No dejaré de mirarte nunca

2758 Words
| POV Susan Robinson Apenas puedo creer lo que hice. Lo que hicimos. Mi corazón late tan fuerte que siento que se va a salir de mi pecho. Apenas respiro, apenas pienso. ¿Debería irme? ¿Debería quedarme? No lo sé… solo sé que no quiero mirarlo. Pienso en huir, pero sus brazos me envuelven y me jalan hacia él. Su fuerza no me lastima, me calma. Me sana. Mi corazón se va aquietando, pero mis ojos amenazan con soltar lágrimas. Y no puedo. ¿Cómo explicarle que lloro por él? Lloro por esto que siento, por lo que callé durante tantos años. Lo amo. Tanto que estar en sus brazos no me emociona: me duele. Me destroza, porque sé que después de hoy no habrá un mañana. No habrá nada entre nosotros. Él no puede saber que pasó la noche conmigo. Apoyo mi cabeza en su pecho, escuchando sus latidos tranquilos, seguros. Para él, esto no debió significar nada. Yo pensé que quizás…que los dos sentíamos lo mismo, pensé encontrarme con su corazón alborotado como el mío, pero me equivoqué. Es que soy una tonta. Para él solo fue una noche más. Me asalta la imagen de otras veces. De él buscando compañía, acostándose con alguna desconocida, con una cualquiera que caliente su cama. El pensamiento me corroe. No soporto imaginarlo sosteniendo a otras mujeres como me sostiene a mí. Con cuidado retiro su brazo y me alejo de su calor. Pero él vuelve a sujetarme desde atrás. —Quédate —susurra. Una corriente me atraviesa. No sé si es porque quiero quedarme o porque no debería sentir esto. Lo odio, me repito. Lo odio… pero parte de mí ruega que me corresponda, no solo con deseo, si no con algo más. —No puedo… —susurro al intentar levantarme pero caigo a la cama. Joder mi cuerpo se siente demasiado pesado. Mis piernas tiemblan y mi v****a palpita a mil por hora. ¿Qué demonios me hizo? Suspiro al darme cuenta que no podré levantarme con dignidad. —Solo duerme conmigo. Nada más. Lo miro sin palabras. Quiero hacerlo, quiero quedarme pero si me quedo dormida podría quitarme la máscara y descubrir quién soy. —Me quedaré si me prometes que no intentarás quitarme la máscara —respondo. Él asiente y toma mi mano, guiándome de nuevo a su lado. Pero lo detengo. Dudo un instante, pero termino dándome la vuelta, evitando su mirada. Siento sus manos mientras se acomoda detrás mío, su atención fija en mi espalda desnuda. No tenía otra opción, era mejor quedarme desnuda a eso que volver a ponerme el disfraz incómodo. Respiro hondo. Intento pensar en cómo voy a salir de aquí sin la ayuda de una silla de ruedas. Sonrió, al recordar todo lo que hicimos, hasta la barriga y las caderas me duelen, definitivamente Ashton no me decepcionó. ¿Por qué no tiene un pene pequeño y flácido? No creo que el amor se hubiera acabado, pero al menos sentiría decepción, no ganas de hacerlo de nuevo. Joder Susan si que quieres quedar paralítica —me reclame a mi misma. Sonreí un poco más relajada y por fin, dejé que el sueño me venciera. Cuando volví a abrir los ojos lo primero que hice fue tocar mi peluca. Aún la tenía puesta. Cumplió su palabra; sinceramente esperaba que lo hiciera. Él seguía dormido, así que aproveché para recoger mis cosas como pude. Caminé despacio, con las piernas todavía temblando. Tenía que irme antes de que volviera a despertar. No sabía si a mi casa o a un hospital, necesitaba algo para calmar el dolor. No quería una despedida. Mucho menos quería que me tratara como una mujerzuela. Prefería que esta historia se quedara como un recuerdo, uno que atesoraría hasta ser capaz de seguir adelante. Terminé de cambiarme y lo miré unos segundos antes de darme la vuelta. Quería tocarlo, besarlo, pero no podía. No sin que descubriera mi identidad. Tomé la manija y