Al despuntar el alba, don Íñigo se sorprende de encontrar a todo el personal yendo y viniendo en sus respectivas labores, desde mujeres apuradas en la limpieza de la casa y en la cocina, hasta hombres yendo a revisar las cosechas, el ganado y a pescar al lago. Pregunta a Joaquín sobre algún deber que debiera resolver personalmente y este le responde que hasta recibir al abogado y al administrador, no había cuentas pendientes, por lo que decide salir a revisar el terreno.
Don Íñigo sale entonces a inspeccionar, su primer visita es en los cobertizos de las reses, aprendiendo sobre los animales que criaban ahí, el encargado del ganado era don Felipe, un señor robusto de cincuenta años, quien le informa cada situación y cada detalle que el señor solicitaba. Hacia las diez de la mañana se dirige a los sembradíos, donde se cosechaban, entre los alimentos de la casa, maíz, papas, calabazas, camote (papa dulce), frijol, cebolla, rábano, entre otras; además de algunos árboles en las periferias, como limón, aguacate y diferentes frutas, en este caso la señora Macaria era quién le informa los detalles sobre los sembradíos, pues ella se encontraba al cuidado de los mismos. Al terminar de examinar con doña Macaria, se le aproxima a don Íñigo una muchachita cargando una canasta con algunos comestibles, pues lo encontraron tan ocupado haciendo su revisión que no se le molestó con ir a la casa a tomar alimentos, sino que se le preparó un almuerzo, al acercarse la joven a don Íñigo se le acelera el pulso, pues espera poder ver nuevamente a aquella niña que le tenía cautivado.
Al acercarse al señor, Jacinta comienza a evocar recuerdos del día anterior, donde escuchaba nuevamente su voz y miraba de cerca y con detalle sus ojos verdes. Ella se encontraba tan inmersa en esos recuerdos, que perdió la oportunidad de darse cuenta de que no era la única afectada, pues don Íñigo no hacía sino mirarla sin poder responder a la sugerencia de comer el almuerzo, el cual consistía en medio aguacate, queso fresco, papas hervidas, maíz tierno cocido, dos tortillas de maíz untadas de frijol guisado, un guaje con agua fresca y otro con café de olla (café de grano con canela); detrás de Jacinta, iban dos niños cargando una mesita plegable y un banquito para servir al señor los alimentos enviados desde la casa.
Joaquín lleva a Jacinta y los niños, debajo de unos árboles en flor, para arreglar las provisiones, don Íñigo los mira hacer, mudo aún por la presencia de la muchacha. A la luz del sol, los rasgos de Jacinta eran incluso más impresionantes, la niña tenía el cabello demasiado oscuro para notar el café caoba de sus mechones, los que brillaban descaradamente, dándole un aspecto casi mitológico; su piel de un bronce claro se iluminaba casi en tonos dorados, sus largas pestañas hacían a sus, de por sí, enormes ojos verse más grandes, su pequeña boca que al sonreír desveló unos dientes muy blancos, otorgándole una sonrisa deslumbrante. Varias veces se encontró sosteniendo la respiración, mirando fijamente a la muchacha, quién se esforzaba demasiado en evitar mirar en su dirección.
Una vez puesta la improvisada mesa, Jacinta fue a esperar a que el señor tomara los alimentos, mientras se acercaba a un árbol para descansar, los niños la siguen y le piden jugar con ellos, así que pide permiso a Joaquín, quién la mira y a los niños y accede a dejarles jugar libremente. Jacinta les hace una señal a los chiquillos, quienes comienzan a correr en todas direcciones, gritando que debe atraparlos, ella comienza a corretear con los niños, riendo y gritando, hasta que uno de ellos casi le hace chocar con el señor y su abundante desayuno. Entonces fue inevitable que ambos se miraran a los ojos. Jacinta se detiene mirando fijamente el rostro de don Íñigo, sus sorprendidos ojos, sus rosados y delgados labios, su cabello peinado y color marrón. Lo mira levantarse y acercarse a ella con paso firme y medido.
-¿Estás bien?
Jacinta sintió que se quedaba sin aire, escuchar de nuevo su voz tan baja era aún más fascinante que recordarla, su rostro comienza a sentirse caliente e inevitablemente no pudo mantener la mirada en él.
-Perdóneme señor, casi le tiro su comida.
Joaquín se acerca a los niños para regañarlos, pues todos sabían que era muy malo corretear de esa forma. Don Íñigo interviene, pues al final eran sólo unos niños jugando y no era grave que tuvieran la necesidad de correr.
-Joaquín, déjalos seguir jugando, son unos niños aún, cuando crezcan deberán madurar y ser hombres y mujeres, es natural que quieran juguetear todo el tiempo. Además, he estado disfrutando verlos.
