El frío de las piedras tan grandes y llenas de humedad, rápidamente le hacen perder el calor ganado por el caldo que comió y por permanecer dentro de la casa, don Íñigo camina firmemente entre la grava y la hierba del campo, evitando rocas grandes y desiguales, mira el paisaje a su alrededor tan lejos como le permite la vista, admira las nubes, las montañas y cerritos, el abundante lago y sus islas, al mirar hacia atrás, ve que el camino baja en pendiente ligera y larga, dejando a la hacienda cuesta abajo. Él avanza disfrutando del aire frío que roza agresivamente sus mejillas, notando la resequedad en su piel, cae en cuenta de que la vida que se lleva aquí es indómita si se compara con la vida de la ciudad, llena de finura y modales pero siempre vacía y competitiva. Es entonces cuando concuerda con su abuelo, este es sin dudas un paraíso, un lugar que te permite disfrutar el proceso del fruto del trabajo. Don Íñigo aprendió de su gente que, en el lugar donde ahora tendrá su hogar, se venera tanto a la vida como a la muerte, todo el año comparten conversaciones, bromas y lazos afectivos de diferentes índoles y durante unos días celebran a la muerte y a sus difuntos, hacen un gran festival que ni siquiera necesita organización, todos saben qué hacer y cómo llevarlo a cabo. Y al final, todo transcurre casi perfecto.
Poco a poco, se va acercando al viejo árbol seco, saca de su abrigo la ramita que la muchacha le regaló, va hasta el árbol y descubre que en realidad no está seco, sino que perdió ya todas sus hojas, nota la corteza demasiado húmeda, como si estuviera más cerca del lago de lo que está realmente, también se da cuenta de que la ramita está demasiado seca para haber sido cortada en no menos de seis meses atrás. Comienza a rodear el árbol inspeccionando la inusual corteza, por la forma de las ramas y de la corteza deduce que se trata de un viejísimo sauce, de al menos tres centenares de edad, agredido por los elementos y el tiempo. Nota en el suelo que la tierra está apisonada (que ha sido pisada constantemente), el lugar está aromatizado de flores de cempasúchil (tagetes erecta, flor utilizada en el rito de día de muertos en México), también restos de una resina seca que se usa para quemar y sahumar sitios, ambas de un aroma particular y fuerte. Se inclina para tomar del piso una pequeña parte de la resina, conocida como copal, la acerca a su nariz para percibir mejor su olor.
Cerca del sitio, detrás de una roca particularmente grande, se encuentra Jacinta, mirando a hurtadillas lo que hace el señor, realmente parece tener curiosidad por aquel mundo tan lejano para los ricos, así que decide acercarse, es el momento.
Íñigo advierte que la niña se acerca a él, sin duda lo ha seguido, también sabe que es momento de tener una charla con ella.
Jacinta camina despacio, pero con seguridad, es evidente que conoce el sitio, don Íñigo permanece mirando el tronco, intenta no intimidar a la chica, sin saber que su sola presencia es suficiente para ponerle los nervios agitados. Ella llega y toma asiento en el suelo frío y quizás húmedo.
- No deberías sentarte en ese piso, podrías enfermarte.
- Estaré bien, estoy acostumbrada. Además, estos días la niebla del frío no se acercará al árbol, es la otra niebla la que vendrá y esa es calientita.
Íñigo tarda un par de momentos en darse cuenta de lo que ella dijo, así que la mira por primera vez desde que llegó a su lado.
- ¿A qué te refieres?
- Esta época está llena de lo que usted llama mitología, pero no de la griega, sino de la de esta tierra.
- ¿Mitología griega? ¿la conoces?
- Claro, su abuelo me enseñó, dijo que quería que alguien supiera un poco de historia, porque a usted le gustaba.
Don Íñigo siente que de pronto su cara de calentó, sabe que su cara enrojeció, recuerda muy bien la sensación, pues de niño la gente no paraba de darle halagos. Jacinta sonríe ante su reacción.
- En el pueblo hay un pequeño grupo de personas que realmente son indígenas, su abuelo me enviaba mucho con ellos, quería que yo no olvidara mis orígenes, hasta que supe el porqué. En este país existen muchísimos mitos, leyendas y cuentos, que los antepasados creían que eran reales, algunos sí son verdad.
Él nota que ella de pronto cambió su tomo, por uno más bien nostálgico.
- Podrías contarme, realmente me has intrigado.
- Hace muchos años, éste árbol no era un árbol, sino un hombre, un guerrero que se enamoró de quién no debía. Ella era portadora de una fuerte profecía, la de la Media Luna.
- No conozco esa leyenda. Nunca escuché hablar de ella en el colegio ni en los círculos sociales que frecuentaba. Ni siquiera en las cartas del abuelo.
- Esa leyenda estaba tan protegida, que sólo unas pocas personas aquí sabían de ella. Dice que una niña nacerá con una marca que la señala como elegida, esa marca es tan extraña, ya que cada semana cambia su forma, siguiendo las fases de la luna. Su abuelo tuvo que enseñarme un poco de astronomía, para entender qué tan exacta era.
- ¿Lo era?
- Si, tan exacta, que le voy a pedir que mire en el cielo a la luna, y le mostraré algo.
Don Íñigo mira entonces al cielo y, como si se tratara de un mandato divino, un espacio entre las nubes mostró por breves momentos a la luna, mostrando claramente que se encontraba en cuarto creciente. De pronto, ante sus ojos, Jacinta muestra su muñeca y un nítido lunar exactamente igual a la luna en cuarto creciente. Él la mira completamente impresionado.
- Esto es imposible, ¿Cómo?
