"¿Que he hecho? Realmente soy un estupido"
Mientras me sentaba en esta mesa del rincón, con mi Chacabana, mi pantalón de marca, mis zapatos y un reloj muy caro, oliendo a Givenchy, no podía dejar de darle vueltas a lo mismo: Mónica.
Desde el primer momento en que la vi aquella noche, supe que era diferente. No era solo el placer pasajero lo que me había llevado a ella, o los tragos que me dí por estar de mal humos, aunque lo admito, esa fue la excusa inicial. Había algo más.
Desde el instante en que nuestros ojos se encontraron cuando llegue al bar, supe que estaba frente a alguien fuera de lo común además de hermosa por más demacrada que se vió, me imagino lo poco que debe alimentarse con un trabajo como este no creo que le alcanzará para mucho. No tenía la apariencia de alguien que tomaría una decisión tan drástica como vender su virginidad solo por la avaricia. Su postura firme, aunque nerviosa, y la determinación en su mirada me desconcertaron. Esa noche, mientras negociábamos, lo único que cruzaba mi mente era por qué una mujer con ese coraje y esa dignidad había tomado una decisión tan extrema.
Admiré su valentía desde el principio. Había muchas formas de enfrentar las adversidades, pero esta... esta requería una fortaleza que no muchos tienen. Sin embargo, detrás de esa máscara de seguridad, pude ver las grietas de una chica que debió estar pasándola mal.
Había una vulnerabilidad que intentaba ocultar, pero que sus ojos traicionaban. Lo supe en el momento en que cruzamos la calle hacia el motel. Su nerviosismo era palpable. Su respiración, entrecortada. Me había confesado que era virgen, y por un instante dudé. No estaba acostumbrado a lidiar con algo tan puro, tan real, era virgen y entendí que había mucho más en juego de lo que imaginaba.
Ella titubeó al aceptar mi oferta, lo cual me hizo pensar que debía estar enfrentando un problema económico extremo. No era una decisión que alguien tomara a la ligera. Pero lo que realmente me marcó fue lo que ocurrió después. Cuando cruzamos la calle hacia el motel, pude sentir su nerviosismo, pero también su fuerza. Me había confesado que era virgen, y por un instante dudé. No estaba acostumbrado a lidiar con algo tan puro, tan real.Durante ese momento, cuando intenté entrar en ella por primera vez, sentí la resistencia de su cuerpo, y entonces lo supe con certeza. No había mentido, ella era realmente una chica virgen.
Me detuve un instante, observando su rostro. Su expresión era una mezcla de dolor y determinación. No pedía piedad, no buscaba compasión, no me dijo que fuera lento. Simplemente estaba ahí, enfrentando una situación que había elegido, pero que claramente no deseaba aunque no fui egoísta en eso la hice disfrutar del sexo, al fin y al cabo era su primera vez siendo penetradā por un hombre. Esa verdad, tan cruda y real, me atravesó como un puñal y por esa razón me tomé mi tiempo para disfrutarla como nunca lo había hecho.
Nunca antes había tenido que enfrentar algo así. Había estado con muchas mujeres, pero todo había sido superficial. Con Mónica fue distinto. Su coraje, su vulnerabilidad, su sacrificio... todo eso despertó algo en mí que no podía entender del todo. Mientras ella estaba conmigo esa noche, no dejaba de preguntarme qué la había llevado a ese punto. ¿Qué podía ser tan grave como para vender una parte tan íntima de sí misma?
Esa noche no solo me impactó su cuerpo, aunque no podía negar que era perfecto aún viéndose desnutrida y su piel pálida. Fue su espíritu lo que me dejó marcado. La manera en que enfrentó todo, incluso cuando era evidente que no estaba preparada. Mientras la tenía en mis brazos, no podía dejar de pensar en lo que estaría sintiendo, en lo que debía estar pasando por su mente.
Y ahora, con ella fuera de mi alcance, no podía dejar de pensar en ello. Su ausencia pesaba más de lo que quería admitir. Ella no era solo un capricho o una distracción. Había algo en Mónica que me hacía querer saber más, entenderla, protegerla incluso. Por un segundo pensé que sería una buena esposa, solo mía. La trataría bien, le daría todo para que no se preocupara por lo económico, solo tendría que esperarme tranquilamente en casa y ser mía cada día.
Pero ahora todo eso era imposible. Había desaparecido, llevándose consigo ese misterio que me había dejado atrapado. Mientras pongo mi vaso en la mesa y miro detrás de la barra en dónde la ví trabajar agilmente, sabía que no importaba cuánto tratara de olvidarla. Mónica había dejado una marca en mí que no desaparecería fácilmente. Y eso, más que cualquier otra cosa, me asustaba.
Mientras miraba alrededor desde una mesa en el rincón del bar, tomando de regreso el vaso de whisky en la mano, no podía dejar de pensar en ella. Mónica. Su ausencia era como un vacío tangible que no podía ignorar. No entendía cómo alguien que apenas conocía había logrado dejarme tan marcado. Desde el momento en que cruzó la puerta de mi vida, había alterado todo lo que creía tener bajo control.
