Salí de casa con el periódico todavía doblado bajo el brazo y una sensación de urgencia latiendo en mi pecho.
No podía dejar cabos sueltos, no si quería aplicar para el trabajo de madre subrogada. Recordé que aún no tomaba la píldora del día después y aunque Carlos había usado preservativo la noche anterior, no quería correr riesgos. Sería la única manera de asegurarme de que todo estaba bajo control y no salir con un domingo siete o que maria estaba lavando y se le terminó el jabón.
En la farmacia más cercana, recorrí los estantes hasta dar con lo que buscaba. Compré una pastilla del día después, pagué en silencio y salí sin mirar atrás. Me dolio el bolsillo al pagar lo que costaba la jodida pastilla, pero comparado con convertirme en madre soltera eso no era nada. Mantener un bebé cuesta más. Una vez en casa, la tomé con un vaso de agua que me servía del botellón que ocupa un rincón en el suelo de la cocina, ignorando la punzada de incomodidad en mi vientre que todavía sentía desde la noche anterior.
De alguna manera aún me siento llena, siento que estuvo bien entregar mi virginidad por mi voluntad a cambio de algo de dinero, porque el amor no me daria de comer ni pagaría mis deudas. Sabía que estaba tomando esta decisión por algo más grande que yo.
"Si voy a hacer esto, tiene que ser con todas las cartas a mi favor," me dije, convencida.
Al día siguiente, me dirigí a la dirección que Liliana me había enviado por mensaje. Era una clínica discreta, moderna y limpia, con letras plateadas sobre la puerta que decían: "Centro de Fertilización y Subrogación Esperanza". Tragué saliva antes de entrar.
En la recepción, una mujer elegante con un traje beige y el cabello recogido en un moño me saludó con una sonrisa profesional, me dió un ticket y me pidió que tomará asiento. Había una fila larguísima, tanto así, que me dieron ganas de devolverme a mi casa yo era la número 398 y apenas eran las diez de la mañana e iban por el número cien. Mujeres de todos los aspectos y rasgos se dieron cita, de todos los tamaños y colores, unas para aplicar como yo y otras para confirmar que eran elegidas, aunque a más de una la ví salir con la cara alargada, porque no había pasado todas las pruebas y análisis lo que disparó mis sentidos y mis nervios hicieron lo suyo.
—¿Mónica Blanco? —preguntó la señora y me acerque rapidísimo.
—Sí, soy yo.
—Bienvenida. La directora, Claudia Mejía, la está esperando. Por aquí, por favor.
La seguí por un pasillo impecable hasta una oficina con grandes ventanas que dejaban entrar mucha luz. Sentada detrás de un escritorio estaba una mujer de unos cuarenta y tantos años, de apariencia autoritaria pero cálida. Tenía el cabello corto, oscuro y unos lentes que le daban un aire intelectual.
—Mónica, bienvenida. Soy Claudia Mejía, directora de la clínica. Es un placer conocerte. Por favor, siéntate.
Me senté frente a ella, sintiéndome un poco intimidada. Claudia tenía una presencia que llenaba la habitación.
—Gracias por venir —continuó—. Antes de empezar, quiero felicitarte por considerar este proceso. No es una decisión fácil, pero puede cambiar muchas vidas, incluida la tuya.
Asentí, nerviosa.
—Primero haremos una entrevista y algunos exámenes médicos para asegurarnos de que cumples con los requisitos. ¿Eres virgen?
—No...
—Mejor, me preocupaba eso, es mejor si la mujer subrogada no lo es. Preferimos los partos naturales, recurrimos a los partos por cesárea sólo si hay alguna complicación. Si todo está en orden, te asignaremos a una pareja que esté buscando una madre subrogada. ¿Estás lista para empezar?
—Sí, lo estoy.