exhalé un último suspiro. —Adiós, Ashton —susurré antes de abrir la puerta. —¿De verdad? ¿De verdad piensas irte así? —preguntó detrás de mí. Me quedé helada. No quería volver la cara, no quería que mis ojos delataran lo que sentía. —Ya pasó lo que tenía que pasar —respondí sin emoción—. No tengo ningún motivo para quedarme. —¿Y entonces qué va a pasar ahora? —insistió—. ¿Vamos a fingir que no vivimos la mejor noche de nuestras vidas? ¿La mejor noche de nuestras vidas? ¿Eso les decía a todas? ¿Qué quería que hiciera? ¿Qué se suponía que debía hacer? —No sé a qué te refieres —respondí—. Nosotros solo… Su voz me interrumpió, firme. —No digas que fue solo sexo, porque sabes que no fue así —se incorporó y se acercó a la cama. No podía permitir que me alcanzara; salir era mi única salida, además de que estaba desnudo. —Debo irme —dije, girando la manija. Se levantó de golpe y a pasos rápidos se acercó a mí. —No te irás —dijo al quedar justo detrás de mí—. No te desharás de mí tan fácilmente, Susan. Susan…no, no lo dijo. Sabe quién soy. ¿Qué debo hacer? —miente y sal corriendo Susan, si eso debes hacer. —¿Qué? No, yo no… —intenté zafarme, pero sus brazos me atraparon y me obligó a girar hacia él. Sus ojos se clavaron en los míos con una intensidad que me dejó más desnuda y vulnerable que cuando estábamos en la cama. —Dime que no eres Susan —exigió con firmeza. —No sé de qué hablas —mentí. —¿Crees que no puedo reconocerte? ¿Que me acerqué a ti solo por cómo te ves? ¿Por ese maldito disfraz? —acarició mi rostro—. Tus ojos… son los ojos más hermosos que visto en toda mi vida. Negué con la cabeza; esto no podía ser real. Entonces sus manos buscaron detrás de mi cabeza la liga que sujetaba la máscara, la quitó y la dejó caer al piso. Al verme sin ella sonrió. No supe interpretar esa sonrisa. Después sus manos alcanzaron la peluca que cubría mi cabello. Con paciencia fue quitando los ganchos que la sujetaban, uno por uno, hasta que mi cabello rubio cayó libre sobre mi espalda. —No —susurré mientras sus manos tomaban mi rostro. —Ahora vas a decirme que no eres Susan. ¿Qué dirás ahora? ¿Una hermana gemela? —preguntó, con una mezcla de acusación y diversión. —¿Desde cuándo? —mi voz sonó más débil de lo que esperaba. —Desde el club. No salgo a pasar la noche con cualquiera —respondió con la calma de quien confirma una sospecha. —Entonces… ¿tú querías…? —yo intenté completar la frase. —Sí, Susan. Quise pasar una noche contigo —afirmó sin titubear. «Una noche». Solo quiso pasar una noche conmigo. —Entiendo. Creo que lo mejor será que me vaya. Amanecerá pronto y no me parece buena idea andar así por las calles —dije, obligándome a sonar práctica. —Tienes razón. Te daré algo para que te cambies, pero no te irás tan rápido, aún tenemos que hablar —contestó. Abrió el clóset y buscó entre su ropa hasta que me tendió un pantalón de buzo y una sudadera. —Gracias. Iré al baño —dije. Él asintió y tomó mi mano para guiarme. Entró conmigo y encendió la ducha; el vapor subió en nubes suaves. Se quedó detrás mío. Era casi increíble vernos reflejados en el espejo empañado del baño: dos siluetas que se buscaban. Sus manos se deslizaban por mis brazos, su boca rozaba mi cuello; la respiración le golpeaba la piel con un ritmo que me enloquecía. Sus dedos empezaron a bajar el cierre de mi disfraz. —No —respondí automáticamente—. Solo me cambiaré y me iré. ¿Puedes salir del baño? —Nos bañaremos juntos y luego comeremos algo mientras hablamos de lo que pasó y de lo que vendrá —dijo serio, sin moverse. —Ashton, esto no tiene sentido… no es como si nunca hubiera pasado la noche con un desconocido. Nos cuidamos, no hay nada de qué hablar. —¿Me vas a tratar como a un desconocido? Te