El primer día completo de trabajo en el taller empezó con un silencio incómodo. Mateo ya estaba allí, revisando una tela japonesa que costaba más que la renta mensual del espacio. Tracy entró con un café en la mano y el gesto de quien se prepara para un campo de batalla.
—Llegas tarde —soltó él, sin levantar la vista.
—Llegas ansioso —respondió ella, dejando el café sobre la mesa.
Era evidente que no estaban en sincronía… y que tal vez eso mismo era lo que haría que la colección funcionara.
La primera colisión
Mateo presentó el plan para la primera prenda “interactiva”: un vestido que se deshacía a medida que la modelo caminaba, dejando una estela de hilos en el suelo.
—Es una metáfora del desgaste emocional —explicó, con tono didáctico.
—No, es un truco visual bonito y vacío —dijo Tracy, cortante.
—Vacío si no sabes mirarlo.
—O lleno si lo llenas de algo real. ¿Quién es la mujer que lo lleva? ¿Qué pierde con cada hilo?
Mateo sonrió con esa arrogancia de artista que odia ser cuestionado.
—Entonces cuéntame tú la historia.
—No te la voy a contar. Voy a mostrarla.
Se acercó a la mesa, tomó una de las telas y empezó a cortar sin pedir permiso.
La tensión creativa
Durante horas trabajaron sin apenas hablar. Él movía las luces, ajustaba los ritmos de la performance; ella reconstruía el vestido, añadiendo piezas con colores que parecían cicatrices recientes.
En un momento, Mateo se acercó demasiado, observando cómo cosía.
—Eres rápida —comentó.
—Eres lento —replicó ella.
Se produjo un silencio espeso. No era hostilidad pura, sino una atracción peligrosa entre dos egos que entendían que para crear algo grande, a veces había que destrozar primero.
La tarde se rompe
Una de las performers, Chiara, una bailarina de rostro afilado, pidió un descanso. Tracy aceptó, pero Mateo insistió en seguir, alegando que “la incomodidad produce verdad”.
—La incomodidad produce lesiones, no arte —dijo Tracy.
—El arte real siempre duele.
—No si matas a tu musa antes del estreno.
El cruce de miradas entre ambos era casi físico, como si en cualquier momento fueran a lanzarse uno contra el otro… para besarse o para arrancarse las telas de las manos. Nadie en el taller sabía qué dirección tomaría aquello.
El momento de quiebre
Al anochecer, Tracy revisaba los bocetos cuando Mateo dejó caer sobre la mesa una carpeta con contratos y cifras.
—Si esto va a ser a tu manera, necesitamos más presupuesto.
—Si es a mi manera, no habrá que pagarle a la prensa para que lo entienda.
Mateo la miró largo rato, evaluando si ese desafío era un error o una invitación.
—Sabes que eres insoportable, ¿verdad?
—Y tú sabes que me trajiste aquí precisamente por eso.
Una tregua incómoda
Decidieron salir a caminar por Via Savona para “airear las ideas”. No hablaron de moda, sino de sus fracasos más recientes. Mateo confesó que su último proyecto había sido destrozado por la crítica por “falta de alma”.
—Ahí entendí que necesito a alguien que me saque de mi propio ego —dijo, mirando a Tracy como si ese fuera un halago torcido.
—Y yo necesito a alguien que me saque de mi zona segura… pero sin hundirme en el barro —respondió ella.
El intercambio no resolvía nada, pero trazaba una línea: podían destruirse y reconstruirse mutuamente, siempre que el resultado valiera la pena.
La noche en el taller
Regresaron tarde, con las calles vacías. Tracy encendió una sola lámpara y se puso a trabajar de nuevo, mientras Mateo se sentaba a observarla.
—Vas a desgastarte —advirtió él.
—El desgaste es parte de la historia, ¿recuerdas?
Y sin mirarlo, siguió cosiendo.
Mateo no dijo nada más. Pero en sus ojos había algo distinto: no era solo respeto profesional, era la incómoda certeza de que esa fricción que tanto le molestaba… era lo que le estaba devolviendo vida a su propio trabajo. La mañana empezó como una coreografía milimétrica. Todos en el taller se movían rápido, conscientes de que el calendario apretaba. Tracy revisaba telas, patrones y pruebas de color, mientras Mateo estaba en la otra esquina, ajustando el storyboard de la performance.
