Alejandro Cross Me tomó exactamente tres segundos sentir que el aire dentro del jet era distinto. Pesado. Cargado. Como si alguien hubiera encendido una bomba silenciosa y esperara a ver cuándo explota. Ivy estaba sentada, las piernas cruzadas, el mentón levemente alzado. Parecía una maldita estatua griega, fría, preciosa, inquebrantable. Sus ojos me siguieron cuando subí, como dos cuchillas que me desnudaban sin piedad. Me detuve frente a ella. Ni un solo movimiento. Ni una palabra. Entonces, habló. Su voz era un látigo, suave y certero. —¿Qué cuenta…? ¿Sienna? La frase me explotó en el cráneo. Me quedé quieto. Una carcajada seca se me subió a la garganta, pero no salió. Solo un pequeño temblor en la comisura de mis labios. Así que sabía. ¿Quién se lo había dicho? ¿Los

