Capítulo 26: Frontera de emociones

1211 Words
La tarde siguiente, Antonella llegó a la escuela con la firme intención de mantenerse firme, de no ceder un solo paso ante Sebastián. Pero apenas lo vio apoyado contra la pared, esperándola con esa sonrisa peligrosa y los ojos encendidos de curiosidad, sintió cómo sus defensas temblaban. Él la miró despacio, como si pudiera ver a través de ella. —¿Vas a seguir escapando, Anto? —preguntó con voz suave, casi un susurro. —No estoy escapando —replicó ella, levantando la barbilla—. Solo no quiero hablar con vos. Él se acercó un paso, y su proximidad la desarmó por dentro. —Claro que querés —dijo con esa seguridad exasperante—. Pero te da miedo admitirlo. Ella se apartó con brusquedad. —No pienso hablar de esto acá —dijo en voz baja, consciente de las miradas curiosas de sus compañeros. Sebastián sonrió apenas. —Como quieras, Anto. Pero sabés que no va a desaparecer solo porque lo ignores. Ella giró sobre sus talones, caminando hacia su clase con la cabeza alta, aunque por dentro se sentía como si cada palabra de él la quemara. --- El día avanzó despacio. Las clases pasaron como un murmullo lejano para Antonella, que apenas lograba concentrarse. Cada vez que pensaba en Sebastián, sentía el calor subiendo por su piel. Recordaba el roce de sus labios, la intensidad de su mirada. Y odiaba no poder sacárselo de la cabeza. Durante el recreo, se encontró con sus amigos en el patio. Martina la miró preocupada. —Anto, ¿qué te pasa? Estás tan... distraída —dijo, tocándole el brazo. —Nada —mintió ella, con una sonrisa forzada—. Solo estoy cansada. Pero Martina la conocía demasiado bien. Suspiró, cruzándose de brazos. —¿Es por Sebastián? —preguntó con cautela. Antonella sintió cómo su corazón latía más rápido, pero negó con la cabeza. —No —dijo—. No es nada. Matías intervino, con su sonrisa tranquila. —Si necesitás hablar, sabés que estamos —dijo, mirándola con calidez. —Gracias —susurró Anto—. Pero estoy bien. --- Cuando terminó la jornada, decidió quedarse un rato más en la biblioteca. Necesitaba un momento de silencio, un espacio para recuperar el control sobre sus emociones. Se sentó en una mesa apartada, abrió un cuaderno y fingió que estudiaba, aunque su mente estaba a kilómetros de allí. Fue entonces cuando escuchó su voz. —Te encontré —dijo Sebastián, apareciendo detrás de ella con una sonrisa suave. —¿Qué hacés acá? —preguntó Anto, con un suspiro resignado. —Buscándote —dijo él, sentándose frente a ella—. Me gusta verte cuando pensás. Ella levantó la vista, cruzando los brazos. —No estoy pensando en vos, si eso creés. Sebastián apoyó los codos en la mesa, inclinándose hacia adelante. —No hace falta que lo digas —dijo con voz baja—. Lo veo en tus ojos. Ella apartó la mirada, pero él siguió insistiendo. —¿Por qué te resistís tanto? —preguntó, sus ojos fijos en los suyos. —Porque no sos bueno para mí —dijo ella, con un temblor en la voz que no pudo ocultar. Él sonrió apenas. —Eso no significa que no lo quieras —replicó. Ella lo miró con frustración, con ganas de gritarle que se equivocaba, aunque sabía que no era así. —No pienso ser parte de tus juegos, Sebastián —dijo con firmeza. Él se inclinó aún más, susurrando. —No es un juego, Anto. Lo que siento por vos es real —dijo, y sus palabras la estremecieron. Ella negó con la cabeza, intentando mantenerse firme. —No me importa —dijo—. Yo no quiero esto. Pero cuando él se acercó más, sus labios apenas rozando su oído, supo que no podía seguir mintiéndose. —Te morís de ganas por rendirte —susurró él—. Y lo sabés. Ella tembló, apretando los puños para no ceder. —¡Basta! —dijo en voz baja—. No sigas. —¿Por qué no? —dijo él, con una sonrisa suave—. ¿Por qué no admitirlo? Ella lo miró, sus ojos llenos de una emoción que no podía ocultar más. —Porque si lo admito, me destruye —dijo en un susurro. Él suspiró, levantándose despacio. —Entonces supongo que tendré que destruirte —dijo con una sonrisa triste, y salió de la biblioteca sin mirarla atrás. --- Esa noche, Antonella no pudo dormir. Se quedó mirando el techo, pensando en cada palabra de Sebastián. ¿Realmente lo que sentía era tan real? ¿O solo era el fuego de un momento que no debía repetirse? Al amanecer, decidió que tenía que aclarar las cosas con él. No podía seguir viviendo en esa tensión que la hacía arder por dentro. Llegó temprano a la escuela, con el corazón en un puño. Lo encontró en el pasillo, apoyado contra la pared como siempre. Sus ojos se iluminaron apenas al verla. —¿Viniste a buscarme? —preguntó con una sonrisa suave. Ella asintió, respirando hondo. —Necesito hablar con vos —dijo con voz firme. Él la miró con curiosidad. —¿Sobre qué? —Sobre esto —dijo, haciendo un gesto entre ellos—. Lo que está pasando. Sebastián se acercó, sus ojos fijos en los suyos. —¿Vas a admitirlo, entonces? —preguntó con voz baja. Ella tragó saliva, sus emociones a flor de piel. —No sé qué quiero —admitió—. Pero sé que no puedo seguir así. Él sonrió apenas. —Eso es un comienzo —dijo. —No es un comienzo —dijo ella con fuerza—. Es un final. Necesito espacio, Sebastián. Él la miró, serio por primera vez. —¿Espacio? —repitió con calma—. ¿Y si no puedo dártelo? —Entonces tendré que alejarme yo —dijo, y sus palabras le dolieron más de lo que pensó. Él suspiró, bajando la mirada. —No me importa si tenés miedo, Anto —dijo—. Lo único que me importa es que no me saques de tu vida. Ella lo miró, con lágrimas en los ojos. —No podés obligarme a quedarme —dijo, y se giró para irse. Pero antes de que pudiera dar un paso, él la tomó del brazo con delicadeza. —No te estoy obligando —dijo con voz baja—. Solo te estoy pidiendo que no sigas negando lo que sentís. Ella tembló bajo su toque, pero logró apartarse. —No puedo —dijo, y se marchó con el corazón roto. --- Esa noche, se encerró en su habitación. Lloró en silencio, sintiendo que el peso de sus emociones la aplastaba. Sabía que no podía seguir huyendo, pero tampoco sabía cómo rendirse sin perderse a sí misma. Y mientras las lágrimas mojaban su almohada, comprendió que Sebastián había logrado algo que nadie más había hecho: romper cada muro que había construido alrededor de su corazón. Sabía que no era un juego. Sabía que lo que sentía era real. Pero también sabía que, para salvarse, tendría que encontrar el valor para enfrentar la verdad, aunque le doliera más que nunca.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD