Capítulo 21: Ecos de una verdad

1121 Words
El día siguiente amaneció con un cielo gris, cargado de nubes, como si el clima acompañara el torbellino de emociones que Anto sentía en su pecho. Esa mañana se levantó antes que nadie en su casa, como si la ansiedad le hubiera robado el sueño. Se sentía inquieta, atrapada en un vaivén de pensamientos que no la dejaban en paz. Apenas salió de su habitación, encontró a Celeste preparando el desayuno. Su madre la saludó con una sonrisa, pero Anto solo pudo responder con un murmullo. Tenía demasiado en la cabeza para prestar atención a los detalles cotidianos. Cuando llegó a la escuela, sus amigos estaban ya reunidos en su banco habitual del patio. Martina, con sus trenzas deshechas, la saludó con una sonrisa cansada. -¡Buen día, Anto! -le dijo, dándole un codazo amistoso-. ¿Todo bien? -Más o menos -admitió Antonella, sentándose a su lado. La conversación se mezcló con las risas de los demás. Ernesto contaba un chiste, Demian escuchaba con atención, y Matías y Simón se peleaban por un paquete de galletitas. Pero Anto no participaba; su mente estaba lejos. Martina lo notó de inmediato. -¿Estás pensando en Sebastián? -preguntó en voz baja. Anto asintió con un suspiro. -No puedo sacarlo de mi cabeza -dijo-. Pero no puedo seguir así. Me estoy volviendo loca. Martina la miró con complicidad y preocupación. -¿Querés que lo hablemos? ¿Que lo pensemos juntas? -No -negó Anto-. Necesito resolverlo yo sola. Mientras la campana sonaba anunciando el inicio de las clases, Anto tomó aire y se obligó a concentrarse. Pero no podía evitarlo. Cada vez que cerraba los ojos, veía a Sebastián mirándola con esos ojos oscuros y esa sonrisa tan segura. Cada vez que respiraba hondo, recordaba el calor de su cuerpo, el roce de sus labios. ¿Por qué tenía que ser tan complicado? La mañana pasó en un suspiro, pero a la vez parecía interminable. En cada clase, las palabras del profesor le sonaban huecas, y las miradas que Sebastián le lanzaba desde el otro lado del aula la mantenían alerta y temblorosa. En el recreo, lo encontró solo, apoyado en una columna mientras sus amigos estaban distraídos. Sus ojos la buscaron enseguida, como si hubieran estado esperando verla. -Anto -dijo, con una sonrisa ladeada-. ¿Podemos hablar? Ella respiró hondo. No sabía si estaba lista, pero no quería seguir huyendo. -Está bien -murmuró. Lo siguió hasta un rincón del patio donde no había nadie. Él se giró para mirarla, cruzando los brazos. -¿Qué te pasa? -preguntó, con un tono suave pero firme-. Estás diferente. -Estoy cansada, Sebastián -dijo ella, con la voz apenas temblorosa-. Cansada de esta confusión, de este juego que no sé si vos también estás jugando. Él arqueó una ceja. -¿Juego? -repitió-. ¿Creés que esto es un juego para mí? -No lo sé -admitió ella-. No sé qué querés de mí. Sebastián se acercó, sus ojos brillando con esa intensidad que tanto la desarmaba. -Quiero lo que vos sentís -dijo-. Quiero lo que vos me das cuando dejás de tener miedo. -No puedo -susurró ella-. No puedo confiar en vos. No después de todo lo que pasó. Él suspiró y acercó una mano a su mejilla, pero ella dio un paso atrás. -No -dijo ella con firmeza-. Basta. Por un momento, los dos se miraron en silencio, como si el mundo entero se hubiera detenido a su alrededor. Sebastián bajó la mano, pero no apartó la mirada. -¿Estás segura de que querés que pare? -preguntó con un tono cargado de deseo contenido. Ella tragó saliva, luchando contra las ganas de decir que no, de admitir lo que sentía. -Sí -dijo finalmente-. Quiero que pares. Al menos... hasta que yo pueda entenderme. Él asintió, sin dejar de mirarla a los ojos. -Está bien, Anto -dijo, con un tono que no sabía si la calmaba o la inquietaba más-. Pero sabés que esto no va a desaparecer solo porque lo niegues. Ella no dijo nada más. Dio media vuelta y se alejó, temblando de la cabeza a los pies. Cuando volvió con sus amigos, todos la miraron, notando el leve rubor de sus mejillas. -¿Estás bien? -preguntó Simón. -Sí -respondió ella con una sonrisa forzada-. Solo necesitaba... aclarar algunas cosas. Las clases continuaron y, aunque intentó concentrarse, la tensión seguía ahí. Sentía la mirada de Sebastián incluso cuando él no estaba cerca. Era como si la energía entre ellos se hubiera vuelto algo real, tangible. Algo que no podía ignorar aunque quisiera. Esa tarde, cuando volvió a su casa, encontró a Gonzalo y Mauricio esperándola. Estaban sentados en la mesa de la cocina, charlando con su madre y su hermano Martín. Cuando ella entró, se levantaron enseguida. -Anto, ¿podemos hablar un momento? -preguntó Gonzalo. -Claro -dijo ella, siguiéndolos hasta el patio. El aire estaba fresco y el cielo nublado parecía reflejar su estado de ánimo. Gonzalo se pasó una mano por el pelo, incómodo. -Mirá... -empezó, sin mirarla a los ojos-. Sabemos que algo está pasando entre vos y Sebastián. Antonella se tensó. Mauricio la miró con preocupación. -No queremos meternos -dijo él-. Pero te vemos... distinta. Queremos asegurarnos de que no te haga daño. -No me está haciendo daño -dijo ella con un suspiro-. O al menos... no todavía. Gonzalo la miró con seriedad. -Anto, vos siempre fuiste fuerte. Pero eso no significa que tengas que bancarte todo sola. -No estoy sola -dijo ella, con una pequeña sonrisa-. Los tengo a ustedes. -Siempre -afirmó Mauricio, dándole un leve golpe en el brazo como hacía cuando eran chicos. Ella suspiró, agradecida. No estaba lista para contarles todo, pero al menos sentía que no tenía que cargar con todo el peso ella sola. -Gracias -dijo, y los abrazó a ambos. Después de eso, se fue a su habitación. Necesitaba tiempo para pensar, para entender sus propios sentimientos. Se sentó en la cama, respiró hondo y se permitió, por primera vez, llorar. Lloró por el miedo, por la confusión, por el deseo que sentía y no quería sentir. Lloró por las palabras no dichas y las caricias robadas. Cuando terminó, se sintió un poco más liviana. Sabía que no había resuelto nada, pero al menos había dejado salir algo de lo que la estaba consumiendo por dentro. Se recostó y cerró los ojos. Por un momento, permitió que la imagen de Sebastián la invadiera. Su sonrisa, su voz... el calor de sus manos. Y se prometió que, tarde o temprano, iba a tener que enfrentar lo que sentía. Aunque no estuviera lista, aunque le diera miedo. Porque sabía que no podía seguir negándolo. No cuando cada latido de su corazón gritaba su nombre.
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