conozco de toda la vida, Su. —Creo que, precisamente por eso, deberíamos olvidarlo. La convivencia en la empresa ya es complicada; no quiero más dilemas. —Yo pienso lo contrario —replicó mientras bajaba mi disfraz. Quería marcharme; debía marcharme. Pero mi cuerpo se quedó clavado al piso. Me dejé hacer. —Entonces, ¿no lo quieres olvidar? —pregunté. Él negó con la cabeza mientras seguía desnudándome con manos expertas. Cuando estuve frente a él, otra vez desnuda, sonrió. Me miré en el espejo y observé su rostro: a la luz se veía aún más atractivo. —Mírate —dijo, y yo bajé la vista hacia mi cuerpo. —¿Qué me hiciste? —exclamé alarmada al descubrir el rastro de marcas: chupetones que bajaban desde mi cuello por mis pechos hasta el estómago, hasta un camino de señales en las piernas. Parecían mapas de una noche que no iba a olvidar. —¿Cómo voy a salir a la calle así? —pregunté. —Por eso te dije que no salieras —contestó, con esa sonrisa que no era broma. —¡Ashton, qué asco! ¿Por qué hiciste esto? Eres un maldito enfermo, un psicópata, un… —mi voz se quebró en la lista de insultos. —Te marqué como mía. Desde el momento en que decidiste acostarte conmigo lo aceptaste. No hay vuelta atrás, Su. —Susan —dije, obligándome a nombrarme—. Mi nombre es Susan. —Miré mi cuerpo; la idea de volver a la oficina me produjo pánico. Ni faldas, ni blusas abiertas, nada que permitiera que se notara. Sentí náuseas, pero no pude desmayarme. En el reflejo, sus ojos me observaban con una mezcla de triunfo y algo que parecía necesidad. —¡No vamos a follar de nuevo! —exclamé pero dentro de mí, la guerra continuaba. La razón reclamaba la salida, el deseo pedía quedarse, y cada marca en mi piel era una declaración que yo había perdido la razón. Quería llorar de impotencia. Si hubiese sido cualquier otro, ya estaría camino a la comisaría. Pero era Ashton. Mierda. Mentí cuando dejé que sus manos alcanzaran mis pechos. Sus dedos comenzaron a jugar con mis pezones como si tuviera derecho a hacerlo. —¿Qué crees que estás haciendo? —pregunté, girándome con rabia para encararlo. —Se pusieron duros, así que pensé que necesitaban atención —dijo con esa insolencia que me desquiciaba. —No me toques —repliqué apartando sus manos. —Ese límite ya lo cruzamos, Su. Ve acostumbrándote —respondió con calma provocadora. —¿Y qué se supone que pasará ahora? —lo increpé—. ¿Acaso vamos a follar en la oficina también? —solté, clavando mi dedo contra su pecho. —Si tú quieres… sí —sonrió como un maldito. Yo lo fulminé con la mirada, pero terminé entrando a la ducha sin decir más. —No vamos a volver a follar. Así que mantén tus manos quietas —dije alejándome de él. —Ahora no, pero no “follar” no es una opción. Me volviste adicto a ti. Tu piel, tus pechos, tus ojos mientras te corrías, empapándome todo. Tus dulces gemidos, mientras estrangulabas mi polla en tu interior. —Ashton… —Tranquila, te ayudaré con el temblor en tus piernas, me di cuenta por cómo caminabas —comentó, siguiéndome—. Además, sí, te follé muy duro. Quería dejarte una buena impresión. Me ardieron las mejillas, no de ira, sino de vergüenza. Había estado con otros hombres, pero ninguno tenía ese poder de convertir cada palabra suya, cada gesto, en un disparo directo a mi piel. No había nada que Ashton pudiera decir o hacer que no provocara que mi cuerpo reaccionara. El agua empezó a caer con fuerza, tibia al principio, luego más fría, recorriéndome como una caricia. Cerré los ojos para recuperar el control, pero sentí sus manos apoyarse en la pared a cada lado de mi cuerpo, encerrándome. —No tienes derecho —dije con voz ahogada, el agua mezclándose con las lágrimas que no quería soltar. —¿Derecho? —sus labios rozaron mi oído, y un escalofrío