El taxista frena frente a mi casa y tras pagar, bajo, asegurándome que no se me haya quedado nada. Rodeo la mansión para aparecer en el jardín trasero.
Me encuentro a todos mis tíos reunidos y los primos, menos Logan, obviamente.
―Papi ―le grito a mi padre con la única intención de que mi madre salte.
―Papá, nena, papá ―corrige―. ¿Cuántas veces más te digo amor que es mi papi y tú papá?
Sonrío antes de besarlos a ambos.
El amor grande, el más puro, el más infinito es el que he visto en esos ojos durante mi crecimiento. Sé la historia de mi madre y todo lo que se negaba a comprometerse y aún más, a ser mamá. Sin embargo, agradezco, porque es la mejor. Mi padre es mi mejor amiga, versión hombre. No hay nada que le oculte o no hable con él… bueno sí. Lo mismo que le oculto a todo el mundo. Es ejemplar y da unos consejos, que si no fuese por mi locura, estoy segura que ganaría mucho más en mi día a día.
Paso a saludar a mi tía Keira. Tengo que agregar algo y es que, de todas mis tías, esta mujer es mi favorita. A la semana paso a verla cuatro veces y si no es suficiente, me llama al otro día.
Antes de mirar siquiera a mi prima Kim, corro hasta abrazar a mi peque Reed. Ya tiene cuatro añitos y destaca los atractivos genes que le ofrecieron sus padres. Sonríe mientras lo lleno de besos y solo así, es que lo suelto. Es entonces, que abrazo a mi prima Kim. Tan hermosa, a sus veintisiete años. Antes de saludar a Reese tomo la preciosa niña que tiene en sus brazos. Mia. La menor de los hijos de Kimberly y Reese tiene dos añitos. La lleno de besos de igual manera hasta que sonríe.
―Me falta mi Lia-bear ―aseguro.
―Cómo sigas dándole para leer esos libros, no la encontraremos nunca más en una reunión familiar ―expresa Reese.
―Alguien por aquí me ha obligado a soltar la lectura ―comento mirando disimuladamente a mi padre―. Oblígala.
―Tú qué crees ―dice Reese con una sonrisa.
Saludo a mis tías Eileen y Alessandra. Los libros son un motivo por los que, los días que no tengo pendientes, paso por la editorial de mi tía Ale. Mi tia Ei, es un amor de persona y no deja de llamarme cuando pasa dos días sin verme.
Sigo con mis tíos Liam y Dylan. Tengo el presentimiento que mi tío Liam sospecha mi juego con Logan, pero parece dejarlo a nuestra decisión.
Saludo a mis tíos Gabi, Ryan y a mi primo Rylan. Últimamente viajan mucho por cuestiones de trabajo.
Mi prima Ashley me sonríe desde su sitio esperándome con los brazos abiertos. Nos envolvemos en un abrazo en el que no nos soltamos hasta preguntarnos como nos va la vida.
John era el último. Mi primo mayor tenía un carácter singular. Tal vez era el vivo reflejo de su padre; sin embargo, cada vez que me veía me recibía igual, cargándome en sus brazos.
― ¿Te encuentras bien mi enana? ―pregunta.
Para John, Lia y yo erámos su maldita perdición. No hay nada que no hiciese por nosotras. Se comporta como un típico hermano mayor.
Con Ashley se comporta diferente y no sé por qué. Como si hubiese un sentimiento feo entre ellos. ¿Odio? Tal vez. No entiendo, cuando somos una gran familia.
¡Exacto, Allison, esa palabra: familia! ¡Estás loca por un rubio que desde niño se criaron como primos! ¡No lo es, pero deberías tenerlo en cuenta!
―Sí, mecarito ―aseguro antes de sentir un azote en mi nalga, el cual me hizo voltear veloz.
Maldita sea esta enana.
Mi rostro de confusión hace que Lia se ría a carcajadas. He aquí la única que sabe mi jodido secreto, el que les oculto a todos. Generalmente, las amigas comparten cosas emblemáticas, como prendas, conjuntos o tatuajes. Esta niña y yo, los mismos trastornos mentales y el gusto culposo por esos libros y personajes ficticios.
John carga a Lia y esta le pregunta bajo por Lucas. Lucas es amigo de John y Lia está enamorada hasta los huesos de ese chico de veintitrés años.
―Seguro viene a buscarme más tarde. Les he dicho mil veces que no sean tan obvias con los chicos ―nos regaña John―. Se aprovecharán de ello y jugarán con ustedes.
―Cuándo una chica está enamorada es así…
―Si la chica está enamorada, controla sus emociones delante de él y empieza a jugar su propio juego. Él cae. Recuerden, ustedes tienen la capacidad de hacerlos perder el control.
― ¿Ya te hicieron perderlo, mecarito? ―indago.
