A eso de las doce varios colegas que estaban intoxicados por completo tuvieron que retirarse y los cinco que quedaron, entre esos mis amigos, empezaron a bailar con unas chicas a quiénes les hacían ojitos hace rato. Ambas eran atractivas, lo cual es raro en ellos. En otro momento habría hecho lo mismo, pero supongo me había entretenido mucho con el rubiecito, un posible futuro amigo o quién sabe. Esta noche había sido muy distinta y ni sabía por qué.
Quedamos solos los dos en la mesa y pedí las séptimas cervezas de la noche. El después de la segunda dejó de protestar y ya lucía algo alegre.
—¿No te da calor esa ropa? —pregunté y él me miró confundido.
—Aquí hay aire acondicionado.
—Pero llevas un jodido abrigo de animal print. Vistes como drag queen de los 80.
—¿Es un cumplido u ofensa? —preguntó entre risas y me encogí de hombros.
—Cumplido. Digo, supongo sabes que eres lindo. Tu cara, cuerpo. Sí, estás bueno —admití mirándolo de pies a cabeza y él pareció tensarse, pero no me arrepentí en lo absoluto de lo que dije.
Jamás me arrepiento de nada.
—Nunca un hombre me había dicho “que estoy bueno”.
—Entonces, ¿quieres que mienta?
—No, pero… es extraño.
—¿No sabías que un hombre puede apreciar la belleza de otro hombre? —pregunté y él pareció sonrojarse, pero lo disimuló de forma fallida.
—Bueno, gracias supongo…
—¿Tienes novia?
—No, ahora no. ¿Tú sí?
—Solo tengo ex novias y enemigas, una está presa, pero eso no importa. ¿Y tienes novio?
Rompió en risas al escucharme y lo miré más fijamente. Sé que estábamos muy cerca, pero él no parecía notar la peligrosa cercanía entre nosotros. No sé qué tenía este sujeto, pero me parecía deslumbrante.
—No soy gay, ¿tú lo eres?
—Yo soy muchas cosas. Según mi mamá soy lindo, la octava maravilla moderna, pero según mi papá soy un miserable por negarme a unirme al ejército y mi abuelo aún no me perdona por eso. En la empresa me ven como un alborotador y creo que tu abuelo me ve como revoltoso. ¿Tú que crees que soy?
—Eres una persona muy rara…
—Mira quién habla. Te pareces a Prince.
—Jajá, ¿Prince?
—Sí. ¿Bailamos o qué? —pregunté sujetando su mano y sus mejillas se encendieron como focos.
Miró de forma nerviosa mi mano sujetando la suya, pero aun así no retrocedí ni un poco.
—¿Es normal bailar con otro hombre?
—¿Por qué sería anormal? No tengo lepra, sida, ni nada de esas cochinadas, así que, ¿bailamos o qué?
De nuevo, rompió en risas al escucharme y se puso de pie, lo hice también.
—¿No nos verán raro por bailar? —preguntó y me encogí de hombros.
—Si alguien nos mira mal, le rompo toda la cara y la espalda —dije y me miró divertido.
—Están varias personas de la empresa también…
—¿Mis amigos? Bueno, si miras fijamente notarás que ambos ya están besando o manoseando desconocidas y el tercero del fondo, Emanuel, baila con oscuras intenciones con una mujer que parece hombre, así que no te preocupes.
—Está bien… —accedió de forma insegura y jalé su mano para meternos entre la gente.
Sonaba una canción que desconozco, pero era algo como tecno. Bailamos un largo rato varias canciones y él pareció relajarse e incluso disfrutarlo porque reía mucho. Sé que bebimos tal vez mucho, me sentía sobrepasado, aunque no al punto crítico en que estaban mis amigos. Noté algo curioso, por qué no quería beber Elijah.
Se ríe mucho estando ebrio y se desinhibe por completo, ya no parecía estar preocupado por el qué dirán, pero claro, el estar ambos sobrepasados no sería la mejor combinación y terminaría de una manera inesperada.
A eso de las dos de la mañana sonó una canción un poco lenta, creo que era: The lady in red, así que me aproximé a él y lo acerqué a mí por su cintura. Él pareció sorprenderse, pero aun así no me alejó. El lugar estaba atestado de gente, tanto que costaba caminar, pero no me fijé en eso ni en nadie en ese momento, solo en este chico a quién sujetaba y me miraba nervioso con sus mejillas que no dejaban de ruborizarse más y más a medida que bailábamos esa canción.
—Qué rico que hueles —le dije acercándome a su oído y acaricié su espalda.
Sus manos que tocaban mi pecho mientras bailábamos parecieron tensarse al escucharme.
—Julián, ¿los tragos te afectaron para decirme esas cosas? ¿te pusieron coqueto?
—No, yo siempre sé lo que digo y cuándo lo digo.
—Mmm.
—Me gusta cómo hueles y lo nervioso que estás ahora mismo —le dije y se separó un poco, mirándome, pero aun así no lo solté.
Estábamos tan jodidamente cerca que podía sentir el sonido de su respiración.
—Estás alterándome y no en un buen sentido.
—¿Qué? ¿es que te excité?
—¡No! —chilló muerto de nervios y rompí en risas.
—Estoy vacilándote.
—Me perturbas.
—Bueno, tal vez no te bromeo —dije sujetando su cadera acercándolo hacia la mía y al sentir mi erección él me miró sonrojado a más no poder, pero entonces, moví su cadera con mis manos frotándolo hacia mí y pude sentir cómo se encendía de inmediato. Frotaba su erección con la mía y vi cómo su temperatura corporal subió de inmediato, su piel ardía y yo me encontraba mil veces peor.
—¿Qué… qué… ha…ces? —titubeó entre susurros y mordí su labio inferior, jadeó.
—¿Quieres que me detenga?
—Mmm, yo… —pareció bloquearse, así que con mis manos apreté su culo acercándolo más a mí y él gimió, sonreí complacido.
—Vámonos de aquí.
—¿A dónde?
—A un motel, acá a media calle hay uno. Vamos.
—Espera, espera… estoy… inseguro.
Lo escuché, pero entonces con mi mano agarré su erección que estaba a reventar a través de la tela de sus jeans y él mordió sus labios ante el deseo.
—¿Crees que voy a dejarte así de duro?
—Yo… yo… —titubeó y lo interrumpí.
—Claro que no, vamos.
Jalé su mano sacándolo del lugar y solo podía pensar en una cosa. Hoy iba a tener al rubio gimiendo por mí.