me recorrió la espalda—. Tengo todo el derecho. Tú me dejaste entrar. Tú me dejaste marcarte. Su pecho desnudo se pegó contra mi espalda. El calor de su cuerpo contrastaba con el agua que resbalaba sobre nosotros. Sentí sus labios bajar por mi cuello hasta posarse en mi hombro. Mi cuerpo lo reconocía, lo deseaba, aunque mi mente gritaba que no debía. —Ashton… basta —susurré, pero sonó más a súplica que a orden. Sus manos volvieron a mis pechos, esta vez bajo la lluvia de la ducha, apretando con suavidad, jugando con mis pezones endurecidos. Sabía cómo convencerme. La vergüenza me atravesaba, pero el placer me rompía las defensas. —Mírate —dijo, girándome con firmeza para encararlo—. Tus ojos me dicen que lo quieres, aunque tu boca lo niegue. —Eres un maldito arrogante —espeté, apoyando las manos en su pecho como para empujarlo… pero no lo hice. Sentía sus músculos duros bajo mis dedos y, en lugar de apartarlo, mis manos se quedaron allí, atrapadas. Él sonrió, inclinándose para besarme. Intenté esquivarlo, pero Ashton me tomó del rostro y sus labios se estrellaron contra los míos. Fue un beso voraz, desesperado, cargado de todo lo que habíamos callado hasta ahora. No era un beso cualquiera. Era una guerra y una rendición al mismo tiempo. El agua corría entre nosotros, fría en la piel, pero ardíamos por dentro. Su boca se movía contra la mía con una intensidad que me hizo olvidar dónde estaba, quién era, lo que debía hacer. Solo existía él. Nuestros labios encajaron con una violencia dulce, como si hubiéramos esperado toda la vida para ese momento. La urgencia lo hizo torpe, pero la pasión lo volvió perfecto. Cuando su lengua buscó la mía, un gemido se escapó de mis labios, ahogado por la cascada de agua y por el incendio que me consumía. Era nuestro primer beso. Y sin embargo, se sentía como si hubiéramos estado besándonos desde siempre. Explosivo. Inevitable. Irrepetible. Cuando se apartó apenas lo suficiente para respirar, sus ojos se clavaron en los míos. Tenía la respiración entrecortada, igual que yo, como si ambos hubiéramos cruzado un límite invisible. —Lo sabía —murmuró con voz ronca—. Tenía que sentir cómo era besarte. Yo no pude responder. Mis labios aún temblaban, mi cuerpo entero gritaba por más. Y lo peor era que, por mucho que mi mente dijera que esto era un error, mi corazón y mi piel sabían que no lo era. —Esto es un error —jadeé cuando me soltó un instante para respirar. —Entonces vamos a equivocarnos de nuevo —susurró contra mi boca, alzándome en brazos y pegándome a la pared de la ducha. Quise protestar, quise decirle que parara, pero mis piernas se aferraron a su cintura por instinto. Sus caderas se movieron contra mí, frotándose despacio, arrancándome un gemido que no pude contener. Cerré los ojos. —¿Te cuidas? —preguntó y asentí con la cabeza. Acomodó la punta de su v***a entre mis pliegues, dolía, pero la ficción era más deliciosa, más intensa. Entro en mi despacio. Lo cual volvió el momento más desesperante, más angustiante. Mis uñas se clavaron en sus hombros. Mi mente decía huye, pero mi cuerpo lo llamaba como si lo hubiera esperado toda la vida. Abrí los ojos y lo sorprendí mirándome, con esa intensidad que solo había encontrado en sus ojos, antes lo veía como protección, ahora que estaba tan dentro de mi era posesión. Una que no asusta, una que excita, que me vuelve aún más vulnerable. —No me mires así —le pedí, incapaz de sostener la intensidad de su mirada. —No pienso dejar de mirarte nunca, Susan —respondió, besándome con una mezcla de ternura y hambre salvaje, mientras el agua caía como si quisiera borrar lo que éramos y lo que estábamos haciendo otra vez.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD