«No puede ser» pensó Majo, su cuerpo tembló por completo, al momento que llegó a Mompox, recordó que Sebastián fue alcalde de aquella ciudad en el pasado, la piel se le erizó. Cuando bajó del avión, afuera del aeropuerto les esperaban varios autos blindados, en color n***o, se sintió como en una película de narcotraficantes. —¿A dónde iremos? —indagó, se sacó las gafas y miró a los ojos de Arismendi. —A un municipio a una hora y algo más, no te puedo decir el nombre, lo sabrás cuando lleguemos —respondió. Majo asintió, agarró con fuerza su bolso, inhaló profundo, era la única mujer con todo ese ejército de hombres que parecían agentes del FBI. Uno de los escoltas de Salvador le abrió la puerta de la SUV, Majo subió y al lado de ella se acomodó Arismendi. El abogado notó que Maj

