La necesidad tiene cara de ereje

1847 Words
El bar estaba lleno de risas y música, pero todo eso era un ruido de fondo para mí. Esa noche, como tantas otras, me tocaba recoger los pedazos de una fiesta que no era mía. Lo hacía sin quejarme; necesitaba el trabajo. Pero en mi interior, solo pensaba en salir adelante, en encontrar algo mejor que las estúpidas mesas sucias y los comentarios ocasionales de clientes pasados de copas, queriendo poner sus sucias manos sobre mí. Estaba arrastrando la caja llena de botellas vacías al callejón trasero cuando lo vi. Era imposible ignorarlo: su porte relajado pero seguro, la forma en que se apoyaba en la pared mientras encendía un cigarrillo, como si el mundo entero estuviera allí solo para entretenerlo. Me ofreció alcohol, como si fuera algún alimento que necesitaba. Su insistencia me irritó un poco, pero al mismo tiempo despertó mi curiosidad. ¿Por qué alguien como él un hombre que claramente no pertenecía al mundo que yo conocía se molestaría en hablar conmigo? Él se rió y me desarmó por completo. No una risa burlona, sino genuina, como si mi respuesta le hubiera divertido más de lo que debería. Tome del whisky que me ofreció y sentía como quemaba mi garganta. Y de la nada me ofreció dinero. Me quedé en silencio, analizando su expresión. No, no parecía alguien que bromeaba, pero eso no hacía que su oferta fuera menos ridícula. Al principio, pensé que lo había entendido mal. ¿Quién hacía ese tipo de proposiciones? Pero cuando lo miré a los ojos, supe que hablaba en serio. —¿Qué? —Escuchaste bien. Dos mil dólares, solo por pasar la noche conmigo. Me quedé mirándolo, tratando de entender si esto era algún tipo de broma cruel. Pero no lo era. Él estaba completamente serio, como si estuviera ofreciendo una transacción de negocios en lugar de algo tan personal. —Soy virgen —solté antes de poder detenerme. Era mi último recurso, una confesión que esperaba lo hiciera retroceder. Pero no lo hizo. En lugar de eso, arqueó una ceja, como si acabara de interesarse aún más. —Te doy cuatro mil. Usaré protección si es lo que te preocupa y te trataré con delicadeza. Cuatro mil dólares. La cifra resonó en mi cabeza como un eco. Era más dinero del que podía imaginar ganar en meses. Con ese dinero, podría pagar la matrícula escolar de mi hermana menor, saldar algunas deudas y, tal vez, dejar este trabajo y buscar algo mejor. Pero al mismo tiempo, sentía una mezcla de vergüenza y miedo que amenazaba con ahogarme. —Tengo novio —dije, aunque sabía que esa excusa no iba a detenerlo. —¿Y él te da cuatro mil dólares en papeletas de doscientos, por una noche? Sus palabras me golpearon como un balde de agua fría. Sabía que tenía razón. Mi novio, si se podía llamar así, apenas se preocupaba por mí. Y ciertamente no estaba en condiciones de ayudarme con mis problemas. —Está bien —dije finalmente, casi en un susurro. No me reconocí en ese momento. Era como si una parte de mí se hubiera desconectado, dejando que otra versión más fría y calculadora tomara el control. El motel estaba justo al otro lado de la calle. Cruzamos juntos, tratando de no llamar la atención, aunque estaba segura de que mi nerviosismo era evidente.Oraba porque mi jefe no me echara de menos. El lugar era pequeño y discreto, con luces de neón parpadeando en la entrada. Carlos pagó la habitación sin pestañear, mientras yo me quedaba un poco atrás, tratando de convencerme de que estaba haciendo lo correcto. El cuarto era sencillo, con una cama de matrimonio cubierta por un edredón que había visto días mejores. Juro que ví una maldita cucaracha asomarse por la cortina de la ventana. Había una pequeña mesa al lado, una lámpara de luz tenue y un baño diminuto con un maldito zócalo que no encendia. No era un lugar que asociara con romance, pero tampoco estaba allí para eso. —Voy a tomar una ducha rápida —dije, escapando al baño antes de que pudiera responder. Cerré la puerta y me apoyé contra ella, respirando hondo mientras trataba de calmar mis nervios. Esto no era lo que había planeado para mi vida. Pero si esto significaba asegurar el futuro de mi hermana y el mío, entonces estaba dispuesta a hacerlo. El agua caliente me ayudó a despejar la mente, aunque no del todo. Mientras me lavaba, no podía evitar pensar en cómo había llegado a este punto. Me prometí a mí misma que esta sería la última vez que tendría que hacer algo así, que con este dinero podría empezar de nuevo, buscar un trabajo decente y dejar atrás este capítulo de mi vida. Cuando salí del baño, envuelta en una toalla, Carlos me esperaba sentado en la cama con solo los pantaloncillos puestos. Su expresión era tranquila, como si esto fuera algo completamente normal para él. Cuando salí del baño, el aire en la habitación se sentía denso, como si algo invisible y pesado flotara entre nosotros. Carlos estaba sentado al borde de la cama, con su postura relajada, pero sus ojos eran otra historia además del susodicho paquete entre sus piernas. Había algo en su mirada que me desarmó, como si pudiera ver más allá de mi fachada, de mis miedos y mis intenciones. Me detuve a unos pasos de él, todavía envuelta en