El día después de la inauguración, Venecia parecía otra. O quizá era Tracy quien había cambiado. Las campanas de San Marcos sonaban más nítidas, el aire salino parecía más liviano, y los pasos en las calles empedradas tenían un ritmo distinto.
Paula ya había dejado sobre la mesa un dossier de recortes de prensa y capturas de titulares:
“La moda que sangra” — La Repubblica
“Cuando la costura es confesión” — Le Monde
“La Biennale se estremece ante la honestidad radical de Tracy” — Vogue Italia
No era la primera vez que la prensa hablaba de ella, pero sí la primera vez que lo hacían con respeto genuino. Incluso los medios que antes la habían reducido a “la chica oscura” ahora parecían haber encontrado un nuevo lenguaje para describirla.
Las propuestas
Ese mismo día comenzaron a llegar mensajes.
Una galería de Berlín le proponía trasladar la instalación completa, ofreciendo un presupuesto que en otro momento habría parecido una fantasía.
Un museo en Nueva York quería organizar un conversatorio con sobrevivientes y artistas.
Incluso una casa de moda parisina, conocida por sus líneas limpias y comerciales, pedía explorar una colaboración.
—No sé si reír o sospechar —comentó Tracy mientras Paula filtraba los correos.
—Ríe primero. Sospecha después. Es una buena combinación para negocios —respondió su representante, con media sonrisa.
El mensaje inesperado
Entre la avalancha de felicitaciones y solicitudes, hubo un mensaje que no llevaba remitente reconocible, solo un número desconocido.
“La vi. No creí que tendrías el valor. Tenemos que hablar.”
Tracy lo leyó tres veces antes de entender que el tono no era una amenaza, sino algo peor: un desafío. El remitente no firmó, pero ella supo de inmediato quién era.
Mateo.
No lo veía desde hacía cuatro años. Su antiguo socio creativo, el hombre que en un momento fue su mayor aliado y su peor ruptura profesional. Él conocía las partes más vulnerables de su proceso… y también las más cuestionables.
Paula le sugirió ignorarlo. Tracy decidió lo contrario.
Café en Campo Santa Margherita
Se encontraron en una mesa pequeña, al aire libre. Mateo tenía el mismo cabello desordenado, pero ahora sus manos mostraban un temblor leve al sostener la taza.
—Pensé que te habías vendido al minimalismo seguro —dijo él, como saludo.
—Pensé que te habías ahogado en tu propio ego —respondió Tracy, sin suavizar el golpe.
No se rieron, pero tampoco se apartaron. La conversación fue un ir y venir de acusaciones antiguas y silencios pesados, hasta que él soltó:
—Lo que hiciste en la Biennale… eso no lo hace alguien que quiere gustar. Lo hace alguien que quiere decir algo.
—Ya no me importa gustar —respondió ella.
—Entonces por fin eres peligrosa.
No hubo reconciliación explícita, pero cuando se levantaron, Mateo dejó sobre la mesa una tarjeta con una dirección en Milán.
—Si quieres llevar esto a otro nivel… sabrás dónde encontrarme.
El eco familiar
De regreso en su alojamiento, Tracy recibió una llamada de su hermano. No hablaban desde hacía semanas.
—Vi las fotos. Mamá también —dijo él, sin preámbulo.
—¿Y?
—Dijo que por fin entiende que no todo lo que haces es para provocarla.
Tracy soltó una carcajada incrédula.
—No, claro. A veces es solo para provocarme a mí misma.
Aun así, había algo en su voz que sonaba menos tenso, como si la exposición hubiera abierto grietas en muros que ella pensaba inquebrantables.
La noche en soledad
Esa noche, Tracy caminó sola hasta el puente de la Academia. La ciudad estaba en silencio, salvo por el murmullo del agua contra los muros. Miró su reflejo y pensó en todas las voces que habían llenado su obra: las mujeres que confiaron en ella, las que lloraron en la sala, las que aún no sabía que existían.
Por primera vez en mucho tiempo, sintió que no estaba diseñando para llenar un vacío, sino para responder a algo más grande que ella.
Sabía que lo que venía no sería más fácil.
Pero tampoco quería que lo fuera.
