Capítulo 6: Secretos en voz baja

903 Words
La tarde parecía no terminar nunca. El sol se filtraba por las cortinas del comedor, iluminando la gran mesa familiar donde todavía quedaban las tazas de café y las bandejas con restos de masitas. Las conversaciones de los adultos seguían siendo un murmullo de fondo, un ruido que a Antonella le retumbaba en la cabeza pero no lograba escuchar de verdad. Mientras tanto, los chicos más chicos corrían por el patio, sus gritos mezclándose con el canto de los pájaros. Parecía un cuadro perfecto, casi como si fueran una familia feliz. Pero Antonella sabía que era solo eso: una postal. Por dentro, la tensión la carcomía. Se escabulló del living con cuidado, asegurándose de que nadie reparara en ella. Encontró a Jazmín, Constanza e Ignacio sentados en un banco del jardín, riendo de algo que solo ellos entendían. Esa imagen la tranquilizó. Eran su refugio. Cuando la vieron acercarse, las mellizas le sonrieron enseguida. —¿Todo bien? —preguntó Jazmín, siempre perceptiva. Antonella negó con la cabeza y se dejó caer a su lado. —Necesito hablar con ustedes —dijo, bajando la voz como si temiera que las paredes pudieran repetir sus palabras. Constanza se inclinó hacia ella, curiosa y preocupada. —¿Qué pasó? —¿Está todo bien? —añadió Ignacio, mirándola fijo, como si pudiera ver a través de ella. Antonella suspiró. Sintió cómo el nudo en su pecho empezaba a deshacerse ahora que podía contarlo. —Fui a la habitación de Nacho a hablar con Alejandro. Solo... necesitaba escuchar su voz. Las mellizas abrieron los ojos con sorpresa. Ignacio no dijo nada, pero se acomodó mejor en el banco, listo para escucharla. —¿Alejandro? —repitió Constanza en un susurro—. ¿Es ese chico del que nos hablaste una vez? —Sí —asintió Antonella—. Pero nadie más sabe. Ni mamá ni papá. Ni los demás. Solo ustedes. —¿Y qué pasó? —preguntó Ignacio con calma. Antonella bajó la mirada, recordando cada palabra, cada mirada de sus primos. —Mauricio y Gonzalo me escucharon —dijo finalmente, con un tono seco—. Entraron a la habitación cuando estaba hablando con él. Las mellizas soltaron un suave "¡No!" al mismo tiempo. Ignacio frunció el ceño. —¿Qué hicieron? —Me cuestionaron —respondió Antonella, el veneno de la bronca todavía en su voz—. Como si fueran mis padres o algo. Me preguntaron quién era Alejandro, qué estaba haciendo. Me dijeron que estaba siendo egoísta, que no pensaba en la familia. Jazmín negó con la cabeza, indignada. —¿Pero qué se creen? Ellos no son nadie para decirte cómo vivir tu vida. —Exacto —dijo Constanza con el ceño fruncido—. Siempre se creen tan perfectos, tan superiores. Antonella sintió que algo se rompía un poco en su interior al recordarlo. —Ellos nunca estuvieron cuando yo más los necesité —dijo en voz baja—. Cuando murió Santiago, ellos no estaban. Y ahora se creen con derecho a opinar sobre mí. Ignacio puso una mano en su hombro, con un gesto firme y seguro. —No les des ese poder, Anto —dijo con suavidad—. Ellos solo quieren sentirse mejores que vos. —¿Y vos qué les dijiste? —preguntó Constanza, con curiosidad. —Que no pensaba contarle nada a nadie. Que no era asunto de ellos —respondió Antonella, con un hilo de orgullo en la voz—. Y que no me importa lo que piensen. Las mellizas sonrieron, orgullosas de ella. —Así se habla —dijo Jazmín, dándole un abrazo rápido—. Vos no tenés que darle explicaciones a nadie. —¿Y Alejandro? —preguntó Ignacio con cuidado, como tanteando el terreno—. ¿Te hace bien? Antonella se quedó en silencio un momento. Suspiró. —Él me hace sentir viva —dijo finalmente—. Con él me siento... yo misma. Sin máscaras, sin tener que ser la hija perfecta ni la prima que no molesta. Las mellizas se miraron entre ellas y luego la abrazaron a la vez, apretándola como si quisieran sellar un pacto de lealtad. —Anto —dijo Constanza, seria—, no importa lo que pase. Siempre vamos a estar con vos. —Siempre —repitió Jazmín, con los ojos brillantes. Antonella cerró los ojos un momento, dejando que el calor de sus primas y de Ignacio la envolviera. Se dio cuenta de que no estaba sola, de que aunque la familia a veces doliera, había pequeños espacios donde ella podía ser ella misma sin miedo. Cuando se separaron, Ignacio la miró con complicidad. —No vamos a decirle nada a nadie —dijo con convicción—. Esto queda entre nosotros. —Gracias —susurró ella—. Necesitaba saber que no estoy loca por querer algo solo para mí. —No estás loca —dijo Jazmín, dándole un codazo suave—. Estás viva. El cielo empezaba a teñirse de naranja y rosa cuando decidieron volver con el resto. Antonella respiró hondo, sintiendo que un poco de la carga que llevaba se había aligerado. Sabía que todavía tenía un largo camino por delante: sus primos, su familia, los secretos que la rodeaban. Pero también sabía que tenía un pequeño refugio en esos tres. Y con eso, por ahora, le alcanzaba para seguir adelante.
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