📖 RAÍCES DE FUEGO capitulo 2

588 Words
Capítulo 2: El viaje a La Soledad El amanecer llegó con un cielo de un gris tranquilo. Angie Kovac preparó su mochila con lo esencial: ropa cómoda, el diario del abuelo, una cámara y una caja de pan dulce para la bisabuela Marina. Su madre la despidió en la entrada del edificio con un abrazo largo y silencioso. —Escucha más de lo que hablas allá —le dijo Azul—. Esa finca no solo guarda tierra… guarda tiempo. Angie asintió, sin saber exactamente qué quería decir eso, pero sintiendo que sí, que algo en el aire le iba a hablar cuando llegara. --- El autobús partió con lentitud, alejándose del concreto, de los edificios, del tráfico y de todo lo que había sido su rutina. A medida que avanzaba por la carretera, el paisaje cambiaba. Primero casas pequeñas, luego parcelas, después solo campos abiertos y montañas onduladas que parecían flotar en la bruma. El corazón de Angie latía con una mezcla de ansiedad y nostalgia. Recordó el verano del '99, cuando tenía apenas cinco años, y su abuelo la llevó a La Soledad por primera y única vez. Recordaba el olor a uvas maduras, la risa de una mujer muy vieja que le trenzaba el cabello —su bisabuela Marina—, y un niño de cabello claro que le enseñó a distinguir una vid joven de una vieja. No recordaba su nombre, pero sí sus ojos: verdes, intensos, como musgo mojado. ¿Sería Elija Clark? Lo dudaba. Ya no recordaba mucho del pueblo ni de su gente. --- El autobús llegó a la última parada a media tarde. Desde ahí, debía tomar una camioneta local hasta el caserío donde se encontraba la finca. El calor era suave, pero constante. El aire olía a pasto, tierra mojada y madera vieja. —¿Va para la finca de los Kovac? —preguntó un hombre de sombrero ancho al verla con la mochila. —Sí —respondió Angie, algo sorprendida. —Entonces súbase. El camino es largo, pero bonito. Se sentó en la parte trasera de la camioneta, mientras avanzaban por un sendero de tierra flanqueado por álamos. A lo lejos, vio colinas cubiertas de viñedos y pensó: ¿Cómo algo tan olvidado puede seguir tan vivo? --- Cuando la camioneta se detuvo frente a una verja de hierro antigua, Angie bajó lentamente. La madera crujió bajo sus pies. El letrero oxidado decía: FINCA LA SOLEDAD – Fundada en 1923. El portón estaba abierto. Caminó por un sendero rodeado de uvas maduras, con hojas verdes y gruesas que colgaban como cortinas de bienvenida. El aroma dulce y terroso de la vid la envolvió de inmediato. Y entonces la vio. De pie, al final del camino, con el cabello blanco recogido en un moño y un bastón de madera oscura, estaba Marina Kovac, su bisabuela. Vestía un vestido color crema y la esperaba como si supiera exactamente la hora en que llegaría. —Tardaste más de lo que pensé —dijo Marina, sin dejar de sonreír. Angie sintió que las lágrimas le picaban los ojos. —Hola, abuela. —No me llames abuela. Soy Marina. Aquí todas las cosas tienen su nombre. Y el tuyo, niña, ha sonado mucho en esta tierra últimamente. Angie no supo qué contestar. Solo caminó hacia ella y la abrazó con una fuerza que no supo que tenía. —Bienvenida a casa —susurró Marina al oído. Y en ese momento, sin saberlo aún, Angie Kovac comenzó el viaje que le cambiaría la vida.
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