El divorcio

1848 Words
POV Luciana Cuando desperté, un suspiro escapó de mis labios antes de que pudiera evitarlo. Sabía el día que me esperaba. La luz del sol se filtraba por los ventanales, iluminando la amplia habitación en la que había pasado la noche. Me incorporé lentamente, apartando las sábanas con cuidado. La tela del pijama que la señora Higgins me había proporcionado era suave y cómoda, algo que me hizo sonreír en agradecimiento. Apenas había apoyado los pies en el suelo cuando escuché un leve golpe en la puerta. —Adelante —dije con voz aún adormilada. La puerta se abrió con suavidad, y para mi sorpresa, Alaric ingresó con paso tranquilo. Detrás de él, la señora Higgins lo seguía con una caja entre sus brazos. —Buenos días, linda—saludó la señora Higgins con una sonrisa amable—. ¿Tuviste un buen descanso? Me puse de pie rápidamente, alisando instintivamente la tela de mi pijama. —Sí, gracias —respondí con educación—. De verdad agradezco que me hayan permitido quedarme. Alaric inclinó levemente la cabeza, su expresión era serena, pero aún así llena de seriedad —No hay nada que agradecer —respondió con naturalidad—. Eres la nueva ama y señora de esta casa. Mis ojos se abrieron levemente ante la seguridad con la que lo dijo. Pero antes de que pudiera formular una respuesta, la señora Higgins intervino con su característico tono dulce, pero firme. —Y como tal, querida, debes vestir como una reina. Su mirada descendió hasta mi atuendo, y no pude evitar hacer lo mismo. Era cierto. Solo tenía el pijama y la ropa que traía ayer. Quizá no lo había pensado hasta ahora, pero no tenía absolutamente nada conmigo. Alaric pareció notar mi ligera incomodidad y desvió la mirada hacia la caja que la señora Higgins llevaba en sus brazos. —Por eso traje esto —agregó con tranquilidad. Se acercó con paso seguro y tomó la caja de las manos de su nana, extendiéndola hacia mí. —Es para ti. Mis dedos se detuvieron sobre la superficie de la caja, dudando por un instante antes de abrirla. Cuando lo hice, mis labios se entreabrieron levemente, sin poder articular palabra. Dentro, cuidadosamente doblado, había un vestido hermoso. La tela tenía un brillo sutil bajo la luz de la mañana, y los detalles eran tan delicados que parecían bordados a mano. Era elegante, pero sin ser ostentoso, hecho a la medida de alguien que debía destacar sin esfuerzo. Me quedé sin aliento. —Es… hermoso —murmuré finalmente, sin saber qué más decir. Sentí la mirada de Alaric sobre mí, expectante, pero también paciente. —Espero que te guste —dijo con voz baja, pero firme—. A partir de hoy, esta es tu casa, Luciana. No quiero que pienses ni por un segundo que eres una invitada pasajera. Mis manos se cerraron ligeramente sobre la tela del vestido. —Me alegra que te guste —respondió con calma. Apreté un poco más la tela entre mis manos, pero de repente una idea cruzó por mi mente, robándome la ilusión del momento. —Pero… —mi sonrisa se desvaneció un poco—. Tal vez no sea adecuado usar algo así para la firma de mi divorcio. La habitación quedó en un breve silencio. Pero Alaric no reaccionó como esperaba. En lugar de mostrarse sorprendido o incómodo por mi comentario, se acercó a mí con una calma imperturbable. Sin apartar su mirada de la mía, introdujo una mano en la caja y sacó el vestido en su totalidad, dejando que la tela cayera con elegancia en el aire. Fue entonces cuando me percaté de su color. Rojo. Un rojo intenso, vibrante, apasionado. Me quedé sin palabras al verlo desplegado ante mí. Era un vestido que no pasaba desapercibido, que capturaba miradas y exigía presencia. Mi primera reacción fue pensar que no debía usarlo. Pero entonces Alaric, con su seguridad, inclinó levemente la cabeza y afirmó con determinación: —Puedes usar lo que quieras, Luciana. No hay reglas sobre cómo debes vestir hoy. Su voz fue firme, pero no autoritaria. Era una afirmación, pero también una invitación. —Además… —continuó, su mirada recorriéndome de arriba abajo con apreciación genuina—. Te hace lucir increíblemente hermosa. ———————— POV Camilo El reloj avanzaba con una lentitud exasperante. Estaba sentado en la sala de mi casa, golpeando los dedos contra el brazo del sillón mientras mi abogado revisaba los documentos sobre la mesa de centro. La impaciencia se apoderaba de mí con cada minuto que pasaba. —¿Estás seguro de que todo está en orden? —pregunté sin rodeos, dirigiéndole una mirada penetrante. El abogado alzó la vista apenas unos segundos antes de responder con calma: —No hay de qué preocuparse, señor. La mayoría de las acciones y la casa están a su nombre. Apreté la mandíbula, exhalando lentamente. Eso significaba que Luciana no tendría mucho que reclamar. El proceso sería rápido. Limpio. Exactamente como debía ser. Y sin embargo… Volví a mirar la hora en mi reloj de mano. Luciana debía estar por llegar. De pronto, el sonido de la puerta resonó en la casa. Me puse de pie de inmediato, sintiendo un ligero cosquilleo en el estómago. —Debe ser ella —murmuré, enderezando la espalda y dirigiéndome a la entrada. Pero al abrir la puerta, mi expresión cambió drásticamente. En lugar de Luciana, me encontré con dos hombres cargando paquetes. Muchos paquetes. Fruncí el ceño de