la toalla. La piel húmeda de mis brazos comenzaba a enfriarse, pero el calor que irradiaba de su presencia hacía que mi cuerpo se tensara, como si estuviera atrapada entre dos mundos. —Ven aquí, Mónica —dijo, con su voz baja y ronca, cargada de una autoridad que no se molestaba en ocultar. Mis pies se movieron antes de que mi mente pudiera procesarlo. Me senté a su lado, dejando un pequeño espacio entre nosotros, pero no lo suficiente como para sentirme a salvo. La cama cedió bajo nuestro peso, y la tensión entre ambos parecía intensificarse. Él no dijo nada más. Extendió una mano y dejó que sus dedos se apoyaran suavemente en mi pierna desnuda, justo por encima de la rodilla. Mi respiración se aceleró al instante, y él lo notó. No sabía si salir corriendo o seguir esperando lo que venía, la sobras del whisky estaban en la mesita a mi lado, tomé la botella y bebi todo de un solo trago. —¿Estás nerviosa? —me preguntó, y aunque su tono era amable, había una chispa de diversión en sus ojos, como si disfrutara de mi inquietud. —Un poco —admití, desviando la mirada hacia el suelo y dejando la botella vacía alli. Carlos deslizó sus dedos con lentitud, trazando un camino ascendente por mi muslo. Su toque no era brusco ni invasivo, pero tampoco pedía permiso. Sentía cada pequeño roce como si estuviera grabado en mi piel, y mi mente no podía evitar llenarse de preguntas. ¿Acaso me había hechizado? ¿Por qué hacía esto? ¿Era parte del acuerdo? ¿Era una especie de juego para él? Antes de que pudiera pensar demasiado, él levantó su otra mano y la colocó suavemente bajo mi mentón, obligándome a mirarlo. Sus ojos eran un témpano gris oscuro, profundos y peligrosos, pero había algo cálido en ellos, algo que no esperaba. —Relájate —murmuró, y su voz era como un susurro que acariciaba mi alma. Y entonces me besó. Fue un beso lento, deliberado, como si quisiera explorar cada rincón de mis labios, como si quisiera comerme a través del contacto y no dejar nada. No había prisa, solo una intensidad controlada que me desarmó por completo. Al principio, me quedé quieta, sin saber cómo responder, pero pronto mi cuerpo tomó el control. Sentí cómo mi respiración se entremezcló con la suya, caliente y entrecortada. No era comparable con los besos que me llegué a dar con mi novio. Mientras sus labios se movían con los míos, su mano en mi pierna subió un poco más, deteniéndose justo en el límite donde mi piel comenzaba a arder. Mi mente estaba llena de preguntas que no podía formular. ¿Por qué hacía esto? ¿Era solo deseo o algo más? ¿Y por qué me hacía sentir tan viva y tan vulnerable al mismo tiempo?¿Era normal sentir algo líquido deslizarse por mi centro? Me aparté ligeramente, rompiendo el contacto, pero sus manos no me dejaron escapar del todo. —¿Por qué… por qué haces esto? ¿Por qué pagas ese dinero por estar con una mujer?—pregunté en un susurro, con la voz quebrada por la confusión. Carlos me miró durante un largo segundo, sus dedos aún descansando sobre mi piel como si no quisiera soltarme. Una sonrisa ladeada apareció en sus labios, pero esta vez no parecía un gesto de burla. Era algo más suave, más real. —Nunca lo había hecho antes. Pagar por sexo. Lo hago porque eres tú y quiero tenerte, regálame esta noche, deja que tome tu virginidad y serás bien recompensada, solo tienes que disfrutar y no hacer más preguntas —respondió, con su tono serio, como si realmente significara lo que decía. Sus palabras resonaron en mi pecho, confundiéndome aún más. ¿Era esto parte de un juego? ¿Una estrategia para manipularme? ¿O había algo genuino en él que no alcanzaba a comprender? No tuve tiempo de responderme. Su mano volvió a moverse, trazando líneas invisibles sobre mi piel, y aunque mi mente me decía que debía detenerlo, mi cuerpo ya había decidido lo contrario. —¿Lista? —preguntó, con su voz baja y suave. Asentí, echando la almohada a un lado. Mientras se acostaba sobre mi, me di cuenta de que, aunque había accedido a esto, todavía tenía el control. Esta era mi decisión, y la estaba tomando por mi propia supervivencia. Me recosté en la cama y me abrí de piernas para él y me aseguré que sacó el preservativo nuevo de su empaque color dorado, lo puso en su eje y se alineó en mi intimidad luego de asegurarse que estaba muy mojada. Lo que sucedió después fue un torbellino de sensaciones que no esperaba. Había algo en la forma en que me miraba, en cómo me tocaba, que hacía que me olvidara momentáneamente de todo lo demás. Por un instante, me sentí deseada, valorada, incluso si sabía que todo era una ilusión. Gemí y lloré bajo su cuerpo pero más de una vez me hizo subir a la cúspide del placer. Cuando todo terminó, por unos minutos me acurruqué a su lado pero él se levantó como si ese contacto le diera asco. Carlos se levantó, se vistió y salió sin decir mucho más. Yo me quedé allí, acostada en la cama, sintiendo una mezcla de alivio y vacío. Me vestí rápidamente, asegurándome de que no hubiera rastro de mí en el cuarto, y volví al bar. La fiesta seguía en marcha, como si nada hubiera pasado, pero para mí, todo había cambiado.
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