Capítulo 5: Luciérnagas entre las parras
La invitación llegó de forma sencilla, como todo en el campo: un papelito escrito a mano que una vecina dejó en la entrada, con una ramita de lavanda atada con hilo rústico.
"Reunión esta noche, en la colina de los almendros. Lleven algo para compartir. Y buen ánimo."
—¿Siempre hacen esto? —preguntó Angie mientras Marina seleccionaba unas botellas de vino.
—No hay agenda. Solo ganas de verse las caras y reír un rato. Aquí nadie necesita pretexto para celebrar la vida —respondió la abuela—. ¿Vas a ir?
Angie asintió. Ya no era la visitante. Quería ver con sus propios ojos lo que tanto le contaba Elija.
Cuando llegó a la colina, el cielo ya comenzaba a oscurecer. Luces cálidas colgaban entre árboles, y mesas de madera improvisadas se alineaban con manteles tejidos y canastas de pan, frutas, pasteles y vino.
Los niños corrían con faroles hechos de latas recicladas. Las luciérnagas, como si entendieran la ocasión, se multiplicaban entre las parras.
Angie nunca había visto algo así. No era una fiesta. Era un suspiro compartido entre vecinos.
Elija apareció con una camisa azul claro arremangada, con tierra aún en las botas y una sonrisa tranquila en el rostro.
—Llegaste justo a tiempo para la música —dijo, entregándole una copa de vino.
—¿Hay músicos?
—Claro. Todos aquí tocan algo. O al menos lo intentan.
Un señor mayor afinaba un acordeón. Una joven comenzaba a rasguear una guitarra. Otros hacían palmas o tarareaban. El ritmo era libre. Nada ensayado. Todo sentido.
Una mujer comenzó a cantar una melodía antigua, de esas que no están en Spotify ni en discos. Solo viven en la memoria oral.
Angie se dejó llevar. Bailó. Se rió. Probó un pastel de maíz caliente. Compartió vino con una pareja que la trató como si la conocieran de siempre. Todo era tan distinto a la vida cronometrada de la ciudad que sentía estar en otro planeta.
Elija la observaba desde una distancia prudente, sin invadirla, pero cuidando que no le faltara nada.
En un momento, mientras todos bailaban bajo las luces, él se acercó y le extendió la mano.
—¿Me concede esta danza, señorita Kovac?
Angie sonrió, fingiendo sorpresa.
—¿Sabes bailar?
—Solo si nadie mira.
Comenzaron a girar bajo la música lenta, los pies rozando el polvo suave, y las luciérnagas revoloteando como pequeños faroles encantados.
—Te ves feliz —dijo él.
—Lo estoy. Y eso me asusta.
—¿Por qué?
—Porque cuando algo te hace tan feliz… duele pensar que es temporal.
Elija la miró a los ojos, más serio esta vez.
—No todo lo bueno se va. A veces… simplemente estabas en el lugar equivocado antes.
La música se detuvo. Un aplauso general envolvió el momento, pero ellos siguieron tomados de las manos, como si el tiempo no quisiera moverse.
—¿Qué estamos haciendo, Elija? —preguntó Angie en voz baja.
Él no respondió de inmediato. Solo la miró, con una mezcla de ternura y cuidado.
—Plantando raíces. Aunque aún no lo sepas.
Angie no dijo nada más. Solo bajó la mirada y apoyó su cabeza en su hombro, mientras las luciérnagas giraban alrededor como si sellaran el inicio de algo que ninguno de los dos se atrevía todavía a nombrar.