- Resulta que a su abuelo le encantaba reunirse con esas personas, él adoraba platicar con ellos, le llegaron a querer y a respetar tanto, que le contaron todos los secretos que ellos poseían, incluyendo la leyenda. Así, cuando yo llegué a la hacienda, él supo quién era yo. Me llevó con los ancianos del pueblo, quienes revisaron mi marca y decidieron que yo era la niña de la profecía. Él también dedicó muchos años a enseñarme, él quería que usted y yo nos conociéramos, y que usted supiera de la profecía. Por eso lo seguí cuando vi que se dirigía hacia este lugar.
- Eso lo explica, pero, ¿en qué consiste esa profecía?
Antes de que Jacinta comenzara el relato, mira un momento hacia el cerrito un poco más adelante, donde ella percibe salir a la niebla de una pequeña cueva muy escondida. Ella sonríe al saber que los espíritus desean que ella continúe con lo que debía.
- Antes de que comiences, - dice Íñigo.- Me gustaría saber tu nombre, pues hasta ahora no lo sé.
- Me llamo Jacinta. Su abuelo así lo decidió.
- Gracias, Jacinta.
- Tengo entendido que la profecía apareció unos años antes de la conquista Española, hasta ese momento sólo contaban con los escritos hechos por los primeros sacerdotes, o brujos, como les llamaban los europeos. La profecía decía que la niña que naciera con la marca, dada por Tata Juriata, el dios del sol, debía llevar a cabo un sacrificio de sangre cada mes para lavar una gran penuria, debido a que en aquella época no habían presenciado la profecía llevarse a cabo, mal interpretaron la situación, ellos creían que la joven debía sacrificarse por su pueblo, para lavar los desastres provocados por ellos mismos. Al parecer esa profecía estaba destinada a la gran conquista, pues después se supo que los europeos entraron a puertas abiertas a través de un engaño, que provocó una gran matanza, enfermedades, miseria a nuestra gente… Ése error les costó demasiado. Pues la niña que portaba la marca, creció siendo preparada para ser sacrificada, no para realizar sacrificios de sangre, como sacerdotes fue un grave error de interpretación, pues ella jamás vio en su vida a un hombre, así que se enamoró del primero que ella vio, un guerrero que espiaba los vaivenes de las comitivas en el día del sacrificio, ellos atacaron y mataron a todos, excepto a la mujer. Ellos huyeron juntos, hasta este lugar, donde los sacerdotes los esperaban y los maldijeron…
- Esas personas del pueblo, ¿Tenían toda esa información guardada?
- Exacto, ¿qué persona ajena a ellos comprendería la gravedad de algo así? El último sacerdote de su estirpe, aún vive, la gente dice que es un brujo, pero en realidad él es de una r**a diferente, según ellos los sacerdotes de esta región fueron especialmente creados por Tata Juriata y fue él quien les enseñara todo lo que sabían, las artes de hacer magia, adivinación, curación; como castigo, Tata Juriata les quitó muchas de sus habilidades, los dejó prácticamente ciegos, pues no eran para nada comunes, ellos nacían sabiendo muchísimas cosas. Así que vieron caer a su pueblo por enfermedades para las que no conocían cura y armas para las que ningún escudo estaba preparado.
- Entiendo, ¿Saben ahora cómo debía llevarse a cabo la profecía, entonces?
- Si. Con la llegada de diferentes culturas provenientes de Europa, llegaron también otras maneras de hechicería, como ellos llamaban, se trabajaron los escritos dejados por aquellos que describieron la profecía y se concluyó que se trataba de un ritual que la elegida debía hacer, tenía que ver todo con los ciclos lunares y con el ciclo de las mujeres, no se trataba de un sacrificio. Ése fue el fatal error, asesinaron la fuente de su salvación. Ahora, la gente aún no se recupera de ese duro golpe, tanto a sus creencias como a sus vidas futuras, cada vez más gente es miserable por su condición, se vienen tiempos en los que se vivirán peores situaciones, sólo el grupo del pueblo son descendientes directos y puros de aquellas personas, los demás somos todos mestizos.
- Espero que algún día pueda conocerlos, me gustaría saber algunas cosas.
- Seguro lo hará, ellos lo están esperando, desde que su madre dejó de traerlo, ellos le esperan para continuar su aprendizaje…
- ¿Qué aprendizaje? He de decirte que tengo muy pocos recuerdos de mi abuelo, lo demás está olvidado.
- No se preocupe por eso, ellos saben cómo despertarle esos recuerdos.- Jacinta sonríe cálidamente.
Para ese momento, la niebla ya está demasiado cerca, tanto que le sorprende que el señor apenas la percibiera, su sorpresa es fácilmente visible, ella se pone de pie y se acerca a la neblina con suavidad reverencial, hasta quedar cubierta por ella, es cuando Jacinta cierra sus ojos y pareciera flotar dentro de una densa nube. Él se incorpora también y se acerca a ella, nota la suave humedad de la niebla y, tal como ella decía, no estaba fría, sino cálida, se sentía casi como el calor de una persona, reconoce un suave olor de agua limpia, no del lago, sino al agua de los manantiales que nacen de la tierra, él cierra también sus ojos, y ante él aparecen un hombre y una mujer, ambos muy jóvenes, ellos le sonríen y hablan en lenguas que él no conoce, pero intuye las palabras de ánimo y aliento que ellos le dan, sonríe para ellos y se deja llevar por sus voces, se siente flotar igual que Jacinta, ya no siente el frío de la intemperie, ni el cansancio de andar, ni la humedad del suelo adherida a sus pantalones.
Unas manos suaves le tocan el rostro y él despierta de una dulce ensoñación, lentamente abre los ojos y mira el delicado rostro de Jacinta, ella le observa despertarse y le ayuda a ponerse de pie, notan que el sol se está ocultando por el horizonte y ambos se apresuran a ir a la casa, y al delicioso caldo que les espera…