(Parte 2)
Las primeras luces del amanecer pintaban de dorado los campos cuando los Kovac salieron de la casa principal con canastos vacíos y sombreros en la cabeza. Era el día de la primera vendimia de la temporada, y todo el pueblo estaba convocado.
Angie se ajustó el pañuelo al cuello y miró hacia los viñedos. Las uvas colgaban pesadas, maduras, con un tono violeta profundo que parecía capturar el sol. El aire olía a tierra y a historia.
Elija apareció a su lado con dos canastos.
—¿Lista para ganarte unas ampollas?
—¿Tú crees que puedo sobrevivirlo sin quejarme?
—No, pero igual te vas a ver linda haciéndolo —respondió él con una sonrisa torcida.
Angie fingió molestia, pero no pudo evitar sonrojarse. Tomó el canasto y se internó entre los surcos, sintiendo que algo dentro de ella también se estaba cosechando.
A lo largo del día, risas, música de acordeón, niños corriendo entre las hileras y canciones antiguas de la familia llenaron el aire. La comunidad se había reunido como si fuera una gran fiesta: Patricia organizaba la comida; Lesly se encargaba de repartir botellas de vino tinto casero; incluso Megan apareció con su novio y ayudó en la recolección.
Cuando el sol estaba en su punto más alto, Elija se acercó a Angie con dos copas.
—No es el vino nuevo aún, pero este es del último año de tu abuelo. Fue su cosecha final —dijo, entregándole una copa—. Brindo por él. Y por lo nuevo que comienza.
—Por las raíces —dijo ella, tocando su copa con la de él.
Se sentaron bajo una parra vieja, a la sombra. Sus rodillas se rozaban apenas, pero el contacto era suficiente para hacer que Angie no supiera si era el calor o Elija lo que la hacía sentir así.
—Cuando estoy aquí, siento que no necesito demostrarle nada a nadie —susurró ella.
—Porque aquí nadie espera que seas algo más que tú.
—¿Y si me estoy empezando a gustar así?
Elija la miró con una intensidad suave.
—Entonces te estás enamorando de ti misma. Y eso… eso es lo más bonito que he visto.
Un silencio dulce los envolvió. Las copas se vaciaron lento, mientras las canciones de la vendimia llegaban desde el fondo del campo.
Angie sintió una calma extraña, una especie de certeza que no venía de la mente, sino del pecho.
Por primera vez, no tenía miedo del tiempo. Ni del futuro. Solo quería quedarse un rato más ahí, entre las uvas, el vino y la posibilidad de algo que crecía en silencio.