El día siguiente amaneció cargado de una calma tensa. Antonella se despertó con la sensación de que el aire estaba más pesado, como si el mundo entero supiera que ella estaba a punto de cruzar un límite del que no habría regreso.
Se levantó despacio, mirando el reflejo de su rostro en el espejo. Sus ojos tenían un brillo que no reconocía, una mezcla de miedo y deseo que la descolocaba. Sabía que no podía seguir así, pero también sabía que no podía escapar.
Cuando llegó a la escuela, sus amigos ya estaban en el patio, riendo y hablando como siempre. Martina fue la primera en verla.
—¡Anto! —exclamó con su sonrisa luminosa—. Contanos, ¿qué pasó ayer? Estabas tan rara...
Antonella suspiró, intentando forzar una sonrisa.
—Nada —dijo con voz suave—. Solo estoy cansada, eso es todo.
Pero Martina no le creyó. La miró con esa expresión que siempre usaba cuando algo no encajaba.
—No me mientas —dijo con firmeza—. Te conozco demasiado bien.
Antonella bajó la mirada, incómoda. No quería hablar de Sebastián, no todavía. No sabía cómo poner en palabras el caos que sentía adentro, cómo explicar que él había cruzado todas sus barreras y que ella no sabía cómo detenerlo.
De pronto, sintió esa presencia. No necesitaba mirarlo para saber que estaba allí: Sebastián, con esa sonrisa cargada de peligro y promesas.
Él se acercó despacio, con las manos en los bolsillos y una expresión indescifrable. Cuando llegó a su lado, la miró a los ojos y bajó la voz.
—¿Dormiste bien, Anto? —preguntó con una sonrisa apenas perceptible.
—No es asunto tuyo —respondió ella, aunque su voz tembló levemente.
Él se inclinó apenas hacia ella, acercando su rostro.
—¿Estás segura? Porque me parece que no podés dejar de pensar en lo que pasó —susurró.
Ella apretó los labios, apartándose un paso. Sentía cómo el calor subía por su cuello y le quemaba la piel. No podía dejar que él viera lo vulnerable que estaba.
—Deja de provocarme —dijo en un tono casi inaudible.
Sebastián sonrió con calma, pero sus ojos brillaron con intensidad.
—¿Y si no quiero? —replicó, tan cerca que podía sentir el calor de su respiración.
Antes de que ella pudiera responder, Martina intervino.
—¿Qué están murmurando ahí? —preguntó con curiosidad, mirando a ambos con ojos entrecerrados.
Antonella se obligó a sonreír.
—Nada —dijo, aunque su corazón latía con fuerza.
La mañana continuó entre clases y miradas furtivas. Cada vez que Sebastián la miraba, Anto sentía que el mundo se detenía por un instante, y eso la enfurecía y la excitaba al mismo tiempo.
Al mediodía, mientras caminaba por el pasillo, él la alcanzó. La tomó del brazo suavemente, deteniéndola.
—Anto, esperá —dijo con voz baja.
Ella lo miró, con el ceño fruncido.
—¿Qué querés ahora? —preguntó, intentando sonar firme.
Él bajó la voz aún más, inclinándose hacia ella.
—Quiero que admitas que lo que pasó anoche te hizo sentir algo —dijo, con una seguridad que la desarmó.
—No pienso darte ese gusto —respondió, aunque sus ojos brillaban con una emoción que no podía negar.
Sebastián la miró en silencio, su expresión cargada de una intensidad casi dolorosa.
—Te juro que voy a hacer que lo admitas —susurró—. Porque yo sé que no fui el único que sintió esa chispa.
Ella apartó la mirada, sintiendo un calor intenso en el pecho.
—Estás jugando conmigo —dijo con voz baja.
—No, Anto —respondió él, con una sonrisa apenas torcida—. Lo que más quiero es que dejes de jugar vos y me digas la verdad.
Ella se apartó de un tirón, sus emociones al borde de estallar.
—¡Basta! —exclamó, aunque nadie más parecía notar lo que ocurría entre ellos.
Sebastián la dejó ir, pero su mirada la siguió mientras se alejaba, como un susurro de fuego que le quemaba la espalda.
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A la tarde, Antonella se refugió en el aula vacía donde solía estudiar con sus amigos. Necesitaba un momento a solas, un instante de silencio para ordenar su mente. Pero no estaba sola por mucho tiempo.
La puerta se abrió despacio y Sebastián apareció, con esa calma que la sacaba de quicio.
—¿No podés dejarme en paz ni un minuto? —preguntó con exasperación.
Él cerró la puerta detrás de sí, acercándose despacio.
—No voy a dejarte tranquila hasta que admitas lo que sentís —dijo, con voz grave.
Ella dio un paso atrás, pero la pared estaba justo detrás de ella. Su respiración se aceleró, su corazón latía como un tambor en su pecho.
—No pienso... —empezó a decir, pero su voz se apagó cuando él se acercó aún más.
Sebastián apoyó una mano en la pared, justo al lado de su rostro. Su mirada ardía, y cuando habló, su voz fue apenas un susurro.
—Decilo, Anto —dijo—. Decí que te muero por dentro cada vez que te toco.
Ella lo miró a los ojos, con las mejillas encendidas y los labios entreabiertos.
—No puedo... —murmuró, con un temblor en la voz.
Él sonrió apenas, bajando la mirada a sus labios.
—No podés, o no querés —dijo, antes de rozar sus labios con los suyos, un roce suave, apenas una caricia.
El mundo pareció detenerse. Ella cerró los ojos, sintiendo la electricidad que la recorría entera. Pero cuando él quiso profundizar el beso, ella giró el rostro, rompiendo el contacto.
—No —dijo, con voz firme aunque sus piernas temblaban.
Sebastián se apartó un poco, mirándola con intensidad.
—Podés decir que no, pero tus ojos me cuentan otra historia —dijo con suavidad.
Ella respiró hondo, apartándose de la pared con decisión.
—No pienso ser otro de tus juegos, Sebastián —dijo, y salió del aula sin mirar atrás.
Mientras caminaba por el pasillo, sentía que su corazón iba a estallar. ¿Cómo podía resistirse a algo que la hacía sentir tan viva? Pero sabía que tenía que hacerlo, aunque le doliera cada segundo.
Detrás de ella, Sebastián se quedó en silencio, con una sonrisa apenas torcida y la certeza de que, aunque ella negara todo, él había logrado meterse demasiado hondo como para que lo olvidara.
Y en ese juego de miradas y palabras, ambos sabían que lo peor —o lo mejor— aún estaba por venir.