La noche era malditamente fría cuando crucé la calle de regreso al bar, con cada paso sentí un dolor punzante en mi entrepierna. El aguacero tenía casi una hora que se había detenido. Mi cuerpo se sentía pesado, como si cargara un peso invisible que no podía soltar. Intentaba mantener la calma, mantener la dignidad, pero el ardor y la incomodidad eran inevitables.
Llegué a la puerta trasera del bar, donde nadie solía pasar, y respiré hondo antes de entrar. El lugar estaba igual de ruidoso que antes, con música alta y risas llenando el aire. Intenté componerme, peinándome con los dedos y acomodando mi uniforme como si nada hubiera pasado.
—¿Qué pasó contigo? —me preguntó Teresa, mi compañera, en cuanto me vio entrar. Estaba detrás de la barra, cortando rodajas de limón.
—Me sentí mal… —mentí, bajando la mirada mientras pasaba a su lado—. Estuve en el baño un rato.
Ella me miró con desconfianza, frunciendo el ceño. Como si pudiera oler el aroma de la sexualid@d en mí.
—¿Tanto tiempo? Pensé que te habías ido.
—No, no… ya estoy mejor —murmuré, apresurándome para tomar una bandejita de metal para regresar al trabajo.
No tenía intención de darle más explicaciones. Me moví hacia la barra, limpiando vasos y colocando bebidas en la bandeja. Pero entonces, al mirar hacia la mesa donde estaba la fiesta, lo vi.
Ahí estaba él. Carlos. Sentado, tranquilo, como si nada hubiera ocurrido. Su postura relajada, una mano apoyada en el respaldo de su silla, y una expresión seria que contrastaba con las risas de los demás. Su primo seguía contando chistes y bebiendo como si fuera la mejor noche de su vida, pero Carlos no parecía formar parte de la diversión.
Nuestros ojos se encontraron brevemente, y mi estómago dio un vuelco. Mi Interior se contrajo como si recordara su erectö Pënë dentro de mi. Su mirada era intensa, fija en mí, y por un momento sentí que podía leer cada pensamiento que cruzaba por mi mente. Intenté apartar la vista, pero era como si él tuviera un poder extraño sobre mí, como si no pudiera ignorarlo.
Me moví rápido, atendiendo otras mesas y ocupándome de cualquier cosa que me mantuviera alejada de esa mesa. Pero, aunque evitaba mirarlo, podía sentir su presencia, su atención en mí. Era sofocante.
La fiesta continuó, y poco a poco los invitados comenzaron a irse. No me di cuenta de cuándo Carlos se marchó. Cuando miré hacia la mesa, ya no estaba. Su primo seguía allí, despidiéndose de los últimos invitados, pero Carlos se había desvanecido en el aire, como un fantasma que había dejado su huella en mi piel.
Cuando terminé mi turno, regresé a casa con los cuatro mil dólares en mi bolso. El dinero parecía más pesado de lo que debería, como si llevara algo más que billetes: llevaba el peso de lo que había hecho, de lo que había decidido esa noche.
Al llegar a mi pequeño apartamento, lo primero que hice fue meterme a la ducha. El agua caliente golpeó mi cuerpo, pero no alivió el dolor que sentía en mi interior. Me apoyé contra la pared de azulejos, dejando que las gotas cayeran sobre mí mientras intentaba procesar todo.
Había cruzado una línea que nunca pensé que cruzaría. Lo había hecho por necesidad, por sobrevivir. Con ese dinero, podría pagar el alquiler atrasado, la matrícula de mi hermana, y quizá tener un respiro por unos meses. Pero, aun así, no podía evitar sentirme vacía.
Salí de la ducha, me sequé y me puse un pijama cómodo. Me senté en el borde de mi cama, contando los billetes una vez más, como si necesitara asegurarme de que eran reales. Mañana pagaría todo lo que debía, y quizás entonces podría empezar de nuevo.
A la mañana siguiente, pagué la renta atrasada con la señora Ramírez, quien me miró con sospecha pero no dijo nada. Luego fui a la escuela de mi hermana y liquidé la matrícula. La recepcionista me sonrió amablemente, agradecida de que finalmente estuviera al día.
En el camino de regreso, mientras estaba en el metro, mi mente seguía reviviendo cada momento de la noche anterior. Entonces, un hombre sentado frente a mí bajó el periódico que estaba leyendo, y un anuncio en la portada llamó mi atención.
“¿Quieres ganar mucho dinero? Mujeres interesadas en cambiar su vida. Solo necesitas cumplir con ciertos requisitos.”
El texto iba acompañado de un número de teléfono y una dirección. No podía apartar la vista del anuncio. ¿Qué tipo de oportunidad era esa? ¿Era legítima? ¿O era otra manera de aprovecharse de mujeres desesperadas?¿Había algún trabajo tan lucrativo del que desconocía?
Apreté los labios y desvié la mirada. Mi vida ya había cambiado anoche, de una forma que aún no terminaba de entender. Pero una parte de mí, una pequeña pero persistente parte, se preguntaba si ese anuncio podría ser mi próxima salida.