―Soy inmune, enana ―asegura sonriendo antes de pasar de nosotras.
― ¿Qué hiciste en la mañana, Ali-bear? ―pregunta Lia.
―Jugar ―cuento mirando la mesa de los aperitivos, que se ubicaba a tres pasos.
― ¿Jugar con qué? ―interroga.
―Con mi co…
―Cállate ―me interrumpe.
Otra particularidad que debo destacar de mi persona y descendencia es que, como mi madre, no se me debe hacer preguntas que las respuestas que lleven al doble sentido. Siempre me iré por ahí.
―Demasiado tarde ―comento―. Jugué con mi coño.
―No tienes un puto filtro, Allison Fernsby ―comenta antes de marcharse con una sonrisa.
Aprovecho que todos están ensimismados en una conversación para sentarme en el césped a continuar mi lectura.
Había llegado el momento, ese momento tan jodidamente cruel en el cual, el hombre que solo tiene como planes follar se sube de prisa el jeans, toma su camisa y ni siquiera se la cierra antes de cruzar el umbral de la puerta. No había un «después te llamo» «un beso»
Lo peor de todo era que yo estaba enamorada de él. Que solo necesitaba más que atención cinco putos minutos o quizás menos, depende cuanto necesitaba para correrse. Que tenía planes, planes que para otros eran estúpidos, pero para mí, estaban llenos de una esperanza infinita. Que le había entregado todo, con todos mis miedos incluidos, pensando que de esa manera no me haría trozos la vida.
―Lo peor de todo era que él tenía más que un deseo por ella ―dice detrás de mí y yo, no requiero fijarme para saber quién es. Reconocería esa voz al instante―. Que le volvía loco como a través de la palabra inocencia lograba sacarlo de su control. Que le quería romper la vida en mil pedazos, a ver si de esa forma, dejaba de ser tan persistente. Porque joder, le estaba costando mantenerse cuerdo. Sin embargo, era el no querer hacerle daño también el único motivo por el que se limitaba a eso.
Logan Hamill.
Anotamos más particularidades al increíblemente sexy rubio. El encontrarnos después de que yo me masturbara delante de él, no implicaba una situación distinta a la de ser primos.
No era la primera vez, ni siquiera aunque el encuentro no fuese familiar; como la frase «lo que pasa en Las Vegas se queda en Las Vegas». Pues, «lo que pasaba en su departamento se quedaba en su departamento» No se debatía después, no quedaba nada después.
Dos jodidos años, jugando con mis propias manos para el placer de ambos. Dos jodidos años en los que él con sus propias manos no me ha tocado el cuerpo para darme placer. Dos increíbles años en los que él se mantiene así, retorciéndose por mis actos sin explorarme.
Y no, no es porque sea un hombre correcto. Es porque el verme desde que era una niña y crecer juntos le limitan a hacer cualquier movimiento con respecto a mí.
¿Lo admiro por ello? No.
Necesito un hombre, como esos que leo en libros y me hace frustrarme día a día en la realidad. Un hombre de esos que te destrozan la vida con sexo, susurros provocativos, voz demandante, obsesión desmedida con tu cuerpo, ganas incontenibles, órdenes tentativas, protección inigualable, deseo ciegos. Esas jodidas bestias que te miran con devoción y hambre como si en el mundo no hubiese nada más atractivo, más encantador, más especial.
Este tío de veintiuno y rubio, es ese típico hombre que me pondría a delirar entre la realidad y la ficción. Creo que merezco ese delicioso placer. Y como soy una chica atrevida y segura, voy a por ello.
Cada día, cada movimiento, cada mirada, cada juego será un paso para provocarle la rendición. Lo volveré tan jodidamente loco, que los pensamientos a los que se aferra, se irán con mucha prisa.
En estos dos años, aprendí a conocer mi cuerpo, a conocerme a mí. El observó el proceso pero es justo ahora donde estoy en mi mejor punto. Es justo ahora donde batallar se le vuelve difícil y como buena estratega, lo haré más.
―Tal vez ella sí necesitaba que ese chico le destrozase la vida ―comento con la mirada aún en el libro―. Con toques brutales, con folladas lentas, con cogidas salvajes, con orgasmos bestiales. En ningún momento exigía primero amor.
― ¿Por qué creía ella que era capaz de vivir con sexo, sin caricias encantadoras? ―pregunta él a mi espalda, enviando corrientes a mi cuerpo a través de mi oído.
―Porque era una chica segura y tomaría todo lo que tiene para dar ese chico.
―No debería esperar, tal vez el chico nunca le entregue todo lo que ella quiere ―susurra antes de marcharse.
A las chicas como yo cuando les dices un no, automáticamente entienden «lánzate de cabezas, nena, que tú lo puedes todo»