Pasamos casi dos horas hablando. Me preguntó sobre mi salud, mi estilo de vida, mis motivos para querer ser madre subrogada y diez mil preguntas de las cuales no recuerdo. Luego vino una ronda de exámenes: análisis de sangre, ecografías, e incluso una evaluación psicológica. Me sentí como si me estuvieran examinando de pies a cabeza, y en cierto modo, era exactamente eso. Solo me faltó una colonoscopia.
Al final del día, Claudia me estrechó la mano.
—Todo luce bien hasta ahora. Te contactaremos en unos días con los resultados y los siguientes pasos.
Salí de la clínica sintiéndome agotada pero esperanzada.
Cuando llegué a casa, mi hermanita de diez años, Daniela, estaba haciendo la tarea en la mesa del comedor. Tenía los pies descalzos y el cabello recogido en dos coletas que le daban un aire de inocencia que me llenaba de ternura.
—¿Cómo te fue? —pregunta sin levantar la vista del cuaderno.
Me acerqué, le acaricié la cabeza y me senté a su lado.
—Bien. Muy bien, de hecho. ¿Sabes algo, Daniela? Nuestras vidas van a cambiar pronto.
Por primera vez, dejó el lápiz y me miró con sus grandes ojos curiosos.
—¿En serio? ¿Por qué?
—Porque estoy haciendo algo importante. Algo que va a ayudarnos a las dos.
Ella no entendió del todo, pero sonrió de oreja a oreja, confiando en mis palabras. Ella últimamente me criticaba por todo, pero imagino que lo hizo solo por lo estresada que debe sentirse viviendo en esta miseria.
—¿Entonces ya no tendremos que preocuparnos por el dinero?
—Eso espero, Daniela. Eso espero.
Por la tarde, regresé al bar para mi turno. Mientras servía copas, no podía dejar de pensar en la conversación con Claudia. Si todo salía bien, tendría que hacer cambios importantes en mi vida, y trabajar aquí definitivamente no encajaba en el plan. La clínica me exigiría un ambiente tranquilo y saludable para el proceso, algo que este bar ruidoso y lleno de humo no podía ofrecer.
Después de un par de horas, pedí hablar con el dueño.
—¿Qué pasa, Mónica? —preguntó Miguel Ángel, mientras secaba un vaso.
—Quiero renunciar —dije, tratando de sonar firme.
Él me miró sorprendido.
—¿Por qué? ¿Es por el dinero? Ya la cosa se pondrá mejor, solo faltan algunos meses para navidad.
—No, no es eso. Es algo personal. Necesito hacer algunos cambios en mi vida.
El gerente asintió, aunque no parecía del todo convencido.
—Está bien, pero sabes que siempre tendrás las puertas abiertas aquí.
Le agradecí y volví al trabajo, sabiendo que esa sería mi última noche en el bar. Teresa estaba libre así que no pude despedirme de ella, no sabía dónde vivía, ni tenía su teléfono, aunque solo éramos compañeras de trabajo me cayó bien y daba buenos consejos. Cuando terminó mi turno, me fui a casa sintiéndome extrañamente aliviada. Había dado un paso importante, y aunque no sabía exactamente qué me deparaba el futuro, sentía que estaba en el camino correcto.
El siguiente paso sería esperar los resultados de la clínica y, si todo salía bien, empezar el proceso. Mientras continúe con mi otro trabajo de repartidora de comida en el día.
Unos días después de la última visita a la clínica, recibí la llamada que había estado esperando. Claudia Mejía, la directora, me informó que los resultados de mis análisis eran óptimos.
—Mónica, felicidades. Estás oficialmente aprobada para el programa. ¿Podrías venir mañana a la clínica para ultimar detalles?
Mi corazón dio un brinco. Era un paso más hacia una vida diferente, un paso que me costaba imaginar siquiera, pero que sabía que necesitaba dar.
Al día siguiente, llegué a la clínica donde Claudia me recibió con una carpeta gruesa en las manos.
—Mónica, tengo excelentes noticias. Hemos encontrado una pareja interesada en que seas la madre subrogada para su bebé. Son una familia maravillosa, muy respetuosa y están emocionados de conocerte.
