đź“– RAĂŤCES DE FUEGO CapĂ­tulo 3

656 Words
Capítulo 3: Ecos del viñedo El canto de los gallos y el aroma de pan horneado despertaron a Angie antes del amanecer. No recordaba la última vez que se había levantado sin prisa, sin el zumbido del celular o el tráfico de la ciudad como fondo. Abrió la ventana y lo primero que vio fue la niebla posándose sobre los viñedos como un velo blanco. La finca parecía flotar entre colinas, con hileras de parras que serpenteaban por la tierra. Algunas estaban en flor, otras ya daban racimos morados y brillantes. La paz del paisaje era tan sólida que casi podía tocarla. Bajó con una camisa prestada, el cabello recogido en una trenza suelta, y encontró a Marina en el corredor principal, bebiendo café en una taza de cerámica agrietada. —¿Dormiste? —preguntó sin volverse. —Como si la tierra me hubiera arropado —respondió Angie, sentándose a su lado. —Es lo que hace con los suyos. Después del desayuno —queso fresco, pan y fruta—, salieron juntas por la parte trasera de la casa. Los primeros rayos del sol tocaban las hojas como fuego líquido. —¿Ves esa línea? —dijo Marina, señalando una hendidura en el terreno—. Por ahí pasa el agua. José y yo plantamos las primeras parras ahí, cuando él tenía diez años. Angie caminó lentamente, tocando las hojas, observando el grosor de los troncos y el orden natural de cada hilera. El aire tenía olor a tierra húmeda, madera vieja y mosto. —¿Cómo sabían dónde plantar? —preguntó. —La tierra te dice. Solo hay que escucharle los latidos. Entonces, una voz masculina interrumpió su pensamiento. —Hay que podar las de la hilera cinco. Ya están dando señales de estrés. Angie volteó. Un hombre joven, de unos treinta, con camisa beige arremangada, pantalón de mezclilla desgastado y una gorra en la mano, se acercaba desde la colina. Su cabello castaño claro brillaba al sol, y sus ojos… eran verdes. Intensos. Reconocibles. Como si el tiempo no hubiera pasado. Elija Clark. Angie se quedó inmóvil. Él también pareció dudar un segundo. —¿Eres tú… la niña de las trenzas y las botas de colores? —preguntó con una media sonrisa. —¿Y tú eres el que hablaba con las uvas? Marina soltó una carcajada y se alejó discretamente. —Les dejo el viñedo. Yo tengo que revisar las trampas de zorro. Y no quiero testigos si resbalo. Angie y Elija quedaron solos. —Pensé que no te acordarías de mí —dijo él, mientras caminaban entre las hileras. —Solo olvidé tu nombre. No tus ojos. Él bajó la mirada, modestamente. —¿Te vas a quedar? —preguntó. —No lo sé. Vine por la familia. Por mi abuelo. —Don José era un grande. Amaba esta tierra como se ama a una hija. Elija hablaba con suavidad, pero con convicción. Tocaba las plantas como si fueran seres vivos. Le mostró cómo reconocer si una parra estaba sedienta o si era hora de cosechar un racimo. —Cada uva tiene su momento. Si te adelantas, amargas el vino. Si esperas de más… lo vuelves pasado. Angie lo observaba. Algo en él la tranquilizaba y, a la vez, la revolvía por dentro. Era como si esa tierra le hablara a través de él. —¿Y tú? —le preguntó ella—. ¿Te quedaste siempre? —Me fui un tiempo. Pero volví. Uno siempre vuelve a donde dejó lo que más dolía… o lo que más amaba. Una brisa ligera movió las hojas, y por un instante, el sonido fue como un susurro. Angie cerró los ojos. Sintió que algo en su pecho se abría, como una g****a por donde se colaba el sol. —¿Qué escuchas? —preguntó Elija. —El eco del viñedo —respondió ella. Él asintió. —Entonces sí eres una Kovac.
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