Con una mirada más a Jacinta, el señor toma asiento nuevamente, esperando ver el juego de los niños un rato más, pues la brisa del lago y el sol hacían que el día fuera excelente para permanecer debajo de aquellos árboles. Él le da un asentimiento de cabeza, para que continuaran los juegos.
La muchacha, entonces, se acerca a los niños y les murmura algo, a lo cual todos corren buscando en la tierra, ella les pide tomar rocas para tomar sus resorteras (tirachinas) y tirarlas para premiar al que lanzara más lejos una piedra. Don Íñigo, entonces se ve en la necesidad de acercarse a ellos, tanto para saber de qué trataba el concurso así como para ver cuál era el ganador, Jacinta le explica en qué consistía tomar el tirachinas y lanzarlas, a lo que él pide tirar algunas para probarse a sí mismo con los niños. Todos ríen al ver que el señor no sabía usar la resortera.
Es entonces, cuando Joaquín se acerca al señor y le informa que los pescadores están a punto de terminar su jornada, por lo que debían apurarse y alcanzar a don Jorge para que éste le informara sobre sus actividades, con gran decepción los niños le piden venir después para jugar de nuevo y él accede, mirando divertido a Jacinta.
Don Íñigo camina rumbo al lago, mirando cómo la muchacha y los niños rápidamente guardan las sobras del almuerzo y parten rumbo a la casa. Se aproximan al lago y lo primero que el señor nota es el fuerte olor del agua, así como la baja temperatura de sus proximidades. Es recibido por don Jorge, quien le muestra los diferentes pescados que de ahí se sacaban a la venta: carpa, charal, chegua, pescado blanco, acúmara, tirípichos y allotocas, todos nativos de ahí, los cuales los hacían muy solicitados. Joaquín solicita a don Jorge que prepare un bote para pasear al señor por las aguas del lago, donde se disfrutan tanto las vistas del pueblo, las islas, el amplio cielo despejado y la fuerte brisa fría.
Horas más tarde, el señor entra en la casa, con las mejillas quemadas tanto por el sol, como por el frío del lago, pide a la señora Matilde que se le prepare el pescado que trajo consigo en un caldo y que después de descansar en su habitación bajaría a comerlo. Mientras sube las escaleras, le pide a Joaquín que le avisen cuando la comida se encuentre terminada.
Entra en su habitación y, mientras se cambia la ropa, recuerda los momentos más memorables de su mañana en el campo, el juego con los niños, la sorprendente comida sencilla pero deliciosa, el viaje por el lago y, sobre todo, haber visto a su antojo a la muchacha, no podía esperar el momento en que pudiera preguntarle su nombre, pero temía que la joven se sintiera intimidada. Se recuesta en su enorme cama a ensoñar con el cabello de la niña, sin ser consciente del tiempo. Después de un rato, se despierta sorprendido de haberse quedado profundamente dormido, alguien llama a la puerta, era Joaquín informando que la comida que solicitó estaba lista y que le esperaban en el comedor.
Don Íñigo baja las escaleras y encuentra a todo el personal de la cocina esperándole en el comedor. En un rincón un poco alejado de todos, se encuentra Jacinta, mirando con curiosidad, igual que los demás, mientras en la enorme mesa le espera un tazón enorme con el humeante caldo con el pescado que él mismo había pescado. Toma asiento y comienza a saborearlo, el fuerte olor de la carpa le llega y le permite obtener un sabor más explícito del espécimen, las suaves verduras que lo acompañan y el especiado caldo. Al terminar la porción, se dirige a la señora Matilde:
-¿Usted cree que el caldo sobrante alcanza para todos?
Doña Matilde lo mira con completa extrañeza, pero finalmente responde:
-No señor, alcanza apenas para otras dos personas.
-Entonces quiero que se prepare más, que puedan todos los que trabajan aquí comer al menos una porción del tamaño que la mía.
Las mujeres no pudieron evitar dejar salir las diferentes exclamaciones de sorpresa y alivio, pues se demostraba que el caldo había sido de su agrado.
-Espero encontrar a todos instalados en esta mesa a mi regreso, pues compartiré con todos la comida en este horario cada día. Me gustaría que cada uno me expusiera los detalles que hace falta mejorar en la casa y cada fin de semana, los ganaderos, agricultores y pescadores compartirán conmigo de igual manera. Esperen mi regreso.
El señor sale de la casa y deja a todos anonadados, ellos conocían muy bien a don Francisco y era querido por todos por sus modales y su facilidad con todos, pero no esperaban del nieto un comportamiento similar. Doña Matilde, sin dejar de mirar la puerta, pide a todos los ahí congregados movilizarse con los ingredientes del caldo, para prepararlo a la brevedad posible y no decepcionar al señor.
Jacinta sale de la casa y lo mira caminar por el camino principal, alejándose y tomando dirección al viejo sauce, con palpitaciones cada vez más fuertes y agitadas, se dirige al camino por detrás de la casa, para llegar antes y mirar lo que el señor tenía planeado hacer.