Cuando el hombre dejó el periódico en el asiento frente a mí, esperé unos segundos antes de actuar. Miré a mi alrededor, como si temiera que alguien estuviera pendiente de lo que hacía. Cuando vi que nadie estaba prestando atención, me incliné hacia adelante y lo tomé.
El papel estaba un poco arrugado, con las marcas de los dedos del hombre que lo había estado leyendo, pero el anuncio seguía ahí, llamando mi atención. Lo guardé en mi bolso y me bajé en mi parada, con el corazón latiéndome rápido sin saber exactamente por qué. El tren siguió por unos veinte minutos más hasta mi destino.
Al llegar a mi apartamento, dejé el bolso sobre la mesa y saqué el periódico. Me senté en la cama y volví a leer el anuncio, esta vez más detenidamente.
“¿Quieres ganar mucho dinero? Mujeres interesadas en cambiar su vida. Solo necesitas cumplir con ciertos requisitos.”
Me mordí el labio. ¿Era una estafa? ¿Algo peligroso? No podía saberlo, pero la promesa de “cambiar mi vida” resonaba en mi cabeza como un eco insistente.
Me quedé sentada en el borde de la cama, con las manos temblando y el teléfono apretado contra mis dedos.
Traicioné a mi novio—pensé.
Nunca imaginé que llegaría a esto. Mateo siempre fue el chico que creí que estaría a mi lado para siempre, el que me sostenía cuando todo se derrumbaba, el único que creía en mí cuando ni yo misma podía hacerlo. ¿Y qué hice? Le di la espalda. Por dinero. Por un acto que no puedo borrar, que me perseguirá día y noche.
Cierro los ojos y el rostro de Carlos Augusto aparece como un espectro. Su mirada gris, tan fría y analítica, pero que aquella noche me desarmó de formas que no puedo entender. No puedo justificarlo, no puedo decir que fue solo un contrato. Porque en el momento en que me rendí a él, no pensé en Mateo. Ni en su amor, ni en sus promesas, ni en la vida que imaginamos juntos.
Cuatro mil dólares. Ese es el precio que le puse a mi lealtad, a mi cuerpo, a mi dignidad.
La habitación se siente más pequeña, como si las paredes se cerraran sobre mí, me repetí que estaría bien, una y otra vez, como si esa frase pudiera justificarlo todo. Pero ni siquiera yo lo creo.
Él me habría amado con todo su ser. Lo sé.
Pero ¿qué tipo de vida sería para Daniela? Ella no eligió esto. No eligió depender de mí, y mucho menos merecía una infancia llena de carencias. Yo soy la responsable. Yo. No puedo fallarle, ni a ella ni a la promesa que me hice a mí misma cuando nuestra madre murió.
Pero, ¿a qué costo?
Las lágrimas comienzan a caer, calientes y silenciosas. Todo esto debería ser más fácil. Debería sentirme aliviada porque, al menos, estoy cumpliendo con mi deber. Pero en lugar de eso, siento que me estoy rompiendo en pedazos. Cada decisión que tomo me aleja más de lo que alguna vez fui.
Decidí llamar al número. Marcando los dígitos, mis manos temblaban un poco. Cuando escuché que alguien atendía al otro lado de la línea, tragué saliva.
—¿Sí? ¿Quién habla? —dijo una voz femenina, cálida pero profesional.
—Eh… Hola. Vi un anuncio en el periódico. Decía que… era para un trabajo. —Mi voz salió más nerviosa de lo que quería, y me aclaré la garganta.
—Ah, claro, el anuncio. —La mujer no sonaba sorprendida, como si recibiera llamadas como esta todo el tiempo—. ¿Puedo saber tu nombre?
—Mónica… Mónica Blanco.
—Encantada, Mónica. Mi nombre es Liliana. Dime, ¿te interesa saber más sobre el empleo?
—Sí, por favor. —Sentí que mi voz temblaba un poco, pero intenté sonar firme.
—Perfecto. —La mujer hizo una pausa breve, como si estuviera preparando las palabras exactas—. Se trata de un trabajo como madre subrogada. Básicamente, serías la portadora del bebé de otra pareja.
Las palabras me tomaron por sorpresa. Me quedé en silencio, tratando de procesarlas.
—¿Madre subrogada? —repetí, casi en un susurro.
—Sí, exactamente. Es un proceso totalmente legal, y contamos con profesionales médicos para supervisar todo. Solo trabajamos con mujeres que cumplen ciertos requisitos, como buena salud física y mental. Por supuesto, también hay una compensación económica significativa.
La última parte capturó toda mi atención.
—¿Cuánto? —pregunté antes de pensarlo dos veces.
Liliana rió suavemente al otro lado de la línea, como si esperara esa pregunta.
—Eso depende del contrato, pero la mayoría de nuestras madres subrogadas ganan entre 50,000 y 80,000 dólares por embarazo.