Venecia la recibió con ese olor inconfundible de agua salada y madera vieja. No era un aroma agradable en el sentido clásico, pero para Tracy tenía algo hipnótico: era como si la ciudad flotara entre el tiempo y el olvido, igual que su propuesta Inacabadas.
El taxi acuático se deslizó hasta la entrada lateral del antiguo palazzo que la Biennale le había asignado. Desde fuera parecía una reliquia de piedra húmeda; por dentro, un esqueleto de historia dispuesto a albergar su herida.
El montaje
Nada de lo que habían planeado en el taller se armó sin fricciones. El espacio era más estrecho de lo esperado, las paredes no admitían clavos en ciertas zonas, y la humedad hacía que las telas pesaran más.
—Si cuelgas eso ahí, se va a torcer con el agua —le advirtió uno de los técnicos, señalando una pieza de seda cruda.
—Que se tuerza —respondió Tracy—. La vida también lo hace.
El equipo trabajó hasta la madrugada, colgando velos translúcidos que se mecían con las corrientes de aire, ajustando la iluminación para que no cegara, pero sí acariciara las cicatrices de las modelos como si fueran mapas secretos.
En un rincón, un proyector lanzaba imágenes de agua en movimiento sobre un vestido inacabado, como si el mar estuviera terminando la prenda en tiempo real.
Las voces
La prueba de sonido fue el momento más extraño.
Los audios de las mujeres —sus risas nerviosas, sus confesiones, sus silencios cargados— se filtraban por altavoces ocultos en distintos puntos del recorrido. Caminar por el espacio vacío y escucharlas era como entrar en un sueño ajeno.
Paula, que rara vez se emocionaba, se quedó quieta frente a una de las grabaciones y murmuró:
—Es como si te miraran desde adentro.
La presión externa
Mientras afinaban los últimos detalles, Tracy empezó a recibir mensajes de periodistas que buscaban entrevistas exclusivas antes del estreno. Algunos eran francos:
—¿Habrá algo “us wearable” o todo será conceptual?
Otros intentaban disfrazar su curiosidad con elogios:
—Tu desfile anterior fue… intenso. ¿Piensas suavizarlo para un público más amplio?
Tracy respondió lo mismo a todos:
—No.
La víspera
La noche antes de la inauguración, la Biennale ofreció una cena privada para los artistas y curadores. Tracy se sentó entre un escultor alemán que solo hablaba de texturas y una fotógrafa japonesa obsesionada con la niebla. Escuchaba, pero su cabeza estaba en el palazzo.
Imaginaba el recorrido con público real, las miradas incómodas, los gestos de incomprensión o rechazo. También sabía que podía ocurrir lo contrario: que alguien llorara en medio del recorrido, que se detuviera demasiado tiempo frente a una prenda inacabada y no supiera por qué.
Volvió al taller improvisado pasada la medianoche. Caminó sola entre las telas colgantes y escuchó las voces pregrabadas. Algo en ese eco le recordó a la carta de su padre: el peso de lo que queda sin decir, y cómo a veces eso es lo que más habla.
El amanecer
Amaneció con un cielo gris plomo. La marea estaba alta y las calles olían a metal mojado. A primera hora, llegaron las modelos para una última sesión de ensayo: no caminar, sino habitar el espacio.
—No están mostrando ropa —les repitió Tracy—. Están mostrando lo que la ropa protege… o deja expuesto.
Cuando la Biennale abrió sus puertas, la tensión era tan densa que parecía otro material colgando entre las telas. Afuera, una fila de periodistas, críticos y curiosos se extendía hasta el puente más cercano.
Tracy respiró hondo. No había pasarela, no había aplausos prefabricados, no había escaparate. Solo un recorrido que empezaba en silencio… y quizá terminaba igual.
Cruzó la entrada junto a la primera visitante, y por un segundo sintió que no era ella quien presentaba la instalación, sino que la instalación la estaba presentando a ella.
