Era un viernes por la tarde cuando Alejandro le dijo que quería pasar a verla a la salida de la escuela. Anto sintió ese cosquilleo en el pecho, esa mezcla de ansiedad y emoción que siempre la acompañaba cuando estaba cerca de él.
Pero cuando llegó la hora, y lo vio apoyado contra el portón de la secundaria, algo en su mirada la descolocó.
—Hola, Anto —le dijo con una sonrisa que no le llegó a los ojos.
—Hola —respondió ella, tratando de sonar natural.
Alejandro llevaba su campera negra y el pelo despeinado, como siempre. Pero había algo en su postura, en la manera en que desvió la vista cuando ella se acercó, que hizo que un frío le recorriera la espalda.
—¿Todo bien? —preguntó Antonella, intentando sonar despreocupada.
—Sí... todo bien —dijo Alejandro, pero la miró apenas un segundo antes de volver a mirar a otro lado.
—¿Seguro? —insistió ella.
Él se encogió de hombros.
—Sí. Estoy cansado, nada más.
Caminaron juntos hasta la esquina, y durante ese tramo, Anto notó que Alejandro no le tomaba la mano como siempre. Tampoco le preguntaba por sus cosas, ni hacía esos comentarios que la hacían reír. Parecía... distraído.
—¿Querés que vayamos a la plaza? —propuso él, pero el tono sonó forzado.
—¿Te pasa algo? —le preguntó ella de golpe. Estaba cansada de pretender que no lo notaba.
Alejandro la miró, sorprendido.
—No, Anto, de verdad... estoy bien —dijo, pero su voz era más baja que de costumbre.
Ella se detuvo y lo miró fijo.
—¿Estás seguro? Porque no me gusta que me mientas —dijo, con esa firmeza que tanto la caracterizaba.
Él suspiró y bajó la vista.
—No te estoy mintiendo —respondió, pero no sonaba convencido ni siquiera para sí mismo.
En la plaza, se sentaron en un banco. Había niños jugando, hojas secas acumuladas en la vereda. Alejandro se quedó mirando el piso, moviendo una piedrita con la punta del pie. Antonella esperó un momento, intentando que el silencio no se sintiera tan pesado.
—¿Es algo conmigo? —preguntó al final, con un hilo de voz.
—No —dijo él rápido, demasiado rápido—. No tiene nada que ver con vos.
—¿Entonces qué es? —insistió ella.
Alejandro se pasó la mano por el pelo.
—No sé... cosas de mi casa —dijo al fin, pero Anto no le creyó del todo.
—Alejandro... —empezó a decir ella, pero él la interrumpió.
—Anto, por favor —dijo él, casi suplicante—. No quiero hablar de eso ahora, ¿sí?
Ella lo miró, dolida. No por lo que él no decía, sino por cómo se alejaba. Sabía que Alejandro tenía sus problemas, sus silencios. Pero también sabía que antes no tenía miedo de contárselos.
—Está bien —dijo finalmente, tragándose las palabras que querían salir—. Cuando quieras hablar, sabés que podés hacerlo.
Él asintió, pero no la miró. Y en ese momento, Antonella sintió algo parecido al miedo.
El resto de la tarde la pasaron caminando en silencio, con Alejandro hablando de cosas banales: las canciones nuevas que había escuchado, una serie que había empezado a ver. Pero cada palabra sonaba como una excusa.
Cuando se despidieron, él la besó rápido y se alejó casi sin mirarla a los ojos. Antonella se quedó ahí parada, con el corazón retumbándole en el pecho. Sabía que algo estaba cambiando, aunque no podía decir qué.
Esa noche, cuando se acostó, le mandó un mensaje.
—"¿Estás seguro de que todo está bien? Podés contarme lo que sea."
Alejandro tardó en contestar. Cuando finalmente lo hizo, solo puso:
—"Te juro que estoy bien. No quiero que te preocupes."
Antonella apagó la pantalla del celular y se quedó mirando el techo, con un nudo en la garganta. Se prometió que no iba a presionarlo... pero no podía evitar sentir que estaba perdiendo algo que era suyo.
Al día siguiente, se despertó con esa sensación todavía clavada en el pecho. Y aunque intentó distraerse con sus mellizas, con Ignacio y con sus amigos, no podía dejar de pensar en Alejandro y en esa mirada esquiva que la estaba matando por dentro.