(Parte 2)
Elija la llevó por un camino de tierra bordeado de árboles de guayaba. El sol ya estaba alto, y las sombras proyectaban formas irregulares sobre el suelo. Angie caminaba a su lado, sintiendo cómo el aire del campo despejaba algo en su pecho que había estado apretado desde hacía meses.
—¿Recuerdas cuando intentamos hacer vino con uvas robadas de tu abuela? —preguntó Elija con una sonrisa torcida.
—¡Claro! Nos metimos en el gallinero creyendo que ahí se fermentarían más rápido… —rió Angie.
—Y explotaron los frascos… Nunca volví a ver a una gallina tan traumada.
Ambos rieron. El sonido era libre, sin pretensiones, como si el campo limpiara el ruido de la ciudad que aún vibraba en el pecho de Angie.
Llegaron a una pequeña bodega, enterrada en la ladera de una colina. Elija sacó una llave oxidada de su bolsillo y abrió la pesada puerta de madera. Un olor a vino viejo, madera húmeda y tierra los envolvió de inmediato.
—Aquí guardamos las barricas más antiguas. Algunas tienen más de cincuenta años. —Elija encendió una linterna y bajaron por unos escalones de piedra.
Angie miró a su alrededor: barricas alineadas como soldados dormidos, botellas cubiertas de polvo, etiquetas con fechas escritas a mano. Todo estaba impregnado de historia. De espera. De paciencia.
—¿Quién cuida todo esto? —preguntó ella.
—Yo, Marina… y el silencio.
Pasaron junto a una barrica en particular, más oscura que las demás. Angie se detuvo. Tenía tallado un símbolo: una espiral rodeada de hojas de vid.
—¿Esto qué es? —preguntó, rozando la madera con la yema de los dedos.
—Esa es la primera barrica que tu abuelo llenó con su propio vino. Dicen que no quiso vender ni una sola botella de esa cosecha.
—¿Por qué?
—Porque fue el año en que nació tu madre. Dijo que quería guardar el sabor de ese año para siempre.
Angie se quedó en silencio. Tocó la barrica con cuidado, como si con eso pudiera tocar también al abuelo.
—Nunca imaginé que había tanto de mi familia aquí —murmuró.
—Hay más de lo que imaginas —dijo Elija, bajando la voz.
Salieron de la bodega cuando el sol ya comenzaba a inclinarse. En el cielo, los colores del atardecer empezaban a derramarse como vino sobre las nubes.
—¿Quieres quedarte a ver cómo baja el sol desde la colina? —preguntó Elija, y por primera vez su voz sonó más personal, menos neutral.
—Claro. —respondió Angie—. No tengo prisa.
Se sentaron sobre la tierra, entre hileras de parras silvestres, mientras los rayos anaranjados acariciaban la piel. El viento soplaba suave, como una respiración antigua que conocía cada rincón.
Elija arrancó una hoja de vid y se la entregó a Angie.
—Dicen que si una forastera puede hacerla sonar como un silbido… la tierra la acepta.
Angie la miró, entre divertida y escéptica. Intentó soplarla. Solo hizo un ruido torpe. Volvió a intentar. Nada.
Elija sonrió, sin burlarse.
—Toma tiempo.
—¿Como todo aquí?
—Como todo lo que vale la pena.
Y sin darse cuenta, quedaron en silencio, viendo cómo el sol desaparecía detrás de los cerros. No había promesas. No había prisa. Solo un momento suspendido entre lo que fueron… y lo que podrían llegar a ser.