El murmullo del público se filtraba por las paredes como un animal inquieto. Afuera, cámaras y flashes se multiplicaban, mientras adentro, Tracy caminaba sola por el recorrido, tocando con la yema de los dedos las telas suspendidas, como si estuviera comprobando si aún estaban vivas.
El palazzo parecía contener la respiración.
A las once en punto, la puerta se abrió.
El primer visitante entró despacio: un crítico italiano de traje impecable, seguido por una pareja de estudiantes de arte y una mujer mayor que caminaba con bastón. Tracy se mantuvo a un lado, invisible, observando.
El primer impacto
Apenas dieron unos pasos, la primera voz se escuchó en el espacio:
"No sabía cómo decirlo, así que me lo cosí a la piel…"
La frase, dicha con una calma inquietante, hizo que la mujer del bastón se detuviera. Sus ojos se movieron por la tela bordada con hilos sueltos, como si buscara algo que no estaba ahí.
Un estudiante sacó el móvil para grabar, pero lo bajó rápido. No era un momento que se sintiera cómodo registrar.
Tracy vio en sus rostros el mismo gesto que había imaginado: una mezcla de curiosidad, incomodidad y algo más difícil de nombrar… reconocimiento.
El flujo
En menos de media hora, la sala estaba llena. Algunos visitantes caminaban lentamente, casi con reverencia; otros pasaban más rápido, incapaces de sostener la mirada sobre ciertas piezas. Las voces, colocadas estratégicamente, parecían seguir a cada persona, adaptándose a su paso.
Una mujer joven se llevó la mano a la boca al escuchar un testimonio sobre la vergüenza. Un hombre, de aspecto corporativo, permaneció varios minutos frente a un vestido que dejaba una costura sin cerrar. Cuando se fue, dejó un pañuelo arrugado en el banco.
La prensa
Los periodistas iban y venían, buscando ángulos, preguntando a visitantes.
—¿Es moda o es arte? —le lanzó uno directamente a Tracy.
—Es piel —respondió ella, sin explicar más.
Un fotógrafo del Vogue Italia le pidió retratarla junto a una de las piezas, pero ella se negó:
—No vine a posar. Vine a mostrar.
Paula, que manejaba las solicitudes, la protegía con firmeza. Había aprendido que el verdadero peligro no era la crítica, sino la banalización.
La aparición inesperada
A media tarde, entre la multitud, Tracy reconoció un rostro que no esperaba ver: Héctor, un editor de moda que en el pasado había rechazado su trabajo por considerarlo “demasiado oscuro para el mercado”. Ahora, con gafas redondas y un abrigo beige impecable, caminaba por la sala como si pisara un templo.
No se acercó a saludar. Se detuvo frente a la pieza central —un vestido de lino sin dobladillo, atravesado por un bordado de cicatrices en hilo rojo— y se quedó inmóvil. Luego se marchó sin decir nada.
Para Tracy, ese silencio fue más valioso que cualquier elogio.
La mujer del bastón
Casi al cierre, la mujer mayor del bastón reapareció, esta vez con los ojos brillantes.
—Gracias —dijo simplemente, apoyando la mano sobre la de Tracy.
—¿Por qué? —preguntó ella, genuinamente desconcertada.
—Porque pensé que ya no quedaban lugares donde una pudiera verse… sin miedo.
No hubo más. La mujer se fue, y Tracy sintió un nudo en la garganta que ni siquiera intentó disolver.
El final del día
Cuando la Biennale cerró sus puertas, el espacio quedó en silencio, salvo por las telas moviéndose con la brisa del canal. Tracy caminó sola otra vez, escuchando los últimos ecos de las voces pregrabadas.
Esa noche, sentada en su habitación veneciana, no revisó redes, ni críticas, ni cifras de asistencia. Sabía que la obra había hecho lo que debía: incomodar, tocar, dejar huella.
No necesitaba más confirmación.