(Parte 2)
Esa noche, Marina se acostó temprano. El silencio de la finca era distinto al de la ciudad. Allá el silencio dolía. Aquí, envolvía.
Angie no podía dormir. Bajó con una linterna en mano, descalza, envuelta en un suéter viejo de su abuelo que encontró en el armario. El olor a tierra mojada y madera antigua la atrajo como un imán hasta la bodega.
Empujó la puerta con cuidado. Un leve crujido la hizo contener la respiración.
Dentro, el aire estaba frío y espeso. Como si las historias aún suspendidas entre las barricas pudieran despertarse si se hablaba en voz alta.
Se sentó frente a la barrica del símbolo. La tocó.
—¿Qué tanto esperas que yo haga aquí, abuelo? —susurró—. Nunca pensé que algo tan viejo pudiera sentirse tan mío.
—Quizá no es viejo. Quizá solo te estaba esperando —dijo una voz desde la sombra.
Angie se sobresaltó. El haz de luz de su linterna reveló a Elija, sentado un par de metros más allá, apoyado contra la pared de piedra.
—¿Estabas ahí?
—No quería asustarte. Solo vine a dejar unas herramientas. Pero te vi… y me pareció que era mejor no interrumpir.
Ella sonrió con timidez y se sentó junto a él.
—¿Siempre has sido así de silencioso?
—No. Solo cuando algo es importante. Y tú... estás aquí por algo más que una herencia. ¿No?
Angie respiró hondo.
—No sé. Al principio era solo eso. Pero ahora siento que la finca me está contando cosas que ni siquiera sé cómo entender.
—No tienes que entenderlas. Solo vivirlas.
Hubo un largo silencio. Uno cómodo.
—¿Y tú? —preguntó ella—. ¿Por qué no te fuiste a la ciudad como todos?
—Me fui. Por cuatro años. Estudié agronomía. Me ofrecieron trabajo en Mendoza y en California. Pero… ninguno de esos lugares sabía mi nombre como esta tierra.
—¿Y nunca te arrepentiste?
—Sí —respondió, sin rodeos—. A veces me siento solo. A veces me pregunto si el sacrificio vale. Pero cuando veo los primeros brotes, o huelo el primer jugo de la prensa… sé que sí. Que este lugar me eligió tanto como yo lo elegí a él.
Angie lo miró.
No eran palabras de un romántico. Eran palabras de alguien que realmente amaba lo que hacía. Que entendía lo invisible.
—¿Y si yo decidiera quedarme? —preguntó, otra vez.
Elija no respondió enseguida. Luego, con voz suave, dijo:
—Entonces sería la primera buena cosecha en muchos años.
Ella rió bajito, con esa risa que solo nace cuando alguien te mira como si fueras parte de algo más grande.
Él la miró un momento, luego extendió la mano. En la palma, había una pequeña piedra redonda, lisa, negra.
—La encontré el día en que regresaste. Estaba bajo la parra que tu abuelo más cuidaba. Se la dejo a quien pertenece.
Angie la tomó, sintiendo su peso.
No era solo una piedra. Era una señal.
La noche siguió fluyendo alrededor de ellos, entre murmullos de madera y tierra, entre los ecos del pasado y la semilla del futuro.
Por primera vez en mucho tiempo, Angie no deseó estar en ningún otro lugar.
Y la barrica del símbolo… parecía guardar el secreto con una sonrisa antigua.