El vecino
Estaba allí mismo. No me di ni cuenta. Como tampoco me di cuenta y ya estaba dentro de mi vida. La verdad es que no me acuerdo la primera vez que nos vimos, que nuestras miradas se cruzaron. Si me pongo a pensar es como un conjunto de imágenes de las primeras veces que nos vimos pero no están ordenadas en mi cabeza. Y justo después de todos esos momentos llegó el primer beso.
Un primer beso robado, a solas, a oscuras, pero entre una multitud de gente.
Pero voy a empezar por el principio de toda esta historia. Como he dicho antes no recuerdo cómo fue el primer instante exacto, pero dentro de todas esas imágenes que rondan mi cabeza antes del beso recuerdo una serie de instantes en los que hablábamos mucho. Nos estábamos conociendo. Él trabajaba justo en frente mío, era mi vecino. Empezamos a ir al trabajo del otro y en pequeños espacios de tiempo nos fuimos conociéndonos, explicando parte de nuestras vidas. Y nos fuimos conociendo por dentro el uno al otro.
Ambos teníamos comercios por lo que en los dos existía la duda si las visitas eran casuales o forzadas, pero todo eso llevó a forjar una amistad de la cuál se creó un vínculo tan fuerte que ninguno de los dos podía pasar sin vernos ni un solo día.
Pero como en todas las historias hay inconvenientes y esta precisamente no brilla por su ausencia. Habían muchos inconvenientes, uno de ellos es que estábamos en época de pandemia. Y aunque esto no nos frenó para conocernos, la enfermedad de él hizo que hubiese un antes y un después en nuestra relación.
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