CAPÍTULO 12

1183 Words
El teléfono no dejó de sonar durante una semana. Primero fueron los medios, luego las revistas especializadas, después las marcas. Correos con asuntos en mayúsculas: “COLABORACIÓN URGENTE”, “INVITACIÓN EXCLUSIVA”, “PROYECTO GLOBAL”. Tracy, acostumbrada a tener que insistir para que su trabajo fuera visto, se encontró de pronto teniendo que filtrar qué leer y qué borrar sin abrir. Lo irónico era que el desfile que la había catapultado no era el más comercial ni el más “vendible” según las viejas reglas del sector. Era lo opuesto. Y, aun así, todo el mundo quería un pedazo de esa autenticidad… incluso si había que empaquetarla y suavizarla para que entrara en un anuncio. Las ofertas En una de las primeras reuniones, un ejecutivo de una gran marca la recibió con una sonrisa que parecía grabada. —Nos encanta tu visión, Tracy. Queremos que dirijas una cápsula inspirada en tu desfile… pero con modelos profesionales, claro. Y sin mostrar cicatrices tan… explícitas. Tracy lo miró en silencio. —¿Es decir, quieren mi mensaje, pero sin el mensaje? El hombre se removió incómodo. —Queremos la esencia de tu mensaje. Algo más aspiracional. Ya sabes… vendible. La tentación y el asco Los números eran tentadores. La oferta equivalía a un año entero de estabilidad financiera. Podría renovar su taller, pagar sueldos más altos, invertir en proyectos propios. Pero cada vez que pensaba en firmar, veía la imagen de Clara, de Isabel, de todas aquellas mujeres que se habían desnudado emocionalmente sobre su pasarela. ¿Cómo mirarlas a la cara si convertía su historia en una estética domesticada? Esa noche, en su apartamento, revisó las notas que había escrito después del desfile. En una de las páginas, subrayado tres veces, estaba esto: “No hago ropa. Hago espacio.” Se dio cuenta de que ese espacio no podía venderlo al mejor postor sin perderlo para siempre. La presión de su entorno Su equipo estaba dividido. Paula, su asistente, casi le rogaba que aceptara al menos una de las propuestas: —No se trata de venderte, Tracy, se trata de sobrevivir. Si rechazas todo, nos ahogamos. Su hermano, con quien había reconstruido un vínculo frágil, le dijo algo que no esperaba: —Si pierdes lo que te hace única, da igual el dinero. Ya te perdí una vez, no quiero que pase otra vez. Las palabras le pesaron más que cualquier cifra. Una decisión incómoda En lugar de aceptar o rechazar de inmediato, Tracy empezó a llamar personalmente a cada empresa interesada. Su propuesta era sencilla y directa: “Si quieren mi trabajo, lo quieren completo. Con las cicatrices, con las historias, con la incomodidad. No hay versión light.” La mayoría no volvió a responder. Pero unas pocas sí. Y esas pocas, aunque pequeñas, eran lo suficientemente valientes como para apostar por ella sin filtros. La invitación inesperada Una tarde, mientras respondía correos, llegó un mensaje con remitente desconocido: “Bienvenida a Venecia — Biennale di Moda”. El texto era breve: la invitaban a presentar una colección en la próxima Biennale, no como desfile comercial, sino como instalación artística. No había restricciones, ni censura, ni “ajustes de mercado”. Solo una condición: debía ser verdaderamente ella. Tracy sonrió por primera vez en días. No por el prestigio del evento, sino porque entendió algo: no tenía que elegir entre arte y supervivencia, siempre que aceptara caminar por el camino más largo y más difícil. Esa noche, volvió a su libreta y escribió: “No hay atajos que no me rompan. Si tardo más, que así sea. Prefiero llegar entera.” Venecia no era un destino, era un desafío. La Biennale di Moda no funcionaba como un desfile tradicional: era un espacio híbrido entre arte y moda, donde los diseñadores presentaban instalaciones vivas. No se trataba solo de mostrar ropa, sino de construir una experiencia que respirara junto al público. Era perfecto… y aterrador. El lienzo en blanco Tracy cerró la puerta del taller y le pidió a su equipo que se olvidaran de las reglas habituales: no había colecciones por temporada, no había prendas “vendibles”, no había pasarela lineal. —Aquí no quiero maniquíes —dijo—. Quiero cuerpos reales. Quiero que la gente sienta que está entrando en otro mundo… un mundo que te obliga a quedarte aunque te incomode. Su cuaderno pronto se llenó de ideas salvajes: telas suspendidas como heridas abiertas, costuras gigantes que cruzaban el espacio como cicatrices en el aire, un sistema de luces que latiera como un corazón. Cada elemento debía contar una historia sin palabras. La búsqueda de voces Decidió que no sería solo su voz la que hablase. Convocó nuevamente a las mujeres que habían participado en su desfile anterior, pero esta vez les pidió algo más: que grabaran fragmentos de sus propias historias en audio, con sus voces reales, sin pulir ni editar. La idea era que esas grabaciones se escucharan de fondo mientras el público recorría la instalación, como un susurro colectivo que se colaba por todos los rincones. Al principio dudaron, pero cuando Tracy les mostró cómo esos audios podían entrelazarse con la música ambiental, la resistencia se transformó en entusiasmo. Era como bordar con sonidos. El riesgo La Biennale atraía a críticos que podían destrozar una carrera con un solo párrafo, y Tracy lo sabía. Su propuesta no iba a ser cómoda ni “instagrameable” en el sentido habitual. No habría vestidos perfectos para posar. No habría pasarela para lucir cuerpos idealizados. Lo suyo sería un recorrido íntimo, casi invasivo. Paula, siempre pragmática, le advirtió: —Si sale mal, no solo no vendes nada, sino que te cierras puertas para años. —Si sale bien —respondió Tracy—, no necesitaré venderme nunca más. El laboratorio Durante semanas, el taller pareció más un set de arte contemporáneo que un estudio de moda. Había telas colgando como velos de quirófano, estructuras de metal simulando jaulas oxidadas, proyecciones de agua sobre paredes de seda. Las modelos no practicaban caminar: practicaban habitar el espacio, moverse como si fueran parte de la instalación misma. Incluso incorporó un elemento inesperado: piezas inacabadas. Vestidos a medio coser, costuras expuestas, telas sin rematar. Era su manera de decir que ninguna historia está realmente “terminada”. La visión final El concepto recibió un nombre: “Inacabadas”. Sería un recorrido de quince minutos por un espacio en penumbra, con luz tenue enfocando cicatrices, manos, miradas. El público no podría sentarse: tendría que caminar entre las piezas, esquivar telas que colgaban y escuchar voces que narraban recuerdos en primera persona. No era un espectáculo para espectadores pasivos. Era una invitación a entrar en la herida y salir distinto. La noche antes de enviar la propuesta definitiva a Venecia, Tracy cerró el cuaderno y se quedó mirando el taller vacío. Tenía miedo, sí. Pero también la certeza de que, por primera vez en mucho tiempo, estaba creando algo que no podía mentir. “Si este es el riesgo, que valga la cicatriz.”
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