Capítulo 7: Una semana después

925 Words
Ya había pasado una semana desde que Mauricio y Gonzalo habían comenzado a cursar en la misma secundaria que Antonella. Aunque ella intentaba que no la afectara, cada día era un nuevo desafío para su paciencia y su orgullo. Mauricio y Gonzalo se adaptaron rápido: se movían con esa seguridad que siempre los había caracterizado. Sabían cómo hacer que todos los vieran como los "chicos perfectos", los sobrinos ejemplares que no cometían errores. Pero Antonella conocía bien el verdadero rostro detrás de esas sonrisas impecables. Lo que más la irritaba era ver cómo algunos profesores ya los trataban con simpatía solo por sus modales. Ella sabía que esos modales no eran más que fachada. Aun así, intentaba mantener la calma. Tenía suficiente con sus propios problemas como para sumar más drama. Sus amigos —los de siempre: Ayrton, Demian, Simón, Ernesto, Matías, Iván, Maia, Martina y Yasmin— todavía se estaban acostumbrando a la presencia de Mauricio y Gonzalo. Ellos no los conocían realmente, así que solo veían lo que todos los demás: dos chicos educados, callados y con buenas notas. —¿Son tan perfectos como parecen? —le preguntó Ayrton un mediodía, mientras comían en el patio. Antonella se encogió de hombros, intentando que no le temblara la voz. —No son tan perfectos. Solo son buenos en aparentar. Maia la miró con curiosidad. —¿Por qué te molesta tanto, Anto? —preguntó con cuidado. Ella suspiró. No quería abrir esa puerta delante de todos. Solo contestó: —Porque siempre se creyeron mejores que yo. Y no lo son. Martina, que la conocía de toda la vida, le dio un codazo suave. —¿Querés que los ignoremos? —No —dijo Antonella, con una sonrisa fría—. Solo quiero que no se metan en lo que no les importa. Ese mediodía, mientras sus amigos reían y hablaban de la fiesta de cumpleaños de Yasmin que se acercaba, Antonella sintió esa incomodidad latente. Sabía que Mauricio y Gonzalo la observaban a la distancia, siempre atentos, como si esperaran que ella hiciera algo para poder juzgarla. En clase, la situación no era mucho mejor. Como estaban en el mismo curso, a veces se encontraban en trabajos grupales o exposiciones. Pero Antonella no les dirigía la palabra más de lo necesario. Respondía cortante, con la mirada desafiante que había aprendido a usar como escudo. —¿Por qué tenés que mirarme así? —le preguntó Gonzalo un día en clase de Literatura, cuando le pidió un apunte. —Porque no confío en vos —le contestó ella, sin apartar la vista. Gonzalo suspiró, pero no dijo nada más. Mauricio, en cambio, parecía divertirse con esa tensión. A veces le dedicaba una sonrisa burlona, como si todo fuera un juego. Eso la sacaba de quicio, pero se obligaba a respirar profundo y no darle el gusto de verla alterada. Por la tarde, después de clases, Antonella encontró a sus mellizas, Jazmín y Constanza, esperándola en la vereda de la escuela. Ella se sintió aliviada de verlas. Eran como un recordatorio de que todavía había personas en su vida que no jugaban a las apariencias. —¿Sobreviviste hoy? —preguntó Constanza, tomándola del brazo. —Sí —dijo Antonella, aunque no estaba segura—. Pero a veces siento que me están esperando para que me equivoque. —Vos no te vas a equivocar —dijo Jazmín con seguridad—. Vos sos fuerte, Anto. —No sé si fuerte, pero soy terca —respondió ella, con media sonrisa. Mientras caminaban juntas, Ignacio apareció desde la puerta principal, cargando su mochila y saludándolas con un gesto tranquilo. —¿Van para casa? —preguntó. —Sí —dijo Constanza—. Vení con nosotras. Él se sumó al grupo y caminaron juntos hasta la esquina. En el camino, Jazmín le preguntó: —¿Y Alejandro? ¿Lo viste estos días? Antonella negó con la cabeza. —No. Solo hablamos por teléfono. Él entiende que no quiero que se mezcle con todo esto. —¿Te hace bien hablar con él? —preguntó Ignacio, con esa calma que la tranquilizaba. —Sí —dijo Antonella, sin dudar—. Es el único momento en el que siento que todo esto no importa. Ignacio asintió. —Entonces seguí haciéndolo. Lo que te haga bien, Anto. Ella lo miró con gratitud. A veces, Ignacio decía cosas tan simples y tan ciertas que le daban la fuerza que necesitaba para seguir. Cuando llegaron a la casa de las mellizas, se quedaron un rato charlando en la vereda. Jazmín y Constanza se turnaban para contarle chismes de primer año —de cómo las mellizas ya eran populares y todos las querían de amigas—, y Antonella sonreía, agradecida por ese respiro. Por dentro, sin embargo, la sensación de estar vigilada por Mauricio y Gonzalo no desaparecía. Sabía que ellos no se iban a detener, que no era solo cosa de la primera semana. Pero también sabía que no estaba sola. Que tenía a sus mellizas, a Ignacio, a sus amigos... y que, aunque Alejandro fuera un secreto, su voz seguía siendo un faro en medio de todo. Esa noche, mientras hablaba con Alejandro por teléfono desde su cuarto, volvió a repetirse a sí misma que no iba a dejar que los primos ganaran. Ellos podían ser los "perfectos" de la familia, pero ella tenía algo que ellos nunca tendrían: la capacidad de levantarse, una y otra vez, aunque la quisieran ver caer. Y por ahora, eso era suficiente.
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