El aire de la mañana estaba cargado de un nerviosismo palpable. Antonella salió de su casa con el corazón en un puño, cada paso la acercaba a un día que no estaba segura de cómo sobrellevar. Las palabras de Sebastián resonaban en su cabeza como un eco insistente, cada mirada que compartían era una promesa que no estaba lista para cumplir.
Cuando llegó a la escuela, sus pasos la llevaron directo al aula. No quería pasar por el pasillo donde seguramente él estaría con sus amigos. No quería verle esa sonrisa confiada, ni sentir el calor de su mirada. No hoy. No después de lo que había sentido la noche anterior.
Pero a veces el destino no escucha deseos. Apenas dobló la esquina, Sebastián apareció de entre la multitud. Sus ojos la buscaron de inmediato, como si la hubiera estado esperando. Ella tragó saliva, intentando mantener la calma. Sabía que no podía permitirse un paso en falso. No podía dejar que él viera cuánto la afectaba.
—Buen día, Anto —dijo él, con esa voz grave que parecía envolverla por completo.
—Buen día —respondió, sin mirarlo directamente.
Él la siguió, caminando a su lado sin pedir permiso. Sus amigos estaban un poco más atrás, riendo y empujándose entre ellos, pero Sebastián parecía ajeno a todo eso. Sus ojos solo la seguían a ella.
—¿Dormiste bien? —preguntó con un tono cargado de intención.
—Dormí lo necesario —respondió con frialdad.
Él sonrió, acercándose apenas lo suficiente para que su perfume la envolviera.
—Me alegro. Yo también estuve pensando en vos —susurró.
—No digas eso —murmuró ella, con los labios tensos—. No lo digas si no lo sentís.
—¿Y quién te dijo que no lo siento? —respondió él, inclinando la cabeza para mirarla a los ojos.
Antonella se detuvo, obligándolo a hacer lo mismo. Sus miradas se encontraron, una batalla silenciosa en la que ninguno estaba dispuesto a ceder.
—No quiero que juegues conmigo, Sebastián —dijo con voz firme—. No soy un juego.
Él la miró con una intensidad que le erizó la piel.
—Nunca dije que fueras un juego. Pero también sé que no me vas a negar que sentiste lo mismo que yo —dijo, acercándose aún más.
Ella retrocedió un paso, pero él no la dejó ir. Su mano rozó la suya apenas un segundo y Antonella sintió un cosquilleo que la hizo temblar.
—No sé qué sentí —dijo con un hilo de voz—. Y no quiero pensarlo más.
Él sonrió apenas.
—Entonces no lo pienses. Solo sentilo.
Antes de que pudiera responder, Sebastián se alejó, dejándola con el corazón en la garganta. Antonella respiró hondo, intentando calmarse. No podía permitirse perder el control. No podía.
Cuando llegó al aula, vio a Martina esperándola con una sonrisa preocupada.
—¿Estás bien? —preguntó su amiga.
—Sí —mintió—. No te preocupes.
Pero Martina la conocía demasiado bien. Le tomó la mano y la llevó a un costado.
—Anto, te lo digo como tu amiga: si algo pasa con Sebastián, tenés que decirlo. No te lo guardes. No dejes que te haga daño.
Antonella la miró, con los ojos llenos de dudas.
—No sé qué pasa —admitió al fin—. Me confunde, Marti. No sé qué siente él. Y no sé qué siento yo.
Martina la abrazó.
—Entonces no te presiones. Lo que sea que pase, estoy con vos.
Esa mañana las clases pasaron en un susurro de voces y lápices, pero Antonella apenas podía concentrarse. Cada vez que levantaba la vista, sentía la mirada de Sebastián en ella, aunque él parecía ocupado con sus amigos o con la guitarra que a veces sacaba para tocar en los recreos. Ella lo miraba de reojo, intentando descifrar qué pensaba, pero su expresión siempre era un enigma.
Cuando llegó la hora del almuerzo, Antonella se reunió con sus amigos en el patio. Martín estaba más bromista que nunca, intentando sacarle una sonrisa a Yasmin, que parecía perdida en sus propios problemas. Maia estaba sentada con su novio, Lucas, y Ernesto hacía chistes con Demian. Todo parecía normal, pero Antonella no podía dejar de sentir que todo había cambiado.
—¿Por qué estás tan callada? —le preguntó Simón, dándole un leve codazo.
—Nada —dijo ella, esforzándose por sonreír—. Solo estoy un poco cansada.
Pero en el fondo sabía que no era solo cansancio. Era el peso de las miradas, de los susurros, de los recuerdos de esa noche. Era el miedo de lo que vendría después.
En el recreo largo, Antonella decidió buscar a Ignacio y las mellizas. Ellos siempre habían sido su refugio, y ahora necesitaba contarles la verdad. Cuando los encontró en el patio, estaban sentados en un banco, charlando animadamente.
—¿Podemos hablar? —les dijo, con un tono serio que hizo que se callaran enseguida.
Ignacio se incorporó, preocupado.
—¿Qué pasó?
Ella respiró hondo.
—Necesito contarles algo —dijo, con la voz temblorosa—. Algo que pasó con Sebastián.
Jazmín y Constanza la miraron con curiosidad, y Nacho se cruzó de brazos, esperando.
—Anoche... —empezó Antonella—. Tuvimos un momento. Nos besamos. Y hoy... no sé qué está pasando. Siento que me vuelve loca, y al mismo tiempo me asusta.
Ignacio frunció el ceño.
—¿Te hizo algo? —preguntó enseguida.
—No... no fue nada malo —aclaró rápido—. Fue solo... no sé cómo explicarlo. Pero no quiero que piensen que estoy perdiendo la cabeza.
Las mellizas se miraron y luego abrazaron a Anto.
—No sos tonta, Anto —dijo Constanza—. A veces el corazón hace lo que quiere. Pero si te lastima, no tenés que dejarlo.
—¿Vos qué sentís? —preguntó Jazmín suavemente.
Antonella bajó la mirada.
—Siento que... que hay algo entre nosotros. Pero también siento que me va a romper el corazón. Y no sé si estoy lista para eso.
Ignacio la abrazó con fuerza.
—Vos no estás sola —dijo con firmeza—. Si él te lastima, te lo juro que no lo dejamos pasar.
Antonella sonrió débilmente.
—Gracias, Nacho. Gracias, chicas.
Las mellizas la abrazaron por turnos, y por un momento, todo lo demás desapareció. Era como volver a casa, a ese lugar donde nadie la juzgaba, donde no tenía que ser fuerte todo el tiempo.
Cuando sonó el timbre, regresaron a clase juntos. Pero antes de entrar, Ignacio le dijo algo más:
—Y si necesitás ayuda para ponerle límites, sabés que contás con nosotros.
Antonella asintió, agradecida. Porque aunque no sabía cómo terminaría todo, al menos sabía que no estaba sola.
Al volver a su asiento, la mirada de Sebastián la encontró enseguida. Él la observó con una sonrisa apenas perceptible, como si pudiera adivinar que había estado hablando de él. Ella respiró hondo, sosteniéndole la mirada. Porque aunque él la desarmara con solo mirarla, ella no iba a rendirse tan fácilmente.
Y mientras las clases continuaban, Anto entendió que esa historia, la suya con Sebastián, apenas empezaba. Y que, por mucho que intentara negarlo, había algo en su corazón que ya no podía seguir ignorando.