Capítulo 22: Fronteras Difusas

1145 Words
Antonella se había quedado sola en su habitación cuando Gonzalo y Mauricio la dejaron después de hablarle en la puerta del aula. Habían notado cómo la tensión entre ella y Sebastián se había vuelto un fuego difícil de disimular. Pero para Anto, ese fuego era ahora un incendio que la consumía por dentro. La tarde transcurrió lenta, como si cada minuto fuera un recordatorio de lo que estaba sintiendo. Estaba cansada de sostenerlo todo sola. Cansada de ser la fuerte, la que tenía que tener siempre las respuestas. Había llegado un punto donde lo único que necesitaba era soltar todo. Contarlo, sin miedo a ser juzgada. El timbre del final de clases sonó, y se abrió paso entre la multitud que salía al patio, con el corazón latiéndole rápido y las emociones bullendo como un hervidero. Se encontró con Jazmín y Constanza cerca de la reja, esperándola con sonrisas. Ignacio apareció también, con sus auriculares colgando del cuello y esa calma que tanto la reconfortaba. —¡Anto! —la saludó Ignacio, dándole un suave golpe en el brazo—. ¿Todo bien? Ella respiró hondo. No, no estaba todo bien. Pero por primera vez en mucho tiempo, sintió que no tenía que fingirlo. —¿Podemos ir a tu casa un rato? —le preguntó a Ignacio. Él asintió enseguida. —Claro. Mamá nos dijo que la casa estaba libre por la tarde. Las mellizas se miraron entre sí, como si entendieran que algo importante estaba por salir de la boca de Antonella. Caminaron juntos hacia la casa de Ignacio, en silencio, con Anto hundida en sus pensamientos. Cuando llegaron, las mellizas fueron directo a la cocina a buscar algo de tomar, mientras Ignacio la miraba expectante. Sabía que algo le pasaba, pero no quería presionarla. Solo se sentó frente a ella en el sillón, con esa paciencia que le había heredado su madre. —¿Querés contarnos? —le dijo, cuando ya estuvieron los tres sentados alrededor de la mesa. Anto bajó la vista. Las palabras se le atoraban en la garganta, pero supo que tenía que sacarlas. —No sé por dónde empezar —dijo al fin, con un hilo de voz—. Siento que estoy perdiendo la cabeza. Que estoy dejando que algo que no debería pasar... pase. Las mellizas se acercaron más, apoyando sus manos en la mesa. —Anto, sabés que podés contarnos lo que sea —dijo Constanza, con dulzura. Ella respiró hondo. Los miró a los tres, los ojos grandes de las mellizas llenos de preocupación, la mirada firme de Ignacio. —Es Sebastián —dijo al fin—. Todo esto... es por él. Se hizo un silencio. Ignacio ladeó la cabeza, intrigado. —¿Sebastián? ¿Ese chico que siempre está molestándote? —Sí —asintió ella, casi con culpa—. Pero... no es solo eso. Nos besamos. En la fiesta. Estábamos borrachos, pero pasó. Y desde entonces... no puedo sacármelo de la cabeza. Jazmín abrió mucho los ojos. —¡Anto! ¿Cómo que se besaron? —No sé cómo explicarlo —dijo ella, llevándose las manos a la cabeza—. Me saca de quicio, pero a la vez me hace sentir viva. Es como si estuviera atrapada en un juego que no sé cómo parar. Y me da miedo. Ignacio asintió, apoyando los codos en la mesa. —¿Te hace sentir bien o te hace sentir mal? —preguntó con cuidado. Anto dudó. —Ambas cosas —admitió—. Cuando estoy con él, siento que me consume. Pero cuando no está, lo necesito. Y no quiero... no quiero que esto me destruya. Las mellizas se miraron con complicidad. Constanza tomó la mano de Antonella y la apretó con ternura. —No tenés que sentirte mal por lo que sentís —dijo—. Pero sí tenés que cuidarte. Y poner límites si algo no te hace bien. —Eso intento —dijo ella, con la voz temblorosa—. Pero Sebastián no me deja. Me provoca, me empuja... y yo me enojo conmigo misma porque siento que no tengo fuerza para frenarlo. —¿Te hace daño? —preguntó Ignacio, con el ceño fruncido. Ella negó con la cabeza. —No. No físicamente. Pero es como si jugara conmigo. Como si supiera exactamente dónde tocar para hacerme caer. Y yo... yo siento cosas que no sé si quiero sentir. Se hizo otro silencio. Ignacio suspiró, pensativo. —Anto... siempre fuiste fuerte. No tenés que demostrarle nada a nadie —dijo con suavidad—. Si él te mueve algo, está bien. Pero si te lastima, no lo permitas. No dejes que nadie juegue con vos. Las mellizas asintieron con fuerza. —Y estamos para vos, Anto —dijo Jazmín—. No importa qué pase con Sebastián, no estás sola. Ella sintió un nudo en la garganta. Había guardado tanto, tanto tiempo... que ahora soltarlo la hacía sentir expuesta y a la vez aliviada. Como si por fin pudiera respirar. —Gracias —susurró—. Gracias por no juzgarme. —¿Por qué te juzgaríamos? —preguntó Ignacio, con una sonrisa—. Sos nuestra Anto. Aunque a veces nos des ganas de darte un golpe en la cabeza —bromeó, haciendo que las mellizas rieran. —¡Ignacio! —lo retó Jazmín, entre risas. Antonella sonrió débilmente, sintiendo que el aire se le aflojaba en los pulmones. Se dejó caer contra el respaldo del sillón y cerró los ojos por un momento. Era tan fácil olvidarse de todo cuando estaba con ellos. Cuando eran solo primos, pero también hermanos. Su refugio. —Necesitaba hablarlo —admitió ella—. Siento que me estoy volviendo loca. —No lo estás —dijo Constanza—. Solo estás sintiendo. Y a veces eso nos descoloca. Pero no es malo. Ignacio se levantó, fue a la cocina y volvió con tres vasos de jugo. —Tomá —le dijo a Antonella, tendiéndole uno—. Brindemos por hablar las cosas, aunque nos dé miedo. —Por hablar las cosas —repitió ella, levantando el vaso y chocándolo con el de sus primos. El jugo era dulce y fresco, como la sensación que le quedó en el pecho. Sabía que la historia con Sebastián no había terminado, que las cosas no iban a ser fáciles. Pero al menos ahora tenía a su familia. Tenía un lugar seguro donde volver cuando todo se sintiera demasiado. Se quedaron un rato más hablando, riendo de otras cosas, dejando que la tarde se llenara de pequeñas anécdotas y chismes. Pero en el fondo, Antonella seguía pensando en Sebastián. En lo que pasaría la próxima vez que lo tuviera cerca. En si podría resistirse o si volvería a perderse en ese fuego. Pero por ahora, por ese instante, podía respirar. Y eso era suficiente.
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