Tal cual Ingrid se lo advirtió, en efecto, ahí estaba Eiron parado en el medio de dos de los escoltas de su padre. No podía creerlo. Se veía molesto, aunque nos debía sorprenderle, últimamente parecía ser su estado natural. —¿Cómo me encontraste? —le preguntó Altair al quedar al frente de él—. Vete, por favor —agregó en una súplica al ver venir el caos a su vida. —Aquí estoy —le dijo Eiron ignorando su petición. Al ver que habían varios hombres en la entrada de la casa, todos con el porte típico de los hombres que son escoltas, y no todo mundo se da el lujo de tener escoltas. Para Eiron, solo quien siente temor de ser sorprendido en cualquier momento por la acción de quien se presuma enemigo o persona deseosa de irse en contra de quien custodian, y como quiera que su madre ya le había

