Una verdad a medias

2597 Words
| POV Ashton Williams Despertar con Su entre mis brazos no es solo un placer; es una necesidad que no sabía que tenía hasta ahora. Después de hacer el amor con ella, besarla se ha convertido en mi segundo vicio, y dormir abrazándola viene después. Pero nada de eso alcanza. Porque tenerla así, acurrucada contra mí, respirando tranquila como si el mundo no existiera, me hace pensar que podría quedarme en este instante para siempre. Ella se mueve, se estira, y yo me aferro más fuerte. No quiero perder este momento. No quiero perderla a ella. —Hola —susurra, y el sonido de su voz recién despertada me atraviesa entero. Sus ojos verdes grandes y hermosos me miran como si pudieran leerme, como si nada más en el mundo importara. Sin maquillaje, sin disfraces, es devastadoramente hermosa. Sus mejillas tienen ese rubor natural que me enloquece y sus labios, hinchados de tanto morderlos y besarlos anoche, parecen un recordatorio de que lo que vivimos fue real. Fue nuestro. Y que, joder, yo quiero más. —Buenos días, Su —le digo, besándole la sien. Ella sonríe, y esa sonrisa se siente como un regalo que no merezco. —Hasta ahí, señor. —Me detiene, y aunque sonríe, me frustra. —¿Qué pasó? Levanta la sábana y arquea una ceja con malicia. —¿Siempre te levantas así? Río bajo al darme cuenta de lo que está mirando —Sí, muy duro, pero no pasará nada, lo prometo. Ya tuviste suficiente por hoy. Ella asiente y acomoda sus piernas, como si con un gesto pudiera controlar el caos que me provoca. —¿Aún quieres que comamos juntos? —Claro que sí. —Le sonrío. Después de doce horas de perderme en ella, un desayuno juntos es lo mínimo que deseo. —¿Qué planes tienes para hoy? —preguntó ella piensa un momento y bajó la vista. Creo tener una idea que lo que piensa hacer. —Mañana viajo a Estados Unidos. Hoy debo preparar mi maleta. Mi corazón se aprieta, como si esas palabras fueran una cuenta regresiva. Había pensado que ese viaje era para poner distancia entre nosotros y que ahora al pasar este momento ya no era necesario pero creo que me equivoque. La sigo con la mirada mientras se levanta y camina desnuda por mi habitación como si me perteneciera, como si siempre hubiese estado aquí. Dios, verla así, es demasiado. Tanto que no entiendo como pude contenerme tanto tiempo. —¿Qué? —pregunta, notando mi mirada. Se sienta a mi lado y sus ojos escanean los míos como si pudiera leer la verdad. Quizá si le ha funcionado antes, pero no conmigo. Eso jamás funcionará. —Solo te miro. ¿Ya te dije que eres la mujer más hermosa que he conocido? —la atraigo hacia mí con la desesperación de un hombre que teme que se le escape la única verdad que ha tocado en mucho tiempo. —No. Pero tampoco serías el primero en decir eso después de tener sexo. —Se burla, ligera, sin saber cuánto me hiere esa distancia que intenta poner entre nosotros. —Sabes que es diferente. —¿Y cuál es la diferencia? —pregunta La miro, y me descubro sin armadura. —Que tú me gustas, Su. De verdad. Y eso me asusta más de lo que imaginas. Mi vida es un desastre. Sabes que no me quedo en un lugar mucho tiempo. Pero contigo… contigo quiero quedarme aunque sea un instante más. Ella baja la mirada, suave. —Lo entiendo. No te estoy pidiendo una relación. Esto puede repetirse cuando vuelvas. Yo también tengo otros planes. Mañana me iré y no sé cuándo regresaré. La rabia me muerde por dentro al pensar en el otro. —A conquistar al rubiecito. Sonríe, con esa ironía que me mata. —Tú también eres rubio. Solo que esas canas te dan un aire distinto. Como un sugar daddy. El “rubio” es importante para la firma. Entre Ares y yo todo terminó hace tiempo. Pero quizá el convenio venga con un matrimonio. Así lo decidieron nuestros padres. —Lo sé —digo, conteniendo el veneno de los celos. Me devuelve la mirada, intensa. —Pareces saberlo todo de mí. ¿Y yo? ¿Hay algo que deba saber de ti? Trago saliva. No quiero arrastrarla a mis sombras. —No hablemos del pasado. Hablemos del futuro. ¿Qué tal si pospones tu viaje una semana? Frunce el ceño. —¿Para qué? —Para pasar unos días conmigo. —La tomo de la mano. —Para que tengamos algo nuestro, aunque sea efímero. La próxima semana yo estaré ocupado, encargándome de todo mientras tú te vas. —No lo sé… ya tengo boleto, hotel reservado. —Yo me encargo de todo. —Respondo inmediatamente. —Ashton, ¿qué es lo que quieres? La miro, y siento que me arde la garganta con lo que nunca digo. —Quiero que seas mía, aunque sea un poco más de tiempo. Quiero aprender cómo ríes cuando no te