Capítulo 24: La tormenta bajo la superficie

1137 Words
El día amaneció con un aire denso, como si el cielo supiera que algo importante estaba por pasar. Antonella se despertó temprano, con un nudo en el estómago que no lograba soltar. Había dormido mal, dando vueltas en la cama, atormentada por los recuerdos de Sebastián y la sensación persistente de que todo estaba a punto de desmoronarse. Se levantó y se miró en el espejo. Sus ojos estaban cansados, pero aún así había algo en su mirada que no reconocía del todo. ¿Era miedo? ¿Excitación? Quizá ambas cosas. Sabía que no podía seguir ignorando lo que sentía, pero también entendía que enfrentarlo significaría exponerse como nunca antes. Cuando llegó a la escuela, el ambiente era un hervidero de murmullos y risas. Sus amigos estaban reunidos en un rincón del patio, conversando animadamente. Al verla llegar, Martina le hizo un gesto para que se acercara. —¡Anto! —exclamó con una sonrisa—. ¿Qué pasó anoche? Parecías tan rara cuando te fuiste... Antonella forzó una sonrisa. —Nada, solo estaba cansada —mintió, aunque por dentro sentía que todo su cuerpo vibraba con un nerviosismo inexplicable. Maia la miró con curiosidad. —No nos mientas, Anto —dijo con suavidad—. Te conocemos demasiado bien. Antonella suspiró, apartando la vista. No estaba lista para contarles la verdad, no todavía. Necesitaba procesarlo por su cuenta primero. Mientras tanto, Sebastián estaba en su grupo, no muy lejos de ella. Su risa retumbaba en sus oídos, y cada vez que lo miraba —aunque fuera de reojo—, sentía un temblor que la recorría entera. Él parecía tan seguro de sí mismo, como si nada pudiera afectarlo. Pero cuando sus miradas se cruzaban, Anto podía ver algo más profundo en sus ojos: una chispa que la encendía y la aterraba al mismo tiempo. A media mañana, la profesora anunció un trabajo grupal y, por esas casualidades que ya parecían demasiado planificadas para ser reales, Sebastián quedó en su grupo junto a Martina, Simón y ella. Antonella tragó saliva, intentando mantener la calma mientras él se acercaba con esa sonrisa ladina que tanto la desconcertaba. —Bueno, parece que el destino nos sigue juntando, ¿eh? —dijo él, con una voz baja que la hizo estremecerse. —No empieces, Sebastián —respondió ella con firmeza, aunque su voz tembló apenas. Martina los miró con una mezcla de curiosidad y preocupación, pero decidió no intervenir. Sabía que había algo entre ellos, aunque aún no entendía bien qué. Empezaron a discutir sobre el trabajo, pero cada palabra que Antonella decía parecía chocar con la presencia de Sebastián, como si sus miradas se pelearan en un campo de batalla silencioso. Él no dejaba de provocarla con pequeños gestos: un roce de su mano al pasarle un papel, un susurro demasiado cercano a su oído. —¿Podés concentrarte un segundo? —le espetó ella en un momento, cuando él le rozó la muñeca sin querer. —¿O es que te distraigo demasiado? —respondió él con una sonrisa burlona. Ella apretó los labios, conteniendo la respuesta que le quemaba la lengua. Sabía que si se dejaba llevar, acabaría perdiendo el control, y no podía permitirse eso. No ahora. El trabajo avanzó lentamente, con interrupciones constantes de Sebastián y las miradas de complicidad de Martina, que parecía disfrutar de la tensión que flotaba entre ellos. Cuando por fin terminaron, Anto se levantó rápido, intentando poner distancia. —Tengo que ir al baño —dijo, sin esperar respuesta. Se fue al pasillo, buscando un poco de aire. Su corazón latía con fuerza y su mente era un torbellino de pensamientos confusos. ¿Por qué él tenía ese poder sobre ella? ¿Por qué no podía simplemente ignorarlo como hacía con los demás? Se apoyó en la pared fría, cerrando los ojos por un momento. Sabía que estaba jugando con fuego, pero también sabía que había algo en ese fuego que la atraía sin remedio. De pronto, sintió una presencia detrás de ella. Abrió los ojos y lo vio: Sebastián, con esa sonrisa tranquila que la volvía loca. —¿Escapando de mí? —preguntó con suavidad. —No quiero hablar ahora —respondió ella, girándose para marcharse. Pero él le tomó suavemente la muñeca, deteniéndola. Su contacto fue como un chispazo eléctrico que recorrió todo su cuerpo. —Anto... —dijo, con un tono diferente. Más serio, más intenso—. Sé que me odiás por cómo soy, pero no me podés negar que sentiste algo anoche. Ella lo miró, con los ojos brillantes y la respiración agitada. —Lo que pasó anoche fue un error —dijo con voz firme, aunque sus manos temblaban—. No voy a permitir que sigas jugando conmigo. Él se acercó más, hasta que sus cuerpos casi se rozaron. La miró a los ojos con una intensidad que la dejó sin aliento. —¿Un error? —susurró—. ¿O algo que te hizo sentir viva como nunca antes? Antonella lo empujó suavemente, apartándose. —No pienso seguir con esto —dijo, aunque su voz traicionó la duda que sentía. Sebastián asintió, pero no se movió. —Entonces decime que no querés volver a sentirlo —replicó, con voz grave—. Decímelo mirándome a los ojos, Anto. Ella tragó saliva. Podía sentir el calor de su cuerpo, el magnetismo que siempre la desarmaba. Pero se obligó a mirarlo y, aunque su voz tembló, lo dijo: —No quiero volver a sentirlo. Él la miró un segundo más, como si evaluara cada palabra, y luego sonrió apenas. —Te voy a demostrar que mentís —dijo con seguridad, y se alejó sin decir más. Antonella se quedó allí, con el corazón desbocado y las manos temblando. Lo odiaba por hacerla sentir así, por meterse tan profundo en su piel que ya no sabía dónde terminaba él y dónde empezaba ella. Pero al mismo tiempo, había algo en esas palabras —en esa promesa— que la llenaba de un miedo dulce y peligroso. Cuando volvió con sus amigos, Martina la miró, alzando una ceja. —¿Estás bien? —preguntó, bajando la voz. Antonella asintió, aunque no dijo nada. Se sentó, intentando sumarse a la charla, pero no pudo concentrarse. Las palabras de Sebastián seguían retumbando en su cabeza como un eco imposible de ignorar. Sabía que no iba a ser fácil sacarlo de su vida. Sabía que ese juego de provocaciones era apenas el principio. Pero lo que más la aterraba era la certeza de que, en el fondo, una parte de ella no quería que terminara. Ese día, Antonella entendió que la tormenta que Sebastián desataba en ella no era algo que pudiera detener. Y aunque le asustara, también la hacía sentir más viva que nunca.
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