CapĂtulo 4: El sĂmbolo en la barrica
A la mañana siguiente, el canto de los grillos aĂşn no se habĂa extinguido cuando Angie despertĂł. Algo en ella la habĂa mantenido inquieta toda la noche: el sĂmbolo en la barrica, las palabras de Elija, los silencios de Marina.
Después del desayuno, se armó de valor.
—Abuela, quiero saber más sobre el sĂmbolo en la barrica vieja. La que tiene la espiral con las hojas de vid —dijo sin rodeos, sentándose junto a ella en el corredor.
Marina la mirĂł largo rato, como midiendo si Angie estaba lista para escuchar o si solo era curiosidad pasajera.
—Eso no es solo un adorno. Es la marca de la primera cosecha bendecida —dijo por fin.
—¿Bendecida por quién?
—Por nosotros. Por los que cuidamos esta tierra con las manos. Esa espiral representa el ciclo de la vida y la uva. Las hojas, nuestras raĂces. Tu bisabuelo la dibujĂł la noche en que tu madre naciĂł. Lo llamaba "el pacto con la tierra".
Angie frunció el ceño.
—¿Pacto?
—Cuando haces vino, haces un trato con el tiempo —continuó Marina—. Le entregas algo que no volverás a ver igual. La uva cambia. Se transforma. Igual que uno.
Marina se levantĂł despacio y desapareciĂł un momento. VolviĂł con una caja de madera antigua. La puso sobre la mesa entre ellas. Angie la abriĂł con cuidado.
Dentro habĂa documentos amarillentos, fotos dobladas, etiquetas de vino escritas a mano… y una pequeña libreta de tapas negras. En la primera página, reconociĂł la letra del abuelo:
"Solo quien ama la tierra con paciencia puede entenderla. Elija es uno de ellos. Angie también lo será. Lo sé."
El corazĂłn de Angie latiĂł con fuerza.
—¿Él… pensaba eso de m�
—Siempre lo dijo. Que algĂşn dĂa volverĂas. Que no eras como los demás Kovac que prefieren el ruido del cemento.
Angie guardĂł silencio. Luego tomĂł una de las fotos. Era de su madre, muy joven, abrazando a su abuelo frente a la misma barrica con el sĂmbolo. Ambos reĂan, cubiertos de manchas de uva.
—Este sĂmbolo... —dijo Angie, señalando la espiral—. ÂżLo usaban como emblema?
—SĂ. Pero solo lo ponĂamos en los vinos que se hacĂan con cosechas extraordinarias. Vino de raĂz, lo llamábamos. No se vendĂa. Solo se compartĂa en las fiestas de la cosecha.
—¿Y aún lo hacen?
—No desde que JosĂ© se fue. Sin Ă©l, el sĂmbolo duerme.
Angie cerrĂł la caja con cuidado. Algo dentro de ella se movĂa como una semilla reciĂ©n plantada.
Esa tarde bajĂł sola a la bodega. EncendiĂł la linterna, pasĂł entre las barricas, y se detuvo frente a la del sĂmbolo.
La tocĂł. CerrĂł los ojos.
Por un instante, no fue ella… sino todas las Kovac antes de ella. SintiĂł las manos manchadas de tierra, el peso del sol en los hombros, las risas entre parras, las canciones borrosas en noches de vendimia. La historia dormĂa ahĂ, en esa madera. Y ahora la llamaba.
—¿Lo sientes? —dijo una voz detrás de ella.
Era Elija.
Angie asintiĂł sin voltear.
—No sabĂa que una barrica podĂa guardar tanto.
—No es la barrica —respondió él, acercándose—. Eres tú.
El silencio entre ellos fue suave. Cálido.
—¿QuĂ© harĂas si yo decidiera quedarme? —preguntĂł ella, apenas audible.
—BuscarĂa la mejor uva… y harĂa vino con tu nombre.
Ambos sonrieron. Y por primera vez desde que llegĂł, Angie no sintiĂł que estaba de paso.
SintiĂł que, de algĂşn modo inexplicable, habĂa vuelto a casa.