escondes, cómo duermes cuando nadie te mira. Quiero que, cuando te vayas, te lleves algo más que una noche. Ella me observa en silencio, y por primera vez me siento expuesto, vulnerable. Pero no me importa. Porque si algo aprendí en estas horas es que ella es lo único real en medio del caos que llamo vida. —Hablas como si no me conocieras, y te recuerdo que te conozco desde que tengo memoria —respondió, acomodándose en la cama con esa sonrisa que me mata lentamente. Tomé su mano, sin querer soltarla. —Su, quédate. —Está bien. Pero tú tendrás que pagar por cambiar mi vuelo y el hotel —respondió divertida, como si le gustara hacerme “pagar” con cualquier excusa. Sonreí, acerqué su rostro y la besé. Pocas cosas me hacían feliz, pero verla sonreír después de un beso estaba en lo más alto de esa lista. —Pediré comida —dije, y ella asintió. —Iré a bañarme —dijo levantándose con calma. Luego, giró apenas el rostro hacia mí—. Sola. Iré sola. —sus ojos se desviaron inevitablemente hacia mi erección, y la curva pícara de su boca me arrancó una carcajada. —Solo voy a usar el baño —murmuré, besándole la frente antes de tomar el teléfono. Pedí la comida, me puse mis calzoncillos y pantalón, y luego entré. El vapor ya llenaba el lugar. Su silueta se dibujaba detrás del vidrio empañado, y verla lavándose el cabello, arqueando el cuello con una delicadeza casi hipnótica, me hizo detenerme. Todo en ella era armonía: la forma en que sus manos recorrían su cuerpo, la cadencia con la que se movía, como si bailara sin saberlo. No necesitaba nada más. Solo quería entrar, abrazarla, apoyarle un beso en el hombro y que entendiera que lo que no digo con palabras lo intento transmitir con gestos. Pero entonces, un golpe en la puerta de la habitación interrumpió el hechizo. —Te salvaste —le dije al abrir la puerta del baño apenas lo justo para que me escuchara. Ella giró hacia mí, sorprendida, con esa sonrisa que me derrumba, mordiéndose el labio inferior. —Solo porque la comida está aquí. —Antes de salir, no me resistí y, travieso, le di una nalgada suave. —¡Ashton! —gritó divertida desde la ducha, y su risa rebotó contra las paredes. Salí del baño todavía con la sonrisa clavada en la cara. Y mientras me dirigía hacia la puerta para recibir la comida, no pude evitar pensar que, aunque solo fuera por una semana, Su era exactamente lo único que quería. Abrí la puerta sin camiseta, todavía con la sonrisa de tonto. —Ashton, perdóname —la voz de Pilar me heló la sangre antes de que se lanzara a mi cuello, colgándose de mí como si le perteneciera—. Sé que estuve mal… pero no entiendo por qué ya no me follas como antes. —¿Pilar? —pregunté, sorprendido, apartando sus brazos con firmeza—. ¿Qué demonios haces aquí? —¿No estás solo, verdad? —sus ojos buscaron más allá de mí, como una sombra que intentaba colarse en mi habitación—. ¿La mujer de anoche? ¿La trajiste aquí? —su tono subió de enojo a reproche en cuestión de segundos. —Pilar, vete. —Mi voz fue seca, pero ella dio un paso hacia dentro como si mis palabras fueran aire. —¿De verdad te acostaste con una desconocida? —espetó con veneno. La sujeté del brazo, bajando la voz para contener la furia. —Nosotros no tenemos nada. Y después de lo que hiciste anoche… ¿de verdad pensaste que podías venir aquí, disculparte, y que todo estaría bien? El agua de la ducha dejó de correr. Mi pecho se tensó. No sabía cuánto más tardaría Su en salir. —Ashton, fue un error. —Sus labios temblaron, pero no había arrepentimiento en su mirada, solo cálculo—. Querías demostrarme que no eras impotente, ya está. Olvidemos lo que pasó, ¿sí? Yo me equivoqué, tú también… ahora pídele que se vaya. —La que se va eres tú. —La empujé hacia afuera y cerré la puerta con brusquedad. Del otro lado, Pilar no cedió. —¿Encima la dejas bañarse en tu habitación? ¿Qué está pasando contigo? —Lo que yo haga no es tu problema. Ella sonrió torcida, como si supiera demasiado. —Solo no olvides para qué volviste. —De pronto, me tomó el rostro con fuerza, un beso áspero y desesperado, que corté de inmediato apartándola—. Disfruta lo que quieras, solo te queda una semana. Se fue dejando sus palabras como veneno en el aire. Pasé la mano por mi rostro y busqué en mis bolsillos, pero no tenía la llave. Estaba por tocar la puerta cuando esta se abrió. Susan apareció, el cabello aún húmedo pegado a su piel, los ojos verdes clavados en mí. —No era la comida —dijo, su voz dura, antes de pasar a mi lado. —Susan, espera… —La tomé del brazo con cuidado—. ¿Qué escuchaste? —Algo como que le dijiste