📖 RAÍCES DE FUEGO Capítulo 8: La llegada de Azul

390 Words
(Parte 1) El cielo estaba gris esa tarde, como si supiera que algo importante iba a suceder. El sonido de las ruedas sobre la tierra húmeda anunció la llegada. Un auto elegante, n***o, de ciudad, avanzó despacio por el camino de tierra hasta detenerse frente a la casa principal de la finca Kovac. Azul bajó del vehículo con paso firme, aunque por dentro se sentía como una niña frente a una casa desconocida. Llevaba un pañuelo atado al cuello, gafas oscuras y una pulsera que había sido regalo de Angie en sus quince años. La primera en verla fue Marina Kovac, la bisabuela, que salió al porche con una taza de té en la mano. —Mirá quién decidió dejar el concreto —dijo con una media sonrisa—. Azulita... creí que ya no recordabas este lugar. —Tampoco recordaba que olía tan bien —respondió Azul, quitándose los lentes—. Hola, abuela. Se abrazaron. No fue un abrazo largo, pero sí sincero. De esos que huelen a reconciliación. —¿Y Angie? —preguntó Azul, mirando hacia el fondo del campo. —En la vendimia. Con Elija. La mención del nombre hizo que Azul alzara una ceja. —¿Ese Elija? ¿El niño que se trepaba a los árboles con ella? —El mismo. Solo que ya no trepa árboles… ahora cultiva tierra y corazones. Azul no dijo nada, pero sus pasos la llevaron lentamente hacia el viñedo. A medida que avanzaba, los sonidos se intensificaban: risas, canciones, pasos sobre la tierra, y la voz de su hija. Una voz diferente. Más clara. Más firme. La vio entre las hileras de uvas, con el rostro sonrojado, los rizos sueltos, las manos manchadas de jugo violeta. Sonreía. Con una libertad que Azul no recordaba haberle visto en la ciudad. Y junto a ella… él. Elija Clark. Más alto, más hombre. Con una mirada que se detenía demasiado tiempo en Angie. Y con una sonrisa que no dejaba espacio para dudas. Azul se quedó inmóvil, sintiendo una mezcla rara de nostalgia, celos, orgullo y temor. —¿Qué estás haciendo, hija? —susurró para sí misma—. ¿Te estás quedando? Una mano suave se apoyó en su hombro. Era Marina. —No es que ella se quede, Azul. Es que acá... la vida la encontró primero.
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