inmediato. —¿Y ustedes qué se supone que quieren? Los hombres, que llevaban uniformes de una tienda de lujo, apenas abrieron la boca cuando escuché el sonido de pasos apresurados detrás de mí. —¡Finalmente llegaron! —la voz chillona de Bibiana interrumpió el momento mientras ella se apresuraba hacia la entrada. Vestía un camisón de seda y su larga cabellera se movía con cada paso emocionado que daba. Sus ojos brillaban con entusiasmo mientras observaba los paquetes con la misma devoción que un niño mira los regalos de Navidad. Me giré lentamente hacia ella. —Bibiana… —pronuncié su nombre con una mezcla de exasperación e incredulidad—. ¿Fuiste tú quien hizo esto? Ella se giró hacia mí con una gran sonrisa, juntando sus manos como si fuera una niña traviesa descubierta en plena travesura. —Solo son unas cositas que necesitaba… Mi mirada bajó a los paquetes. Algunos tenían nombres de marcas costosas. Entre ellos se distinguían cajas largas y planas, probablemente vestidos. Otras más pequeñas llevaban el logo de una joyería de renombre. —¿Unas cositas? —repetí con sorna, cruzándome de brazos—. Esto parece una maldita boutique. Bibiana frunció los labios, pero en lugar de discutir, parpadeó un par de veces y adoptó una expresión de dulzura. —Camilo… —su tono se volvió meloso mientras se acercaba y entrelazaba sus brazos alrededor del mío—. No te molestes, ¿sí? Solo son regalitos para transmitirle mi alegría al bebé que está formándose en mi vientre. Dijo esto último con una voz tan suave y temblorosa qué no me pude resistir. Solté un suspiro pesado. No estaba de humor para discutir con ella. No ahora. No cuando en cualquier momento llegaría Luciana. —Está bien, Bibiana… —dije al final, apartando su mano con delicadeza—. Haz lo que quieras. Ella sonrió victoriosa y chasqueó los dedos en dirección a los hombres. —Pueden dejar todo en la sala. Los empleados no tardaron en obedecer mientras yo volvía a pasarme una mano por el rostro, tratando de contener el cansancio mental que me producía esta situación. Y entonces, justo cuando los hombres terminaban de acomodar los paquetes, el timbre sonó de nuevo, imaginé que se trataba de otro producto que Bibiana había mandando a pedir, de modo que solo ordené a una de las empleadas abrir la puerta, mientras yo volvía a sentarme. Sin embargo, mi imaginación había estado lejos de atinar. Al cabo de unos segundos, la empleada volvió donde yo me encontraba con el abogado, dando paso a una figura majestuosa de porte elegante y a la vez deslumbrante. —¿Luciana? —quedé con los ojos bien abiertos, incluso mi respiración se había detenido. Un vestido rojo. Rojo intenso. Rojo fuego. Rojo que gritaba desafío y poder. Era elegante y ceñido en la medida exacta para resaltar cada curva de su cuerpo sin ser vulgar. Curvas que nunca me había tomado el tiempo de ver cuidadosamente. El vestido parecía querer fundirse con su piel como si estuviera hecho exclusivamente para ella. El escote era sutil, pero suficiente para llamar la atención sin pedir permiso. Era un atuendo que no debía estar usando. No para firmar un divorcio. No para encontrarse conmigo. No para lucir así frente a mis ojos. Apreté la mandíbula con fuerza, sintiendo que la rabia se acumulaba en mi pecho. Pero antes de que pudiera articular una sola palabra, algo más captó mi atención. Detrás de ella, ingresó con gran porte y elegancia un hombre que no esperaba ver. Alto, con una postura impecable y una presencia imposible de ignorar. ¡Alaric Vitale! Mordí mis labios, recordando nuestras diferencias y enemistad. Mis ojos descendieron a sus manos. Las manos de Alaric sujetaban con seguridad la de Luciana. El aire a mi alrededor pareció volverse más denso. De golpe, me puse de pie, yo no podía tolerar esto. —¡¿Qué demonios significa esto?! —rugí, sintiendo cómo la furia hervía dentro de mí. Luciana no se inmutó. No bajó la mirada. No retrocedió. En su lugar, entrelazó sus dedos con los de Alaric y esbozó una sonrisa tranquila. —Significa que vengo acompañada de mi prometido. Mi mundo se detuvo. La sangre en mis venas pareció congelarse por un instante antes de arder con una intensidad que no supe controlar. —¿Tú qué? —mi voz salió más baja, más peligrosa. Luciana inclinó levemente el rostro, como si disfrutara del impacto de sus palabras en mí. —Mi prometido, Camilo. Alaric y yo vamos a casarnos. —Señor… El abogado vió que mis manos empezaban a temblar sobre mis rodillas y trataba de hacerme mantener la calma, pero era imposible. —¡Esto es imposible, Luciana! ¡¿Cómo puedes casarte?! ¡No puedes hacerlo! —¿Perdón? —Sé supone que apenas ayer estuviste aquí… ¡Tú no puedes venir a decirme que te casarás! ¡Y menos con él! —Deberías mantener la compostura, Camilo. Creí que esto sería una firma tranquila. —¡¿Cómo puedes decirme eso cuando estás faltándome el respeto?! —¿El respeto? —ella soltó una ligera carcajada—. ¿Entonces esperabas que me echara a llorar por tu engaño? Apreté los puños con tanta furia que mi rostro se enrojeció. —Pues lamento que tu mente sea tan primitiva, Camilo. Crecí con suficiente amor como para estar mendigando por el tuyo. Yo elegí rehacer mi vida, así como tu lo hiciste.
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