Capítulo 2.

1466 Words
Sus ojos miran el fértil e imponente valle, era una fresca mañana de otoño, cuando los árboles tiran sus hojas y él llegó hasta ahí sin creer que todo lo que veía era suyo. A un par de kilómetros se recorta un tranquilo lago, con pequeñas islas, una serpenteante vereda rasga por la mitad las tierras. Íñigo de Velázquez es dueño de la mitad del valle, con veinte años de edad es beneficiado por su abuelo materno, del que guarda muy pocos recuerdos. En una zona apartada del camino, entre rocas y niebla, se observa un viejo tronco, lleno de humedad, sus raíces lo clavan a la tierra mientras sus ramas claman al cielo. Él mira embelesado a aquel tronco, mientras imágenes aparecen frente a su mirada, como en un espejismo: un hombre y una joven tomados de las manos que se miran fijamente. Demasiado pronto, la realidad lo sacude y lo aleja de su ensoñación, pues la gran casa que ahora será su hogar, aparece ante él. Hacía apenas tres semanas que su abuelo había fallecido, don Francisco dejó un gran vacío en su, de por sí, pequeña familia. A pesar de tener tan pocas memorias de él, le guardaba un gran respeto y cariño. Sin embargo, su madre y su tío, no demoraron tiempo en asediar con interminables visitas al administrador del difunto, preguntándose por las acaudaladas propiedades, hasta que el testamento fue leído: a Margarita le dejo las acciones de los bancos y la mansión en Coyoacán, a Juan le confiaba el ingenio azucarero y el convenio de la tequilera con su padrino en Jalisco, así como las propiedades que les corresponden, por último el nieto, Íñigo, a él le heredó la hacienda ganadera en Michoacán. Al finalizar la lectura, y una vez yéndose la madre y el tío de Íñigo, el administrador le pide hablar unos minutos, en donde se le entregan algunos libros de cuentas, indicaciones y una carta especial, que deberá abrir una vez instalado en la gran casa. La caravana de carros que llevan sus pertenencias, hacen su arribo en el patio del edificio principal, donde un gran número de personas trabajadoras le esperan para darle el recibimiento y algunos obsequios al nuevo dueño. Una vez fuera del carruaje, el frío viento del campo le golpea el rostro, sintiendo la frescura y la humedad, tanto de nubes como del lago, entonces comienza a recibir palabras de bienvenida, así como los regalos, que iban desde pañuelos bordados, hasta plumas afiladas para su uso, sombreros y zapatos, todo confeccionado a mano por las personas que las entregaban. Hasta que, de entre la multitud, aparece una muchacha pequeña de cabello n***o y tez color bronce, le entrega una delgada rama seca, frágil y llena de rastros de humedad, se queda mirando fijamente la rama, reconociendo que es de sauce y quizás perteneciente al árbol seco que vio de camino, cuando de pronto y sin aviso de relámpagos, el cielo descarga la lluvia torrencial más implacable que él viera, levanta la vista al cielo, recibiendo el aguacero con una sonrisa marcada en su apuesto rostro. -Sea usted bienvenido, señor. La voz cantarina y tierna, le hace voltear el rostro rápidamente hacia la muchacha que se quedó mirándolo, disfrutando las expresiones del nuevo señor, prontamente ella corre al interior de la casa, donde se movilizan un grupo de mujeres a llevar agua caliente al baño del joven señor, uniéndose a ellas. Íñigo permanece bajo la lluvia, sorprendido por aquella vocecita tan conmovedora, igual de impactante que su mirada, mira entonces sus ropas y nota que están completamente mojadas y él calado hasta los huesos, las demás mujeres comienzan a hacerle súplicas para entrar y tomar su baño, para evitar un resfriado. Todos ahí sabían de antemano lo que era mojarse de esa manera y las posibles consecuencias, así que hicieron cuanto pudieron para hacerlo entrar. Para cuando el señor entró, llevando consigo la enorme sonrisa que la lluvia le sacó, todas las mujeres jóvenes no pasaron por alto los hoyuelos que en las comisuras de su boca se formaban, dándole un aspecto infantil a su expresión. Jacinta se apresura con la última cubeta de agua caliente, topando a don Íñigo en la entrada de la habitación, sin poder evitar mirarlo a la luz del pasillo, se da cuenta de que es incluso más