Tres días después de la Biennale, Tracy estaba sentada en el tren rápido que unía Venecia con Milán. No llevaba mucho equipaje, solo una maleta pequeña con ropa neutra y su inseparable cuaderno de bocetos. El paisaje corría a toda velocidad por la ventana: campos verdes, pueblos mínimos, estaciones silenciosas.
En la tarjeta, la dirección era escueta: Via Savona 33. Sin nombre de empresa, sin logo. Algo en eso le resultaba más tentador que sospechoso. Mateo siempre había operado así: sin adornos, sin explicaciones, como si lo importante no fuera el camino, sino el impacto del momento final.
El edificio
Via Savona estaba en el corazón del distrito del diseño milanés. Al llegar, Tracy encontró un edificio industrial reconvertido en loft creativo. Fachada de ladrillo visto, ventanales altos, grafitis cuidadosamente “olvidados” en las paredes laterales. La puerta metálica estaba entreabierta.
Dentro, el aire olía a tela cruda, pintura fresca y café fuerte. Varios maniquíes incompletos ocupaban el centro del espacio. Sobre las paredes, bocetos enormes en carboncillo: siluetas humanas deformadas, rostros sin ojos, torsos cruzados por costuras rojas.
—Llegaste —dijo Mateo, apareciendo desde una escalera lateral con la misma expresión de cuando creía haber tenido una idea brillante que nadie más entendía.
—Tú me citaste —respondió Tracy, con un tono entre neutral y alerta.
La propuesta
Se sentaron en una mesa larga de madera. Mateo desplegó una carpeta con planos, recortes y referencias visuales.
—Estoy preparando algo que no es solo moda. Quiero una colección que funcione como intervención artística. Un espacio vivo, donde las prendas cuenten historias en movimiento, pero con la crudeza que vi en tu trabajo en Venecia.
—Y me buscas porque…
—Porque eres la única que no va a suavizarlo para que sea digerible.
El concepto era ambicioso: modelos interactuando con el público, prendas que se destruían o transformaban en el acto, materiales que envejecían a lo largo de la exposición. Una obra que no podía repetirse igual dos veces.
Tracy hojeó los bocetos. Eran intensos, pero le faltaban capas emocionales.
—Esto necesita verdad, no solo espectáculo —dijo, levantando la vista.
—Por eso estás aquí.
Las condiciones
No todo sería tan simple.
—Quiero control creativo compartido —dijo Tracy.
—Eso implica que vamos a pelear —replicó él.
—Probablemente.
—Perfecto.
Se dieron la mano, un gesto que no sellaba una paz, sino un pacto de guerra productiva.
El ensayo inicial
Esa misma tarde, comenzaron a trabajar. Tracy observó a un grupo de modelos que Mateo había reclutado: bailarinas, performers, incluso una actriz de teatro experimental. No eran “cuerpos de pasarela”, sino presencias escénicas con historias a cuestas.
—Quiero que la prenda se vea como un recuerdo que no encaja —indicó Tracy a una de ellas, ajustando una pieza de lino manchada de pintura.
—Y que al moverte parezca que intentas escapar de ella —añadió Mateo desde el otro extremo de la sala.
Por primera vez en mucho tiempo, trabajar con él no le provocó una sensación de invasión, sino una especie de electricidad creativa. Era un riesgo, pero uno que le devolvía hambre.
La noche en el taller
Cuando todos se fueron, Tracy se quedó sola revisando los materiales. El taller, iluminado solo por una lámpara industrial, tenía algo de santuario y algo de trinchera.
Tomó su cuaderno y dibujó un conjunto que no estaba en el plan: una falda hecha de retales cosidos de manera irregular, como cicatrices, y un top con costuras visibles, intencionalmente torcidas. Lo tituló: Resistencia.
Sabía que no podía mostrárselo todavía a Mateo.
Este diseño era su manera de marcar territorio.
El mensaje final
Antes de irse, revisó su teléfono. Tenía un mensaje de Paula:
“Los de Berlín confirman. Fecha tentativa en tres meses. ¿Les digo que sí?”
Tracy no respondió de inmediato. Miró el taller, los bocetos, las telas.
No quería volver a elegir entre lo comercial y lo personal. Esta vez, iba a intentar hacerlo todo a la vez, aunque eso implicara una caída más dura.
Cerró la puerta tras de sí.
Milán ya no era solo una ciudad. Era una apuesta.