(Parte 2)
El resto de la tarde pasó entre recuerdos y papeles. Cada uno hablaba del abuelo José como si aún estuviera en la cocina preparando café. Nadie mencionaba la palabra “muerte”, como si al evitarla pudieran retrasar su peso.
—Papá siempre decía que ese lugar tenía algo… sagrado —murmuró Azul mientras ordenaba una caja de documentos antiguos—. Que la tierra allá no solo daba uvas, daba calma.
—Y sombra —añadió Juancarlos con una sonrisa apagada—. En La Soledad no había calor que te derritiera. Era como si el aire también descansara allá.
Lesly encontró entre los papeles una vieja libreta con letras firmes y apretadas.
—¿Esto es…? —comenzó a decir, pero no necesitó terminar la frase.
Angie tomó la libreta con cuidado. Era el diario de su abuelo. En la primera página, con tinta azul y letra clara, decía:
"El día que muera, que no lloren por mí. Vayan a La Soledad. Allá sabrán por qué valió la pena cada año de mi vida."
Un silencio reverente llenó la sala.
—Definitivamente vas tú —dijo Dayana, mirándola con firmeza—. Nadie más entendería eso como tú, Angie.
Angie asintió sin hablar. Sentía el corazón pesado pero firme. Una parte de ella tenía miedo, claro. Pero otra… otra sentía que algo había estado esperándola allá desde hace mucho tiempo.
—¿Y la abuela Marina? —preguntó Megan—. ¿Le han avisado?
—No —respondió Edgar—. Pero llamaremos hoy. Aunque si la conozco bien, seguro ya lo sintió.
—Ella no usa celular —dijo Azul con una risa suave—. Tiene ese viejo teléfono de disco, y si no contestas al primer timbrazo, cuelga.
—Tendrás que sorprenderla —dijo Marvin, guiñándole el ojo a Angie—. Llévale vino. O pan dulce. O ambos.
Angie sonrió.
—Le llevaré lo que encuentre en el camino.
Cuando la noche cayó sobre la ciudad, la decisión estaba tomada. En dos días, Angie partiría hacia el interior del país, a reencontrarse con un lugar que apenas recordaba y una bisabuela que la había estado esperando.
Mientras todos subían a sus autos para irse, Patricia —la vecina que se colaba en cada reunión— se detuvo en la puerta y miró a Angie.
—No vuelvas Capítulo 1: La reunión
(Parte 2)
El resto de la tarde pasó entre recuerdos y papeles. Cada uno hablaba del abuelo José como si aún estuviera en la cocina preparando café. Nadie mencionaba la palabra “muerte”, como si al evitarla pudieran retrasar su peso.
—Papá siempre decía que ese lugar tenía algo… sagrado —murmuró Azul mientras ordenaba una caja de documentos antiguos—. Que la tierra allá no solo daba uvas, daba calma.
—Y sombra —añadió Juancarlos con una sonrisa apagada—. En La Soledad no había calor que te derritiera. Era como si el aire también descansara allá.
Lesly encontró entre los papeles una vieja libreta con letras firmes y apretadas.
—¿Esto es…? —comenzó a decir, pero no necesitó terminar la frase.
Angie tomó la libreta con cuidado. Era el diario de su abuelo. En la primera página, con tinta azul y letra clara, decía:
"El día que muera, que no lloren por mí. Vayan a La Soledad. Allá sabrán por qué valió la pena cada año de mi vida."
Un silencio reverente llenó la sala.
—Definitivamente vas tú —dijo Dayana, mirándola con firmeza—. Nadie más entendería eso como tú, Angie.
Angie asintió sin hablar. Sentía el corazón pesado pero firme. Una parte de ella tenía miedo, claro. Pero otra… otra sentía que algo había estado esperándola allá desde hace mucho tiempo.
—¿Y la abuela Marina? —preguntó Megan—. ¿Le han avisado?
—No —respondió Edgar—. Pero llamaremos hoy. Aunque si la conozco bien, seguro ya lo sintió.
—Ella no usa celular —dijo Azul con una risa suave—. Tiene ese viejo teléfono de disco, y si no contestas al primer timbrazo, cuelga.
—Tendrás que sorprenderla —dijo Marvin, guiñándole el ojo a Angie—. Llévale vino. O pan dulce. O ambos.
Angie sonrió.
—Le llevaré lo que encuentre en el camino.
Cuando la noche cayó sobre la ciudad, la decisión estaba tomada. En dos días, Angie partiría hacia el interior del país, a reencontrarse con un lugar que apenas recordaba y una bisabuela que la había estado esperando.
Mientras todos subían a sus autos para irse, Patricia —la vecina que se colaba en cada reunión— se detuvo en la puerta y miró a Angie.
—No vuelvas rápido —le dijo con un brillo extraño en los ojos—. Las raíces no crecen en las prisas.
Y luego se fue.
rápido —le dijo con un brillo extraño en los ojos—. Las raíces no crecen en las prisas.
Y luego se fue.