CapĂtulo 3: Ecos del viñedo
El canto de los gallos y el aroma de pan horneado despertaron a Angie antes del amanecer. No recordaba la Ăşltima vez que se habĂa levantado sin prisa, sin el zumbido del celular o el tráfico de la ciudad como fondo. AbriĂł la ventana y lo primero que vio fue la niebla posándose sobre los viñedos como un velo blanco.
La finca parecĂa flotar entre colinas, con hileras de parras que serpenteaban por la tierra. Algunas estaban en flor, otras ya daban racimos morados y brillantes. La paz del paisaje era tan sĂłlida que casi podĂa tocarla.
Bajó con una camisa prestada, el cabello recogido en una trenza suelta, y encontró a Marina en el corredor principal, bebiendo café en una taza de cerámica agrietada.
—¿Dormiste? —preguntó sin volverse.
—Como si la tierra me hubiera arropado —respondió Angie, sentándose a su lado.
—Es lo que hace con los suyos.
DespuĂ©s del desayuno —queso fresco, pan y fruta—, salieron juntas por la parte trasera de la casa. Los primeros rayos del sol tocaban las hojas como fuego lĂquido.
—¿Ves esa lĂnea? —dijo Marina, señalando una hendidura en el terreno—. Por ahĂ pasa el agua. JosĂ© y yo plantamos las primeras parras ahĂ, cuando Ă©l tenĂa diez años.
Angie caminĂł lentamente, tocando las hojas, observando el grosor de los troncos y el orden natural de cada hilera. El aire tenĂa olor a tierra hĂşmeda, madera vieja y mosto.
—¿CĂłmo sabĂan dĂłnde plantar? —preguntĂł.
—La tierra te dice. Solo hay que escucharle los latidos.
Entonces, una voz masculina interrumpiĂł su pensamiento.
—Hay que podar las de la hilera cinco. Ya están dando señales de estrés.
Angie volteĂł.
Un hombre joven, de unos treinta, con camisa beige arremangada, pantalón de mezclilla desgastado y una gorra en la mano, se acercaba desde la colina. Su cabello castaño claro brillaba al sol, y sus ojos… eran verdes. Intensos. Reconocibles. Como si el tiempo no hubiera pasado.
Elija Clark.
Angie se quedĂł inmĂłvil.
Él también pareció dudar un segundo.
—¿Eres tú… la niña de las trenzas y las botas de colores? —preguntó con una media sonrisa.
—¿Y tú eres el que hablaba con las uvas?
Marina soltĂł una carcajada y se alejĂł discretamente.
—Les dejo el viñedo. Yo tengo que revisar las trampas de zorro. Y no quiero testigos si resbalo.
Angie y Elija quedaron solos.
—PensĂ© que no te acordarĂas de mà —dijo Ă©l, mientras caminaban entre las hileras.
—Solo olvidé tu nombre. No tus ojos.
Él bajó la mirada, modestamente.
—¿Te vas a quedar? —preguntó.
—No lo sé. Vine por la familia. Por mi abuelo.
—Don José era un grande. Amaba esta tierra como se ama a una hija.
Elija hablaba con suavidad, pero con convicciĂłn. Tocaba las plantas como si fueran seres vivos. Le mostrĂł cĂłmo reconocer si una parra estaba sedienta o si era hora de cosechar un racimo.
—Cada uva tiene su momento. Si te adelantas, amargas el vino. Si esperas de más… lo vuelves pasado.
Angie lo observaba. Algo en Ă©l la tranquilizaba y, a la vez, la revolvĂa por dentro. Era como si esa tierra le hablara a travĂ©s de Ă©l.
—¿Y tú? —le preguntó ella—. ¿Te quedaste siempre?
—Me fui un tiempo. Pero volvĂ. Uno siempre vuelve a donde dejĂł lo que más dolĂa… o lo que más amaba.
Una brisa ligera moviĂł las hojas, y por un instante, el sonido fue como un susurro. Angie cerrĂł los ojos. SintiĂł que algo en su pecho se abrĂa, como una g****a por donde se colaba el sol.
—¿Qué escuchas? —preguntó Elija.
—El eco del viñedo —respondió ella.
Él asintió.
—Entonces sà eres una Kovac.