a Pilar que te acostarías conmigo para demostrar que no eras impotente. —Sus palabras cayeron como un golpe seco—. ¿Por eso lo hiciste? —No era contigo, Susan. Iba a ser con cualquiera… pero cuando te encontré, supe que eras tú. —Oh… —rió sin humor, con ironía amarga—, eso lo hace muchísimo mejor. —Susan —le pedí, atrapando su mano, con esa urgencia que no podía ocultar—, no inventes historias en tu cabeza. Solo dije eso para alejarla. —¿Y por qué quieres alejarte de ella? —me desafió, con esa mirada que atravesaba mis muros—. Si toda la semana la llamaste a la oficina para follarla. —No la follé. Y solo la llamé cuando tú estabas. —Mi voz fue baja, firme, sin margen de duda. Sus ojos buscaron una grieta en mis palabras. No sabía cuánto más podría sostener la verdad entre medias, sin revelar lo que realmente había detrás. —¿Por qué? —preguntó, con la voz quebrada. —Por esto… —murmuré acercándome a su rostro, dejando que mis labios rozaran apenas los suyos—. Porque por fuera eres fuerte, pero tus ojos dicen la verdad. Sé que te gusto, que me quieres desde hace mucho… aunque no deberías. Ella se apartó con brusquedad. —Entonces no lo haré. Dejaré de hacerlo. Será mejor que me vaya. Y que esto no vuelva a pasar. —Es que ahora es distinto. —La sujeté de la muñeca, incapaz de dejarla ir—. Ya fuiste mía. Yo también te quiero. Pero nosotros solo seremos esto. ¿Lo entiendes? Nunca podremos estar juntos. No sabes vivir como yo vivo. —Entonces enséñame. —Sus ojos brillaron, llenos de fuego y determinación—. Sé que tomas otros tipos de casos, que viajas, que trabajas con empresas internacionales. Eso es lo que yo quiero: salir al mundo, no quedarme estancada en Londres. Tenerla conmigo sería un sueño. Pero los sueños, en mi mundo, te destrozan. Yo no podía desviarme de mi camino. El amor te hace débil, lo vi en Patrick y Sofía… ellos encontraron felicidad, tenían a Su. Yo no. Yo no podía. —No puedo. —Mis palabras fueron un cuchillo para ambos—. No es lo que quiero para mi vida. —Entonces seguiré con mi camino sola. Mañana me iré a Estados Unidos. Asentí, porque era lo correcto. Ella debía seguir su vida y yo la mía. —Regálame el resto del día —pedí, casi suplicando—. Puedes irte a Estados Unidos sin equipaje, tienes el dinero suficiente para comprar ropa nueva. —Sí, pero lo que gano no es para malgastarlo. —Me retó con la barbilla en alto. Su era de esas mujeres que apesar de tener dinero no lo malgastaban. Esa era una de las tantas cosas que yo admiraba de ella. —Algún día abriré mi oficina allá. También que nunca dejaba de soñar. —Tienes más que eso. —Sonreí de lado. Ella arqueó las cejas y, desconfiada, sacó su celular del bolsillo de la polera. Creo que entró a la aplicación de su banco. Al ver la cifra, sus ojos se abrieron de par en par. —Ashton… ¿qué mierda es esto? —Tú me pediste un millón de dólares por pasar una noche conmigo. —Ahora me siento una prostituta. —Su voz se quebró —Te lo devolveré —dijo ella con la voz baja, casi culpable. —No. —Negué con firmeza, clavando mis ojos en los suyos—. Quédate con él. Está más seguro contigo que conmigo. —¿Entonces tengo que quedarme a almorzar para darte las gracias? —preguntó, intentando ocultar su incomodidad con ironía. —Creo que es lo mínimo, Su. Estamos hablando de un millón de dólares. —Respondí con una media sonrisa. Ella me miró con descaro, aunque sus mejillas se encendieron, y yo aproveché para atraerla a mis brazos—. Aunque, si lo piensas bien, quien debió pagarme fuiste tú. Saliste ganando. —Eres un presumido… solo porque tienes una polla grande. —Y tú insoportable. —Incliné la cabeza, rozando sus labios—. Pero eres mejor en la cama de lo que esperaba. Ella rodó los ojos, pero rió, y ese sonido me atravesó el pecho como un recordatorio de lo que nunca debería tener. La comida llegó y comimos entre risas, caricias y besos robados. Por unas horas, el mundo dejó de existir. —Entonces… —dijo después, mordiéndose el labio con malicia—. ¿Una semana, por un millón de dólares? —Me parece justo. —Apreté su mano, pero en lugar de soltarla la atraje a mí y la besé con hambre. —Oh, cierto… —susurró contra mi boca, con los ojos verdes ardiendo de curiosidad—. ¿Para qué te queda una semana? El aire se congeló. Mi sonrisa se borró. Por un instante, el silencio me traicionó. No podía contarle la razón de mi regreso, tampoco podía contarle sobre mis planes con Teresa. Contaba que al final de la semana se fuera lejos, pero no todo salió de acuerdo al plan.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD