Capítulo 4: Encuentros peligrosos

1207 Words
El murmullo en el aula era un zumbido constante, como el rumor de un río subterráneo que amenazaba con desbordar. Antonella lo sentía retumbar en los oídos mientras veía a Mauricio y Gonzalo de pie al frente, presentados con falsa cordialidad por la profesora de literatura. A su alrededor, algunos compañeros se mostraban curiosos, otros apenas disimulaban la incomodidad. Pero para Antonella, nada de eso importaba. Todo su mundo se reducía a esos dos rostros que conocía demasiado bien. Mauricio, con su pelo oscuro peinado con cuidado, la espalda recta y una expresión de aburrida superioridad. Gonzalo, de gesto más sereno, casi solemne, pero con esos ojos que siempre la miraban como si fuera demasiado chica, demasiado emocional. —Ellos... —pensó Antonella, mientras sus dedos jugaban nerviosos con el borde de su carpeta—. Siempre ellos. La profesora terminó la presentación con una sonrisa, y el aula estalló en susurros y risitas. Antonella sintió que le faltaba el aire. Cuando Mauricio caminó por el pasillo entre los bancos, sus pasos resonaron en su cabeza como tambores. Se detuvo un segundo a su lado, apenas mirándola, y luego fue a sentarse en la última fila. Gonzalo lo siguió, con un leve asentimiento en su dirección. —Genial —murmuró Antonella para sí—. Justo lo que necesitaba. Martina, que estaba a su lado, le rozó el brazo. —¿Estás bien, Anto? Antonella asintió, aunque sus labios estaban tensos. —Sí. Estoy perfecta —dijo con voz tan seca que nadie se lo creyó. Sabía que sus amigas la miraban con preocupación. Maia, que la conocía desde jardín, la miraba con esos ojos enormes llenos de preguntas. Pero Antonella no quería preguntas. Solo quería que ese día terminara rápido. La clase comenzó, pero las palabras de la profesora le parecían ruido lejano. Cada vez que miraba por el rabillo del ojo, veía a Mauricio, con el ceño levemente fruncido, como si todo esto le resultara una molestia menor. Y a Gonzalo, que pasaba las hojas del libro sin realmente verlas. Los recuerdos la asaltaban como fantasmas. Las tardes de verano en la casa de su abuela, cuando jugaban a la pelota en el patio. Cómo ella corría detrás de Santiago, su hermanito, mientras sus primos mayores jugaban entre ellos, ignorándola. —No era su culpa —se dijo, aunque no lo creyera del todo—. Pero cuando más los necesité... El recuerdo de Santiago la golpeó tan fuerte como siempre. Su hermanito de cinco años, su compañero de juegos, su otra mitad... y la forma en que, después de su muerte, todo el mundo pareció olvidar que ella también había perdido algo. Los "perfectos", los que siempre sonreían en las fotos familiares, los que no lloraban, los que no fallaban. Mauricio, con su arrogancia inquebrantable, y Gonzalo, con su aire protector que a ella la irritaba más que la consolaba. —No me importa —se repitió, aunque la rabia le hervía por dentro—. No me importa. Cuando sonó el timbre del recreo, Antonella salió disparada al pasillo, deseando perderse en el ruido de las voces y las risas. Pero no había dado más de dos pasos cuando sintió una mano en su brazo. —¿Podemos hablar? —dijo Gonzalo, mirándola con una calma que la puso aún más furiosa. Antonella se zafó con un tirón. —No hay nada que decir. Mauricio apareció detrás de él, apoyándose contra el marco de la puerta como si fuera el rey de ese pequeño reino de cemento. —No empieces con tus escenas, Anto —dijo con voz suave, casi burlona—. No te queda bien. —¿Escenas? —ella lo miró con los ojos entrecerrados—. ¿Sabés lo que no me queda bien? Que aparezcas después de años como si nada. Como si yo no recordara cómo me diste la espalda. Mauricio soltó una carcajada baja, como si la encontrara divertida. —Siempre tan dramática. —Y vos siempre tan perfecto —le espetó Antonella, cruzándose de brazos—. Tan perfecto que ni siquiera te molestaste en mirarme cuando más te necesitaba. La furia en sus palabras era un fuego vivo. Gonzalo suspiró. —Anto... no es tan simple. —¡Claro que lo es! —lo interrumpió ella, dándole un empujón que apenas lo movió—. Ustedes estaban ahí. Podrían haber estado para mí. Pero no les importó. Los murmullos de los que pasaban por el pasillo se intensificaron. Algunas miradas curiosas, otras llenas de morbo. Pero Antonella no veía a nadie más. Solo a sus primos, esos dos símbolos de todo lo que la había hecho sentir sola durante años. Fue en ese momento que una voz interrumpió el duelo. —¿Qué tenemos acá? —preguntó Sebastián, con una sonrisa ladeada mientras se acercaba, con las manos en los bolsillos y la guitarra colgada a la espalda. Antonella giró hacia él, sorprendida y furiosa. —No te metas, Sebastián. Él la miró, divertido, como si acabara de encontrar el espectáculo más entretenido del día. —¿Meterme? —dijo, alzando una ceja—. Solo estoy mirando cómo los "perfectos" de la familia discuten. Es como un programa de televisión, ¿no? Mauricio lo miró con desdén. —¿Y vos quién sos? —Sebastián —dijo con una sonrisa burlona—. El tipo que sabe cuándo alguien está a punto de estallar. Antonella sintió un calor subirle por las mejillas. No sabía si era por la rabia que sentía hacia sus primos o porque Sebastián, con esa calma insolente, parecía ver demasiado de ella. —No me importa lo que veas —le dijo, la voz temblorosa de contención—. Esto no es asunto tuyo. Sebastián ladeó la cabeza, sus ojos oscuros fijos en ella. —Todo lo que pasa acá es asunto mío. Por un segundo, el pasillo pareció detenerse. El aire, cargado de resentimientos y palabras no dichas, se volvió tan denso que costaba respirar. Antonella los miró a todos: a Gonzalo con su gesto protector, a Mauricio con su sonrisa de suficiencia, a Sebastián con sus ojos brillantes de curiosidad y algo más... algo que no supo descifrar. Y entonces, sin decir nada más, se dio media vuelta y se alejó, caminando con la espalda recta y la cabeza en alto. Cada paso era una declaración: no necesitaba a nadie. Ni a sus primos. Ni a Sebastián. Ni a la familia que la había dejado sola. Sebastián la siguió con la mirada, tocándose la correa de la guitarra con un gesto distraído. —Qué chica más complicada... —murmuró—. Pero cuanto más difícil, más interesante. Mauricio y Gonzalo se quedaron un momento más, mirándolo con una mezcla de desdén y desafío. —¿Te creés gracioso? —preguntó Mauricio, con un tono que bordeaba el desprecio. Sebastián sonrió, confiado. —Solo digo lo que veo. Ella no los necesita a ustedes. Y con esa última frase, Sebastián se giró y se fue, como si no tuviera nada más que ver allí. Pero en su cabeza, el fuego que había visto en Antonella seguía ardiendo, prometiéndole que lo que acababa de empezar era apenas el comienzo.
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