atractivo, su alta figura tan parecida a la del abuelo y sus ojos verdes que no logran disimular su alma sensible. Ella se queda quieta, sin lograr ocultar el impacto que el hombre le provoca. Íñigo se bebe la imagen de la muchacha, delgada y bajita, casi una niña, su piel bronceada parece iluminarse de formas naturales en su rostro y manos, sus enormes ojos casi negros y labios pequeños pero llenos. -Su baño está listo, señor. De nuevo aquella voz delicada y suave, le llega hasta hacerle saltar los latidos. -Gracias, ahora lo tomaré. Él entra en la habitación, seguido por Joaquín su ayudante personal, quien le ayuda a quitarse la ropa mojada, Jacinta se queda aún más sorprendida, pues la voz del joven señor es aún más masculina de lo que imaginaba, baja y profunda, le hizo sentir las vibraciones hasta los huesos. Dentro de la habitación, una vez en ropa interior, Íñigo entra en el baño, mira la enorme tina de baño con la humeante agua, entra poco a poco a la bañera, permitiéndose disfrutar del calor que ahora lo envuelve. En la cocina, Jacinta entra para ayudar a cocinar la cena para el nuevo señor, las mujeres no paran de hablar sobre el aspecto gallardo de él y de cómo se veía de atractivo cuando sonreía. Jacinta las escucha divertida por sus comentarios ocurrentes y coquetos, haciendo alarde de situaciones y conversaciones que improbablemente ocurrirían, pero sin evitar sonrojarse al recordar el timbre de su voz y la significativa mirada del señor. Joaquín entra entonces a avisar que don Íñigo bajaría a cenar en media hora, las mujeres comienzan a terminar la cena más deprisa y dejando de lado el cotilleo, cada una solicitando la oportunidad de llevarle los platillos al joven, ganándose severas frases de prudencia de parte de la señora Matilde, el ama de llaves, quien ordena que la cena se le sirva conforme el señor la pidiera, para no afectar su estómago. Así pues, la señora Matilde organiza quiénes deberían servirle y manda a Jacinta a encargarse del vino y el agua mientras toma su cena. Don Íñigo baja, finalmente, tomando asiento en el enorme comedor, puesto únicamente para él, sintiendo una gran aprehensión sobre el desperdicio de todo aquel espacio, hace la señal a la señora Matilde y el primer platillo se pone frente a él, el cual consistía en caldo de pollo con unas cuantas verduras para recobrar el calor, servido con un par de tortillas de maíz, él las mira con extrañeza y pide a la señora Matilde se explique. -¿Esto como debo comerlo? -Es la costumbre aquí comer los caldos y las sopas con tortilla de maíz, señor. El resto de alimentos también los comemos así, puede usted probarlos y decidir si le agradan. -Muy bien. Desde la otra habitación, las jóvenes mujeres no hacían sino suspirar al escuchar por fin la voz del joven señor, ninguna había tenido la oportunidad de hacerlo, hasta ese momento. Entonces toca la oportunidad del segundo platillo, filete de pescado del lago, azado sin aceite, condimentado con ajo y sal, acompañado de arroz y papas hervidas. Jacinta se acerca a llenar su vaso de agua, Íñigo se da cuenta de ella y voltea expresivamente a verla regresar a su sitio. El señor pide a la señora Matilde que no le sirvan más comida, pues su apetito quedó satisfecho, le pide también que los demás se retiren a descansar, pues siendo las ocho de la noche, la lluvia parecía no llegar a su fin, él se retira a su habitación y comienza a admirar los detalles de la misma, los colores de las paredes de un color azul marino con detalles en madera oscurecida y la tapicería de los muebles en tonos burdeos, la enorme cama contaba con sábanas de varios tonos de azul y beige, las alfombras con detalles en cafés, rojos y dorados. Se acerca a una de las ventanas que tiene vista hacia el lago, donde ve cómo algunos de los trabajadores se retiran a sus pequeñas casas, dispersas alrededor de la finca, hasta que nota a una figura pequeña y delgada, que apenas se cubre de la lluvia con un fino reboso, hasta que la ve entrar a un pequeño cobertizo, poco apropiado para ser una vivienda. No puede evitar preguntarse si se trataba de la muchacha de enormes ojos y si era ella tan solitaria como se veía.
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