Ninguno se había dirigido la palabra desde el día anterior.
El silencio era tan denso que cuando Chiara, la bailarina, dejó caer una bobina de hilo, el golpe metálico sonó como un disparo.
—Vamos a necesitar otra tanda de luces —dijo Mateo en voz alta, sin mirarla.
—No, vamos a necesitar que termines el guion antes de gastar más dinero —respondió Tracy, sin levantar la vista.
Ese fue el fósforo que encendió la mecha.
El estallido
Mateo dejó caer sus papeles sobre la mesa de corte.
—Esto no es tu show personal, Tracy. Esto es una colaboración.
—Una colaboración no es seguirte la corriente en todo.
—No es seguirme la corriente, es no frenar cada idea que no nace de ti.
Ella levantó la mirada, fulminante.
—Yo no freno ideas, freno caprichos. Y lo hago porque me importa que esto tenga alma, no solo estética.
El taller entero se paralizó. Los asistentes fingían estar ocupados, pero todos escuchaban. Mateo se acercó, invadiendo el espacio personal de Tracy.
—Tal vez lo que te molesta es que mi estética pueda opacar tu “alma”.
Tracy rió, pero sin alegría.
—Mi trabajo no compite con el tuyo, Mateo. Mi trabajo compite con la mediocridad, y por desgracia hoy la estás representando bastante bien.
La tensión era casi física. Por un momento, parecía que él iba a responder con más veneno, pero lo que hizo fue dar media vuelta y salir del taller sin decir palabra.
Vulnerabilidad inesperada
Lo encontró horas después, sentado en las escaleras de emergencia del edificio, con un cigarrillo apagado entre los dedos.
—No sabía que fumabas —dijo ella.
—No lo hago. Es para tener las manos ocupadas —contestó, sin mirarla.
Hubo un silencio largo. La luz de la tarde caía sobre las fachadas industriales de Milán, tiñéndolo todo de naranja.
—Perdí un proyecto como este hace dos años —confesó Mateo—. Una colaboración grande, con una diseñadora que admiraba. La destruí a base de discutir. Nunca la terminé.
Tracy se apoyó en la barandilla, procesando esa confesión.
—¿Y crees que aquí está pasando lo mismo?
—No lo sé… pero no quiero que pase.
Por primera vez, no había arrogancia en su tono. Solo miedo. Y, aunque no lo dijo, Tracy entendió que para él este proyecto no era solo trabajo: era una segunda oportunidad.
La tregua… o algo parecido
—Escucha —dijo ella—. Yo no voy a dejar de pelear por lo que creo. Pero tampoco quiero que esto sea un ring de boxeo todos los días.
—Entonces, ¿qué hacemos?
—Usamos la fricción. La moldeamos. Como calor para forjar algo.
Mateo sonrió, débilmente.
—Eso suena a que vamos a seguir peleando.
—Probablemente —respondió Tracy—. Pero con un objetivo, no por ego.
Se quedaron ahí un rato más, sin decir mucho. Era una tregua incómoda, pero al menos una tregua.
El regreso al taller
Cuando volvieron, el ambiente había cambiado. Trabajaron en la misma mesa, ajustando un diseño juntos.
—El bajo es demasiado pesado —comentó Mateo.
—Es la idea. Hace que la modelo camine más lento, como si cargara algo.
—¿Culpa? —preguntó él.
—O duelo —respondió ella.
Por primera vez en días, sintieron que estaban construyendo sobre la misma base, no en direcciones opuestas.
La pregunta que queda
Esa noche, al salir del taller, Tracy se quedó pensando:
¿Podría esta tensión convertirse en su motor creativo… o terminaría devorándolos antes de llegar al estreno?
Sabía que no tenía la respuesta, pero sí tenía claro algo:
No iba a dejar que esta colección muriera como otras.
No con tanto en juego.
No cuando lo que estaban creando parecía arder… incluso antes de ver la luz.