Bebí un sorbo, tratando de apagar la frustración que hervía en mi interior. Seguí recordando la noche que pasamos juntos. No era solo su belleza a pesar de las ojeras o sus manos pequeñas y cansadas, aunque eso era innegable. Era algo más profundo. La manera en que me miró, con una mezcla de miedo y determinación, como si estuviera a punto de saltar al vacío pero no tuviera otra opción.
El problema no era el acto en sí, sino lo que despertó en mí. Esa noche, Mónica me mostró algo que había olvidado: lo que se sentía estar con alguien auténtico. Mientras la tenía en mis brazos, todo lo demás desapareció: las expectativas de mi familia, las reuniones interminables, y, sobre todo, Ángela.
Ángela Aranda Costela. Solo su nombre bastaba para recordarme las cadenas que ataban mi vida. Ángela era hermosa mi prometida, sí. Su cabello rubio platinado y sus ojos azules eran elogiados en cada evento social. Pero detrás de su perfección había una frialdad que me repelía. Nuestra relación no era más que un acuerdo entre nuestras familias, una estrategia para consolidar el futuro de nuestras empresas. Yo sería el próximo CEO de bienes raíces, Villanueva Properties, y Ángela, mi flamante prometida, la joya que demostraría nuestro estatus al mundo.
La idea me asfixiaba. No porque no pudiera cumplir con mi deber, sino porque sabía que no había espacio para mí en ese futuro. Mi vida estaba planeada al milímetro, sin lugar para deseos propios, y Ángela era parte de ese diseño. Ella no tenía la culpa, pero tampoco hacía nada por cambiar la dinámica entre nosotros. Era distante, calculadora, siempre más preocupada por las apariencias que por lo que sentíamos. O mejor dicho, lo que no sentíamos.
En contraste, Mónica era todo lo que Ángela no era. Su vulnerabilidad, su honestidad, su fuego interno… Todo en ella era auténtico. Esa autenticidad era un lujo que no podía permitirme. Y, sin embargo, aquí estaba, buscándola como un loco.
El hecho de que hubiera desaparecido sin dejar rastro solo añadía más leña al fuego. Mi cuerpo la quiere reclamar como mia. No podía entender por qué me importaba tanto. Había pagado por su tiempo, sí, pero lo que obtuve fue mucho más que eso. Lo que Mónica me dio esa noche no se podía comprar. Su entrega, su inocencia, su humanidad. Todo en ella me recordó que, por debajo del hombre de negocios y del hijo obediente, todavía quedaba algo de mí.
Cuando pregunté por ella al dueño del bar, su respuesta me dejó helado. Mónica había renunciado, había desaparecido. La idea de no volver a verla me carcomía. No podía sacarme de la cabeza la forma en que se retorció debajo de mí, sus gemidos ahogados, la manera en que sus uñas se hundieron en mi piel. Me había dejado marcado, literal y figurativamente.
Mientras daba otro sorbo al whisky, mi mente volvió al presente. Tenía que enfrentar la realidad. El próximo fin de semana, mi padre había organizado una cena con los Aranda posiblemente para poner la fecha de la boda. Una más de esas reuniones donde la tensión se disfrazaba de cortesía. Ángela estaría ahí, perfecta como siempre, jugando su papel de prometida ideal.
No podía evitar compararla con Mónica. Todo en Ángela era frío y calculado, mientras que Mónica irradiaba calidez, incluso en su mirada melancólica. Me pregunté por qué me aferraba tanto a alguien a quien apenas conocía. A alguien sin estatus y tal vez sin futuro. Tal vez porque ella representaba algo que mi vida no tenía: libertad y el poder de decidir su siguiente jugada en la vida.
Pero ahora, esa libertad parecía un espejismo para mi. Mónica se había ido, y yo estaba atrapado en una vida que no había elegido. Apreté el vaso con fuerza, sintiendo cómo la frustración crecía dentro de mí. No podía evitar pensar que, si hubiera manejado las cosas de otra manera, tal vez Mónica estaría aquí, conmigo.
El problema era que no podía decidir si quería buscarla porque me importaba, o porque odiaba perder el control. Mónica era la primera mujer que me hacía sentir vulnerable, y esa sensación era tan intoxicante como aterradora, por eso cuando termine de hacer la mía me asusté, cuando volví en sí, mis jugos estaban llenando el condón.
Pero la verdad era que no tenía tiempo para lidiar con mis emociones. Mi padre no aceptaría excusas si no cumplía con mis deberes. Ángela esperaba que jugara mi papel, y el mundo de los negocios no tenía espacio para distracciones.
Dejé el vaso vacío sobre la mesa y me levanté. Por ahora, tendría que dejar a Mónica en el pasado. Pero sabía que, sin importar cuánto tratara de enterrarla en mi memoria, ella siempre estaría ahí, como un recordatorio de lo que podría haber sido.