Asentí, sintiendo un nudo en la garganta.
—¿Quiénes son?
—Son una pareja de origen indio. Vinay y Priya Patel. Están aquí por trabajo y prefieren realizar todo el proceso en el país por comodidad y seguridad. Son muy adinerados, así que estarán cubriendo absolutamente todos los gastos.
—¿Cuándo los conoceré?
—Hoy mismo, si estás de acuerdo.
Claudia sonrió con confianza, y aunque me sentía nerviosa, asentí.
Vinay y Priya resultaron ser tan cálidos y elegantes como Claudia había descrito. Él era un hombre alto, de porte sofisticado, con cabello n***o y ojos intensos, y Priya tenía una dulzura en su rostro que te hacía sentir cómoda de inmediato. Ambos vestían ropa tradicional india con un toque moderno, lo que les daba una presencia imponente pero acogedora.
Después de las presentaciones iniciales, nos sentamos en una sala privada de la clínica. Vinay fue el primero en hablar.
—Mónica, queremos agradecerte de antemano por considerar ayudarnos en algo tan importante como traer a nuestro hijo al mundo.
Priya asintió, con los ojos brillando.
—Hemos estado buscando la persona adecuada durante meses, y cuando Claudia nos habló de ti, sentimos que eras perfecta.
Aunque estaba nerviosa, decidí expresarles algo que me preocupaba desde que había considerado este trabajo.
—También estoy muy agradecida por esta oportunidad, pero hay algo que quiero dejar claro desde el principio.
Vinay y Priya intercambiaron miradas, atentos.
—Mi hermanita Daniela es mi única familia. Solo tiene diez años, pero es mi responsabilidad y no estoy dispuesta a separarme de ella. Si acepto este trabajo, quiero que quede claro que ella estará conmigo.
El silencio llenó la habitación por un momento. Sentí que estaba poniendo en riesgo todo, pero no podía traicionar a mi hermanita.
Priya fue la primera en sonreír.
—Mónica, entendemos lo que dices. Vinay y yo valoramos mucho la familia. Si esto es importante para ti, también lo será para nosotros.
Vinay asintió.
—Nos aseguraremos de que Daniela esté bien cuidada. Podemos contratar a una nana para que te ayude con ella. Queremos que estés tranquila durante todo el proceso. Eso también beneficiará al bebé.
Me quedé en silencio, sorprendida por lo rápido que habían aceptado mis términos. Por primera vez en días, sentí que todo esto podría funcionar.
Pocas semanas después, me mudé a la nueva residencia que la pareja había preparado para mí. Era un departamento amplio y moderno, decorado con buen gusto y equipado con todas las comodidades que podría imaginar. Una nana, una mujer amable llamada Carmen, llegó al día siguiente para ayudarme con Daniela.
—¿Y todo esto es solo para nosotras? —preguntó mi hermanita mientras recorría la casa con los ojos como platos.
—Sí, Dani. Por un tiempo, este será nuestro hogar.
Carmen, que era cálida y maternal, se ganó a Daniela en cuestión de minutos. Y aunque inicialmente me preocupaba la idea de depender de otra persona para cuidarla, pronto entendí que Carmen no solo era eficiente, sino que también era genuina en su trato.
Con el tiempo, las visitas de Vinay y Priya se hicieron más frecuentes. Querían asegurarse de que me sintiera cómoda, pero también compartían momentos conmigo y con Daniela, tratando de crear un ambiente de confianza.
Un día, Priya me dijo algo que me conmovió profundamente:
—Mónica, siempre hemos creído que el amor y la unión son las bases para criar a un niño sano. Ver cómo cuidas a Daniela nos da la certeza de que nuestro bebé estará en las mejores manos posibles durante estos meses.
Aunque todavía tenía mis dudas y miedos, sus palabras me dieron algo que no había sentido en mucho tiempo: tranquilidad.
Ahora, mi vida estaba cambiando rápidamente, pero por primera vez, sentía que lo hacía en la dirección correcta.