y este...—El extraño hace una señal con la cabeza y veo un vaso igual al que sostengo entre mis manos, solo que este estaba de mi lado izquierdo. —Era el tuyo.
Es entonces que lo comprendo.
Estaba tan absorta en mis pensamientos y quejándome de lo odioso que es mi jefe que no me percaté que este tipo estaba sentado a mi lado y sin darme cuenta tomé el primer vaso que tuve a mi alcance. Su vaso. Lo peor de todo es que este hombre parecía tener dinero de sobra mientras que yo, estaba considerando vender uno de mis riñones para poder seguir viviendo en Chicago y no regresar a Hollyville en caso de que Nowe me despidiera.
—¡Como lo siento! —Siento mis mejillas arder debido a la vergüenza ¿realmente este día podía seguir empeorando? Ahora este tipo apuesto creerá que soy patética.
—No hay problema —dice prestándole importancia. —Seguramente has tenido un largo día, estoy seguro que lo necesitabas. —Él me dedica una sonrisa amable mientras hace una seña al barman para pedir un nuevo trago.
Parece un buen sujeto.
—Soy Maurizio. —Se presenta al mismo tiempo que me ofrece un nuevo trago.
—Ivy.
—No quiero ser entrometido Ivy, pero ¿qué hace una chica en un bar sola a inicio de la semana? —No puedo evitar bufar, realmente no quería tocar ese tema.
—No creo que realmente te interese escuchar mi trágica historia.
Maurizio se encoge de hombros.
—Tengo tiempo —él bebe un nuevo sorbo de su trago. —A veces contarle tus problemas a un extraño puede ayudar.
—¿Acaso eres psicólogo?
Él deja escapar una sonrisa y se vuelve a mirarme. Como dije al principio, él mantiene una expresión neutra en su rostro, tan calmada y tan tranquila que me es imposible descifrar el significado de cada una de sus facciones.
—La vida apesta —suelto sin más. —Cuando era niña pensé que al llegar a mi edad tendría una casa en Las Vegas, un BMW y un yate.
—¿Y? Al menos tienes el ¿auto?
—Ni a bicicleta llego. —Ambos reímos ante mi respuesta.
—Debe ser duro.
—Demasiado.
Una sonrisa se forma en mis labios. Tal vez Maurizio tenga razón, hablar con un extraño al que no volverás a ver no es tan mala idea después de todo, así que, esas palabras fueron una clara invitación a desahogarme. ¿Qué podría salir mal?
—Mi jefe cree que soy una inútil —rio sin humor. —Soy tan distraída que quizás tenga razón.
—No creo que sea para tanto. —Dice intentando animarme.
—Es un cretino que se cree superior a todos por ser un dictador —espeto. —Cree que es dueño de PeachP Advertising.
—¿Trabajas en PeachP Advertising? —Pregunta sorprendido.
Así que, asiento.
—Entonces tu jefe es Nowe Moltoni.
—¿Lo conoces? —Sabía que el mundo de la publicidad era pequeño, pero no tanto.
—No realmente —dice encogiéndose de hombros. —Solo que Nowe Moltoni es conocido por ser un depredador en el mundo de la publicidad.
—Así que también eres publicista.
—Dígamos que aspiro a serlo —los ojos de Maurizio se iluminaron cuando dijo esa última frase. —Y dime ¿qué como es trabajar con Nowe Moltoni?
—Literalmente hoy me dijo que no sirvo para nada porque cometí un pequeño error ortográfico —con solo recordarlo, la furia comienza a expandirse en mi interior. —Solo porque escribí escroto en lugar de escrito.
En ese momento, Maurizio ríe escupiendo el líquido que había bebido hace unos instantes mientras le contaba lo sucedido.
—Lo siento —dice avergonzado. —No pude evitarlo ¿realmente escribiste escroto?
—¿En serio solo es todo lo que escuchaste?
—Lo siento, pero es gracioso —dice. —Jamás había escuchado algo parecido.
Pensándolo bien, realmente es gracioso. No quiero imaginarme la cara de Stefano Russo cuando lea: adjunto la propuesta de el nuevo contrato junto con el escroto que ordenó. Atentamente Nowe Moltoni>>
—¿Y cuál es tu historia? —pregunto. —¿Qué hace un chico en un bar, solo, a la mitad de la semana?
—Dígamos que es un caso similar al tuyo —responde. —También huyo de mi jefe.
Llevo mi vaso a mis labios y bebo un nuevo sorbo.
—Vaya suerte —susurro. —Ambos tenemos unos jefes de mierda.
—Sí, pero de no ser así te aseguro que jamás no hubiéramos conocido.
Noto cierto aire de coquetería en su voz acompañada por esa dulce sonrisa. Debo admitir que Maurizio era justo lo que me había recetado el doctor.
—Si pido que me des tu número ¿me arrojarás tu whisky? —Luce apenado y puedo apostar que se ha sonrojado.
¡Tan tierno!
—Te pagaré —digo al mismo tiempo que busco entre mi bolso mi cartera. —De casualidad ¿cuánto vale ese trago?
—¿Qué tal tu número y una cena?
¿Será esta obra del destino? Quizás mi mala racha con los hombres está a punto de terminar.