đź“– RAĂŤCES DE FUEGO CapĂ­tulo 4

612 Words
Capítulo 4: El símbolo en la barrica A la mañana siguiente, el canto de los grillos aún no se había extinguido cuando Angie despertó. Algo en ella la había mantenido inquieta toda la noche: el símbolo en la barrica, las palabras de Elija, los silencios de Marina. Después del desayuno, se armó de valor. —Abuela, quiero saber más sobre el símbolo en la barrica vieja. La que tiene la espiral con las hojas de vid —dijo sin rodeos, sentándose junto a ella en el corredor. Marina la miró largo rato, como midiendo si Angie estaba lista para escuchar o si solo era curiosidad pasajera. —Eso no es solo un adorno. Es la marca de la primera cosecha bendecida —dijo por fin. —¿Bendecida por quién? —Por nosotros. Por los que cuidamos esta tierra con las manos. Esa espiral representa el ciclo de la vida y la uva. Las hojas, nuestras raíces. Tu bisabuelo la dibujó la noche en que tu madre nació. Lo llamaba "el pacto con la tierra". Angie frunció el ceño. —¿Pacto? —Cuando haces vino, haces un trato con el tiempo —continuó Marina—. Le entregas algo que no volverás a ver igual. La uva cambia. Se transforma. Igual que uno. Marina se levantó despacio y desapareció un momento. Volvió con una caja de madera antigua. La puso sobre la mesa entre ellas. Angie la abrió con cuidado. Dentro había documentos amarillentos, fotos dobladas, etiquetas de vino escritas a mano… y una pequeña libreta de tapas negras. En la primera página, reconoció la letra del abuelo: "Solo quien ama la tierra con paciencia puede entenderla. Elija es uno de ellos. Angie también lo será. Lo sé." El corazón de Angie latió con fuerza. —¿Él… pensaba eso de mí? —Siempre lo dijo. Que algún día volverías. Que no eras como los demás Kovac que prefieren el ruido del cemento. Angie guardó silencio. Luego tomó una de las fotos. Era de su madre, muy joven, abrazando a su abuelo frente a la misma barrica con el símbolo. Ambos reían, cubiertos de manchas de uva. —Este símbolo... —dijo Angie, señalando la espiral—. ¿Lo usaban como emblema? —Sí. Pero solo lo poníamos en los vinos que se hacían con cosechas extraordinarias. Vino de raíz, lo llamábamos. No se vendía. Solo se compartía en las fiestas de la cosecha. —¿Y aún lo hacen? —No desde que José se fue. Sin él, el símbolo duerme. Angie cerró la caja con cuidado. Algo dentro de ella se movía como una semilla recién plantada. Esa tarde bajó sola a la bodega. Encendió la linterna, pasó entre las barricas, y se detuvo frente a la del símbolo. La tocó. Cerró los ojos. Por un instante, no fue ella… sino todas las Kovac antes de ella. Sintió las manos manchadas de tierra, el peso del sol en los hombros, las risas entre parras, las canciones borrosas en noches de vendimia. La historia dormía ahí, en esa madera. Y ahora la llamaba. —¿Lo sientes? —dijo una voz detrás de ella. Era Elija. Angie asintió sin voltear. —No sabía que una barrica podía guardar tanto. —No es la barrica —respondió él, acercándose—. Eres tú. El silencio entre ellos fue suave. Cálido. —¿Qué harías si yo decidiera quedarme? —preguntó ella, apenas audible. —Buscaría la mejor uva… y haría vino con tu nombre. Ambos sonrieron. Y por primera vez desde que llegó, Angie no sintió que estaba de paso. Sintió que, de algún modo inexplicable, había vuelto a casa.
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